Pasión Prohibida Capítulo 5 Parte 2 El Susurro del Pecado
Ana sentía el corazón latiéndole como tambor en las costillas mientras subía las escaleras del hotel en Polanco. El aire de la noche mexicana traía ese olor a jazmín mezclado con el humo lejano de los tacos al pastor de la esquina. Pasión prohibida capítulo 5 parte 2, pensó, recordando el título que le había puesto a su diario secreto, donde anotaba cada encuentro con Javier, el cuñado de su esposo. No era solo un affaire; era un fuego que la consumía desde adentro, un secreto que la hacía sentir viva en medio de su matrimonio gris.
La puerta de la suite se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Javier, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba delicioso. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que Ana soñaba con lamer. Ven, mamacita, te extrañé todo el pinche día
, murmuró con esa voz ronca, típica de los chilangos que saben conquistar.
Ella entró, cerrando la puerta con llave. El cuarto olía a su colonia, esa que mezclaba sándalo y algo salvaje, como el tequila reposado. Las luces tenues pintaban sombras en las paredes, y la cama king size invitaba con sábanas de algodón egipcio. Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. No debería estar aquí, se dijo, pero sus manos ya buscaban el calor de su cuerpo.
—Neta, Javier, si mi marido se entera... —susurró ella, pero él la calló con un beso. Sus labios eran firmes, con sabor a menta y deseo puro. La lengua de él exploró su boca, y Ana gimió bajito, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra el encaje de su brasier.
Las manos de Javier bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza juguetona. Eres mía esta noche, carnalita, olvídate de todo
, le dijo al oído, mordisqueando el lóbulo. Ella se arqueó contra él, oliendo su sudor fresco, ese aroma masculino que la volvía loca. El roce de sus erecciones separadas por la tela la hizo jadear. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras él la guiaba al sofá de cuero negro.
Se sentaron, pero no por mucho. Javier la sentó a horcajadas sobre sus piernas, sus manos subiendo por sus muslos bajo la falda corta. Ana llevaba tanga roja, empapada ya de anticipación. Él la miró a los ojos, esos ojos cafés intensos que prometían placer infinito. Dime qué quieres, reina
, ronroneó, sus dedos rozando el borde de la tela húmeda.
—Te quiero dentro de mí, papi, ya no aguanto —confesó ella, moviendo las caderas en círculos lentos. El cuero del sofá crujía bajo ellos, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el cuarto. Javier deslizó la tanga a un lado, tocando su clítoris con la yema del dedo, suave al principio, luego con más presión. Ana soltó un gemido largo, ayyy wey, sintiendo chispas de placer subir por su espina.
Él la besó el cuello, lamiendo la sal de su piel, mientras dos dedos entraban en ella, curvándose justo en ese punto que la hacía ver estrellas. Estás chorreando, putita mía, tan mojada por mí
, susurró, y ella no se ofendió; al contrario, esas palabras sucias la encendían más. Movía las caderas al ritmo de sus dedos, el sonido húmedo de su excitación mezclándose con sus jadeos. Olía a sexo inminente, a mujer lista para ser devorada.
Ana le quitó la camisa, arañando su pecho con las uñas pintadas de rojo. Sus pezones duros como piedras pedían atención, y ella los chupó con avidez, saboreando el sabor salado de su piel. Javier gruñó, ¡Órale, qué rico chupas!
, y la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama. La tiró suavemente, y ella rebotó con una risa traviesa.
Desnudos ya, piel contra piel, el calor de sus cuerpos era un horno. Javier besó su vientre, bajando hasta su monte de Venus, inhalando profundo su aroma almizclado. Hueles a pecado, morra
, dijo antes de enterrar la cara entre sus piernas. Su lengua era mágica: lamió despacio, círculos alrededor del clítoris, luego succionó con fuerza. Ana se agarró de las sábanas, arqueando la espalda, ¡No mames, qué bueno! gritó internamente. El placer subía en olas, sus muslos temblando, el corazón retumbando en los oídos.
Él no paraba, metiendo la lengua dentro, chupando sus labios mayores, mientras un dedo frotaba su ano con ternura. Ana explotó en su primera corrida, un grito ahogado saliendo de su garganta, jugos brotando que él lamió con gusto. Deliciosa, como tamarindo con chile
, bromeó, subiendo para besarla y que probara su propio sabor.
Pero no era suficiente. Ana lo empujó boca arriba, montándolo como amazona. Su verga estaba dura como fierro, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La frotó contra su entrada, lubricándola, antes de hundirse despacio. Ay cabrón, qué grande, pensó, sintiendo cada centímetro estirándola. Javier gimió fuerte, sus manos en sus tetas, pellizcando pezones.
Cabalgó lento al principio, sintiendo el roce interno, el golpe de sus pelvis. El sudor les corría por la piel, goteando, oliendo a esfuerzo y lujuria. Aceleró, sus nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras. ¡Sí, así, chula, fóllame duro!
, rugió él, embistiéndola desde abajo. El placer crecía, tensión en el bajo vientre, como un volcán a punto de estallar.
Cambiaron posiciones: Javier la puso a cuatro patas, admirando su culo redondo. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su clítoris. Cada embestida era un trueno, plaf plaf plaf, eco en la habitación. Ana se mordía el labio, lágrimas de placer en los ojos, Más fuerte, pendejo, dame todo
, exigía juguetona. Él obedecía, una mano en su cadera, la otra frotando su botón rosado.
El clímax los alcanzó juntos. Ana sintió la ola romper, contrayéndose alrededor de su verga, gritando ¡Me vengo, Javier!. Él se vació dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Colapsaron, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, Javier la abrazó por detrás, besando su hombro. El cuarto olía a sexo consumado, a sábanas revueltas. Esto es nuestra pasión prohibida, ¿verdad? No lo cambiaría por nada
, murmuró él. Ana sonrió, girando para mirarlo. Capítulo 5 parte 2 completado, pensó, sabiendo que habría más. El conflicto interno la pinchaba —el riesgo, la culpa—, pero el placer lo valía todo. Se durmieron así, entrelazados, con la promesa de amaneceres robados.