El Libro Pasional que Enciende la Carne
Entré a esa librería antigua en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde filtrándose por las ventanas empolvadas. El aire olía a papel viejo y a madera húmeda, un aroma que siempre me ponía melancólica y un poco cachonda, como si los libros guardaran secretos prohibidos. Yo, Ana, una maestra de literatura de treinta y tantos, andaba buscando algo para mis clases, pero neta, lo que encontré fue el libro pasional que cambiaría mi tarde.
Estaba en un rincón olvidado, con una portada roja descolorida que prometía fuegos internos. Lo abrí y las primeras líneas me jalaron: descripciones de pieles rozándose bajo la luna mexicana, susurros en la noche de tacos y tequilas. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por mi vientre. Órale, esto está padísimo, pensé, mordiéndome el labio mientras leía un pasaje donde la protagonista se entregaba a un amante con manos expertas.
De repente, una voz grave me sacó del trance. "
¿Te gusta ese? Es un clásico prohibido de los setenta, puro fuego erótico mexicano." Me volteé y ahí estaba él: Diego, el dueño de la librería, un moreno alto con ojos cafés que brillaban como el obsidiana de Taxco. Llevaba una camisa de lino arremangada, mostrando antebrazos fuertes, y un olor a café recién molido y colonia fresca que me mareó.
"Sí, wey, me está poniendo toda caliente", solté sin pensarlo, riéndome nerviosa. Él sonrió, esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que provocas. Hablamos un rato de libros, de autores que escriben sobre deseo como Sabines o Novo, pero el aire se cargaba de tensión. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que se marcaban bajo la blusa ligera. Yo sentía mi piel erizarse, el pulso acelerado como tamborazo en una fiesta de pueblo.
La librería cerraba pronto. "
¿Quieres llevarlo? O mejor, ven a mi depa de atrás, lo leemos juntos con un mezcal. Sin compromiso, chula." Su invitación era como el libro: tentadora, ardiente. Dije que sí, el corazón latiéndome en la garganta.
Acto segundo: la escalada. Su departamento era un nido bohemio: posters de Frida y Diego Rivera, velas de cera de abeja encendidas que llenaban el aire de miel dulce. Nos sentamos en un sillón mullido, el libro entre nosotros. Él sirvió mezcal en vasitos de barro, el líquido ahumado quemando mi lengua con sabor a raíz y humo.
Leímos en voz alta, turnándonos. Yo narraba cómo la heroína sentía las manos del hombre explorando su cuerpo, y mi voz temblaba. Diego se acercó, su muslo rozando el mío, el calor de su piel traspasando la tela. "
Imagina que eres ella, Ana. ¿Qué sientes aquí?" murmuró, su mano posándose suave en mi rodilla. Consentí con un suspiro, asintiendo. Sus dedos subieron despacio, trazando círculos en mi muslo interno, despertando chispas en mi panocha que ya estaba mojada.
Mi mente giraba:
Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Su toque es como las páginas, suave al principio, luego voraz.Lo besé primero, mis labios probando el mezcal en su boca, su lengua danzando con la mía en un ritmo húmedo y salvaje. Gemí cuando sus manos subieron a mis tetas, amasándolas sobre la blusa, pezones endureciéndose como piedras de volcán.
Nos desnudamos lento, saboreando cada revelación. Su pecho moreno, velludo justo lo necesario, olía a jabón de maguey y sudor masculino. Yo me quité la falda, quedando en tanga negra que él lamió con la mirada. "Estás preciosa, mamacita, como salida de ese libro", dijo, voz ronca. Me recostó en el sillón, besando mi cuello, bajando por mi clavícula. Su boca en mis pechos: chupó un pezón, lo mordisqueó suave, enviando descargas a mi clítoris hinchado.
Yo lo toqué, mi mano envolviendo su verga dura, gruesa, palpitante. La piel sedosa sobre venas tensas, el prepucio retrayéndose para mostrar la cabeza roja y húmeda. La masturbé despacio, oyendo sus gruñidos bajos como truenos lejanos. "
Qué rica la tienes de mano, Ana. Pero quiero probarte entera." Se arrodilló entre mis piernas, separándolas con ternura. Su aliento caliente en mi monte de Venus, luego su lengua lamiendo mis labios mayores, abriéndolos para chupar mi jugo dulce y salado.
¡Dios! El placer era eléctrico: su lengua girando en mi botón, dedos hundiéndose en mi entrada resbaladiza, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. Gemía sin control, "¡Sí, Diego, así, cabrón, no pares!" El sonido de su succión, mis fluidos chorreando, el slap slap de su boca en mi carne. Orgasmeé fuerte, piernas temblando, visión nublada por estrellas mexicanas.
Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgotas. Su verga rozándome el culo, lubricada con mi propia humedad. "
¿Quieres que te coja, reina? Dime sí y soy tuyo." "¡Sí, métemela ya!", rogué. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, su grosor pulsando contra mis paredes. Empezó a bombear, lento primero, luego rápido, piel contra piel en palmadas resonantes. Sudor goteando, mezclándose con nuestros olores: almizcle, sexo crudo, pasión desatada.
Yo empujaba hacia atrás, clavándome más, sus bolas golpeando mi clítoris. "¡Qué chingona estás adentro, tan apretada y caliente!" jadeaba él. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque, tetas rebotando, uñas en su pecho. Sus manos en mis caderas guiándome, ojos fijos en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.
Acto tercero: la liberación. El clímax llegó como volcán en erupción. Sentí la ola subir, mi concha contrayéndose alrededor de su pija, ordeñándolo. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, jugos salpicando. Él se tensó, gruñendo "¡Me vengo, Ana!", llenándome con chorros calientes que se sentían como lava fundida.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y brillante. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en mi sien. El libro pasional tirado en el piso, páginas abiertas como testigo. Olía a nosotros: semen, sudor, mezcal derramado. Mi corazón latía tranquilo ahora, satisfecho.
"Eres increíble, wey", murmuré, trazando su pecho con el dedo. Él rio bajito. "
El libro solo fue el pretexto. Tú encendiste todo esto." Nos quedamos así, en afterglow, hablando de sueños y deseos futuros. Salí al amanecer, piernas flojas, pero alma plena. El libro pasional se quedó con él, pero su fuego vive en mí para siempre. Quién sabe, quizás regrese por más capítulos.