Abismo de Pasion Capitulo 51
Valeria caminaba por la playa de Puerto Vallarta al atardecer, el sol tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo ardiente. El aire salado le acariciaba la piel morena, impregnado del aroma dulce de las buganvillas cercanas y el leve perfume de su loción de coco. Llevaba un pareo ligero sobre su bikini rojo, que apenas contenía sus curvas generosas, y cada paso hacía que la arena tibia se colara entre sus dedos, un cosquilleo que le recordaba lo viva que se sentía. Hacía meses que no veía a Marco, su amante de toda la vida, ese güey que la volvía loca con solo una mirada.
De repente, lo vio. Alto, con el torso bronceado brillando bajo el sol poniente, jeans ajustados que marcaban sus muslos fuertes y una sonrisa pícara que le aceleraba el pulso. Marco se acercó con paso seguro, el sonido de las olas rompiendo a su espalda como un tambor lejano. ¡Mamacita!
exclamó, su voz ronca envolviéndola como un abrazo. Ella se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su pecho contra sus senos, el latido fuerte de su corazón sincronizándose con el suyo. Olía a mar y a hombre, a esa colonia especiada que siempre la ponía cachonda.
Esto es el abismo de pasion capitulo 51, pensó Valeria mientras sus labios se rozaban en un beso suave al principio, que pronto se volvió hambriento. Sus lenguas danzaban, saboreando el salitre y el dulce de su aliento. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con firmeza, y ella gimió bajito, un sonido que se perdió en el rumor de las gaviotas. Te extrañé tanto, pendejo, que me dolió el cuerpo sin ti
, murmuró ella contra su boca, juguetona, mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro y revuelto.
Se separaron lo justo para mirarse a los ojos, el deseo ardiendo como brasas. Vámonos a la villa, mi reina
, dijo él, tomándola de la mano. Caminaron por el sendero empedrado, flanqueado de palmeras que susurraban con la brisa, el cielo ahora un manto púrpura salpicado de estrellas tempranas. La villa era un paraíso privado: piscina infinita con vista al Pacífico, terraza con hamacas y una cama king size en la suite principal, sábanas de algodón egipcio esperando su pasión.
En la terraza, bajo las luces tenues de faroles de hierro forjado, Marco le quitó el pareo con delicadeza, revelando su cuerpo escultural. Sus ojos la devoraban, recorriendo el valle entre sus pechos, el ombligo piercing que brillaba, las caderas anchas que invitaban al pecado. Eres una diosa, Valeria
, susurró, besando su cuello, inhalando el aroma almizclado de su piel que ya empezaba a humedecerse de anticipación. Ella tembló, el roce de sus labios enviando chispas por su espina dorsal, mientras sus manos exploraban el bulto creciente en sus jeans.
¿Cuántas veces hemos caído en este abismo? se preguntó ella en silencio, recordando sus noches locas en la CDMX, en cantinas escondidas donde bailaban salsa hasta el amanecer, o en su departamento de Polanco con velas y tequila reposado. Pero esta vez, después de su viaje de trabajo a Europa, la tensión era palpable, como un volcán a punto de erupcionar. Lo empujó contra la barandilla, desabrochando su camisa con urgencia, lamiendo sus pezones duros que sabían a sal y sudor fresco. ¡Ay, cabrón, qué rico estás!
jadeó, mientras él gruñía, sus manos masajeando sus senos, pellizcando los pezones rosados hasta hacerla arquearse.
Entraron a la suite, la puerta cerrándose con un clic suave que sellaba su mundo privado. La habitación olía a jazmín del jardín y al leve aroma de las velas ya encendidas por el staff. Marco la recostó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso compartido, y le bajó el bikini con dientes, besando cada centímetro de piel expuesta. El frescor del aire acondicionado contrastaba con el calor de su boca en su vientre, bajando hasta el triángulo oscuro de su monte de Venus. Valeria separó las piernas, invitándolo, su coño ya empapado palpitando de necesidad.
Saboreame, amor
, rogó ella, voz entrecortada. Él obedeció, su lengua plana lamiendo su clítoris hinchado, chupando con maestría mientras dos dedos gruesos se hundían en su interior resbaladizo. El sonido húmedo de su succionar llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos agudos: ¡Sí, así, no pares, güey! ¡Me vas a matar de gusto!
Olas de placer la recorrían, sus muslos temblando, uñas clavándose en sus hombros. Podía oler su propia excitación, almizclada y dulce, y el sabor salado cuando él la besó después, compartiendo su esencia.
Pero ella quería más, quería devorarlo. Lo volteó con fuerza juguetona, Ahora me toca a mí, pendejo
, y le bajó los jeans, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, la cabeza brillante de precum. La tomó en su mano, sintiendo el pulso caliente, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando su masculinidad salada. Marco jadeaba, ¡Chingada madre, qué chida boca tienes!
, sus caderas empujando instintivamente. Ella lo tragó profundo, garganta relajada por práctica, mientras una mano masajeaba sus bolas pesadas.
La tensión crecía como una tormenta, sus cuerpos sudados resbalando uno contra el otro. Se posicionaron en 69, devorándose mutuamente, gemidos ahogados en carne húmeda. Este es el capitulo donde nos perdemos del todo, pensó Valeria, el abismo de pasion capitulo 51 grabado en su mente como un tatuaje invisible. Luego, él se colocó encima, sus ojos fijos en los de ella. ¿Lista, mi vida?
Cógeme ya, Marco, hazme tuya
, respondió ella, guiando su verga a su entrada ardiente.
Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el roce de sus paredes contra su grosor enviando fuegos artificiales por sus nervios. ¡Qué apretadita estás, carajo!
gruñó él, embistiendo más profundo. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, talones clavándose en su culo firme, urgiéndolo. El ritmo se aceleró, piel contra piel en palmadas rítmicas, el catre crujiendo bajo ellos. Sudor goteaba de su frente a sus pechos, mezclándose con sus jugos. Podía sentir cada vena de su verga frotando su punto G, el olor a sexo impregnando el aire, sus pechos rebotando con cada estocada.
Valeria arañaba su espalda, dejando marcas rojas de pasión, sus gritos subiendo de tono: ¡Más duro, amor, rómpeme! ¡Sí, ahí, no pares!
Él obedecía, sudando profusamente, sus músculos tensos brillando. Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como una amazona, sus caderas girando en círculos sensuales, controlando el placer. Sus senos se mecían frente a su rostro, y él los chupaba con avidez, mordisqueando. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él.
Me vengo, Marco, ¡me vengo!
chilló ella, el orgasmo explotando en oleadas cegadoras, jugos chorreando por su verga. Él la siguió segundos después, ¡Ah, sí, toma mi leche!
, eyaculando profundo dentro de ella en chorros calientes que la llenaban, prolongando su éxtasis. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos, el corazón latiendo al unísono.
En el afterglow, yacían bajo las sábanas revueltas, la brisa marina colándose por la ventana abierta, trayendo el canto de las cigarras. Marco le acariciaba el cabello húmedo, besando su frente. Eres mi todo, Valeria. Este abismo de pasion nunca acaba
, murmuró. Ella sonrió, satisfecha, un ronroneo en la garganta. Capitulo 51 completado, pensó, sabiendo que vendrían más caídas gloriosas. El mar susurraba promesas de futuras noches, y en sus brazos, se sentía completa, empoderada, eternamente deseada.