Pasion de Gavilanes Capitulo 45 Fuego en las Venas
Jimena se recostaba en el mullido sofá de la hacienda, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que trepaban por las paredes de adobe. La televisión parpadeaba con las luces vibrantes de Pasión de Gavilanes, y justo en el capítulo 45, la tensión entre los amantes explotaba en una escena que le erizaba la piel. Gabriel, su hombre, estaba a su lado, su muslo musculoso rozando el de ella bajo la manta tejida a mano. Hacía calor esa noche de verano en las afueras de Guadalajara, pero el fresco del ventilador no calmaba el hormigueo que subía por su vientre.
"Órale, mira cómo se miran esos dos", murmuró Gabriel con esa voz ronca que siempre le ponía la piel de gallina. Sus dedos juguetones trazaban círculos perezosos en su rodilla, subiendo despacio por el interior de su muslo. Jimena tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. Recordaba cómo habían empezado todo esto: una noche cualquiera viendo la novela, riéndose de los dramas exagerados, pero esa química entre los Reyes y las Elizondo se les había pegado como chicle.
En la pantalla, el galán tomaba a su mujer con urgencia, sus labios chocando en un beso que prometía tormentas. Jimena sintió un pulso caliente entre las piernas, su panocha humedeciéndose bajo las bragas de encaje.
¿Por qué carajos esta novela me prende tanto? Es como si me hablaran directo a mí, a este fuego que llevo adentro, pensó, mordiéndose el labio inferior.
Gabriel notó su respiración agitada. Se inclinó, su aliento con sabor a tequila y menta rozándole el cuello. "¿Estás bien calientita, mi reina?" le susurró al oído, su mano ahora apretando suave su nalga. Ella giró la cara, sus ojos chocolate encontrándose con los verdes de él, intensos como el paisaje de los gavilanes que volaban al amanecer.
"Sí, wey, pero no pares", respondió ella con una sonrisa pícara, su voz temblorosa de anticipación. El beso empezó lento, como el primer sorbo de un café de olla bien cargado: labios suaves explorando, lenguas danzando con timidez. Pero pronto, el beso se volvió hambre pura. Las manos de Gabriel se colaron bajo su blusa holgada, acariciando la curva de sus senos, los pezones endureciéndose al instante bajo sus pulgares ásperos de tanto trabajar la tierra.
El sonido de la novela se perdió en el fondo, solo importaban los jadeos entrecortados, el roce de la tela contra piel sudada. Jimena arqueó la espalda, empujando sus tetas contra su palma. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras él lamía el lóbulo de su oreja, enviando chispas directas a su clítoris palpitante.
Se levantaron como poseídos, tropezando hacia el dormitorio principal. La habitación olía a sándalo y lavanda de las velas que ella había encendido antes. La cama king size, con sábanas de algodón egipcio, los esperaba como un altar. Gabriel la tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían con esa pasión de gavilanes que tanto les gustaba. "Te voy a hacer mía como en esa novela, pero mejor", prometió, quitándole la blusa de un tirón juguetón.
Jimena se incorporó sobre los codos, admirando su torso desnudo: pectorales firmes, abdomen marcado por horas en el gimnasio de la hacienda, y ese bulto creciente en sus bóxers. "Muéstrame qué traes, mi rey", lo provocó, extendiendo la mano para palpar su verga dura como piedra. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire espeso, y se despojó de la ropa restante. Su miembro saltó libre, grueso y venoso, la cabeza brillando con una gota de precúm que ella lamió con la punta de la lengua, saboreando su sal marina mezclada con masculinidad pura.
¡Madre mía, qué rica está su pinga! Quiero que me llene toda, se dijo Jimena, mientras lo chupaba despacio, sintiendo cómo latía en su boca cálida. Gabriel enredó los dedos en su cabello negro azabache, guiándola con ritmo, pero siempre atento a sus gemidos de placer. "Qué buena mamada me das, chula. No pares, así", jadeó él, las caderas moviéndose sutil.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Él la volteó boca abajo, besando cada vértebra de su espalda, bajando hasta las nalgas redondas que amasó como masa de tamales. Sus dedos se deslizaron entre sus labios vaginales, encontrándola empapada, resbaladiza de jugos. "Estás chorreando, mi amor. ¿Quieres que te meta los dedos?" Ella asintió, empujando contra su mano. Dos dedos entraron de golpe, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba el clítoris hinchado.
Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo, sus ahogos, el crujir de la cama. Jimena se retorcía, el sudor perlando su piel morena, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación. Me voy a venir ya si sigue así, pero quiero su verga adentro. "¡Métemela ya, pendejo! No aguanto más", suplicó con voz ronca.
Gabriel se posicionó detrás, frotando la cabeza de su polla contra su entrada, lubricándola. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ella sintió cada vena, cada pulso, hasta que estuvo enterrado hasta las bolas. "¡Qué apretadita estás!" rugió él, empezando a bombear con fuerza controlada. Sus embestidas eran profundas, golpeando su cervix con precisión, mientras una mano pellizcaba sus pezones y la otra frotaba su botón.
El ritmo se aceleró, piel contra piel en palmadas rítmicas, sus bolas chocando contra su clítoris. Jimena gritaba sin pudor: "¡Sí, así, chíngame duro! ¡Más fuerte, cabrón!" Él obedecía, sudando profusamente, el aroma de sus cuerpos mezclándose en éxtasis.
Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes. Es nuestra pasión, nuestra historia.
La tensión llegó al pico. Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, contrayendo su coño alrededor de su verga en espasmos interminables. Gritos ahogados, lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Gabriel la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes internas.
Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Él la besó en la frente, suave ahora, tierno. "Te amo, Jimena. Cada noche contigo es como un capítulo nuevo de nuestra propia pasión". Ella sonrió, trazando patrones en su pecho húmedo, el corazón lleno.
El eco de la novela seguía en la tele lejana, pero ya no importaba. En ese momento, con su piel pegada a la de él, el sabor de sus besos aún en los labios y el calor residual entre sus piernas, sabían que su conexión era eterna, como los gavilanes surcando cielos infinitos.