Libro la Dolorosa Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Desatada
Estaba yo en la casa de mi abuelita en Coyoacán, revisando el librero viejo que olía a madera y a recuerdos polvorientos. Entre novelas rosas y biblias raídas, encontré ese libro: libro la dolorosa pasion de nuestro señor jesucristo. Lo saqué con cuidado, la portada gastada prometía relatos de sufrimiento y redención. Neta, pensé que me iba a poner devota, pero al abrirlo, las descripciones tan crudas de latigazos y espinas me revolvieron algo por dentro. Sentí un calorcito traicionero entre las piernas, como si el dolor ajeno despertara un hambre en mí.
¿Qué chingados me pasa? Esto es de Jesús, no de una novela picosita.Cerré el libro de golpe, pero el aroma a papel viejo se me pegó a las manos, y mi piel erizada no se calmaba.
Ahí fue cuando llegó Alejandro, mi carnal de la infancia, ahora hecho todo un hombre de metro ochenta, con esa sonrisa pícara que siempre me hacía cosquillas en el estómago. Venía a ayudar con la herencia de la abue. "Órale, Maria, ¿qué traes ahí?", me dijo, acercándose demasiado. Su colonia fresca se mezcló con mi nerviosismo, y le mostré el libro. "Mira, libro la dolorosa pasion de nuestro señor jesucristo. Pero neta, me pone... rara". Él lo tomó, hojeó unas páginas, y sus ojos se clavaron en los míos. "Pasión dolorosa, ¿eh? Suena a algo que duele rico". Su voz grave me erizó la nuca, y sentí su aliento cálido en mi oreja. El corazón me latía como tambor en fiesta, y un roce accidental de su mano en mi cadera mandó chispas directo a mi centro.
Nos fuimos a mi cuarto, pretextando leer más del libro. La luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo todo de naranja, y el aire se llenó de ese silencio pesado que grita deseo. Me senté en la cama, piernas cruzadas para disimular lo mojada que ya estaba mi panocha. Alejandro se recargó a mi lado, su muslo musculoso presionando el mío. Leí en voz alta un pasaje sobre los azotes de Jesús, mi voz temblando. "La piel se abre, la sangre fluye ardiente", y él murmuró: "Imagínate eso en la carne, pero con placer". Su mano subió por mi brazo, dedos ásperos de tanto gym, y me volteó la cara. Nuestros labios se juntaron suaves al principio, saboreando el café de la mañana en su lengua. Pero pronto el beso se volvió hambriento, dientes chocando, mi saliva mezclándose con la suya en un baile salado.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco de la habitación me puso los pezones duros como piedritas, y él los lamió con la lengua plana, chupando hasta que gemí bajito.
Pinche wey, sabe exactamente cómo hacerme perder la cabeza.Olía a su sudor limpio, a hombre listo para devorar. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo la verga tiesa latiendo bajo la tela. "Estás durísimo, carnal", le susurré, y él rio ronco: "Por ti, nena, por esa pasión dolorosa que traes". Le bajé el cierre, saqué su verga gruesa, venosa, con ese olor almizclado que me volvió loca. La masturbe lento, sintiendo la piel suave deslizarse sobre el tronco firme, gotitas de precum saladas en mi lengua cuando la probé.
Pero el libro estaba ahí, abierto en la cama, como testigo. Alejandro lo tomó y lo pasó por mi panza desnuda, las páginas ásperas rozando mi piel sensible. "Siente la dolorosa pasión", dijo juguetón, y presionó más fuerte, un cosquilleo dolorcito que me arqueó la espalda. Me jaló el pelo suave, exponiendo mi cuello para morderlo, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Yo respondí arañándole la espalda, uñas clavándose lo justo para que gruñera de placer. Esto es lo que el libro despierta, no sufrimiento santo, sino fuego carnal. Se hincó entre mis piernas, separándolas con manos firmes. Mi chochita chorreaba, el olor a excitación empapando las sábanas. Lamió mis labios mayores, lengua hurgando adentro, saboreando mi miel dulce y salada. "Estás riquísima, Maria, como néctar de diosa". Gemí alto, caderas moviéndose solas, el sonido chapoteante de su boca en mi sexo llenando el cuarto.
La tensión crecía como tormenta. Quería más dolor, más pasión. "Chíngame, Alejandro, hazme sentir esa pasión dolorosa". Él se puso de rodillas, verga apuntando a mi entrada. Entró despacio al principio, estirándome centímetro a centímetro, el ardor exquisito de ser llena. "¡Ay, cabrón, qué grande!", grité, y él empujó hondo, golpeando mi fondo con cada embestida. El slap slap de piel contra piel, sudor goteando, mezclándose en nuestros cuerpos. Me volteó a cuatro patas, jalándome las caderas, verga entrando brutal pero consentida, mis tetas balanceándose, pezones rozando las sábanas ásperas.
Sí, así, como los latigazos del libro, pero en éxtasis puro.Le pedí que me azotara la nalga, mano abierta dejando huella roja, el escozor mandando ondas de placer a mi clítoris. Él aceleró, gruñendo "¡Te voy a llenar, pinche rica!", y yo sentí el orgasmo subir como ola, contrayendo mi concha alrededor de su verga, chorros de jugo salpicando.
Se corrió adentro, chorros calientes bañando mis paredes, su peso cayendo sobre mí mientras jadeábamos. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor, corazones tronando al unísono. Nos quedamos así, enredados, su verga ablandándose dentro de mí, gotas resbalando por mis muslos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Tomé el libro de nuevo, riendo bajito. "Quién iba a pensar que libro la dolorosa pasion de nuestro señor jesucristo nos iba a unir así". Él me abrazó fuerte: "La verdadera pasión está en nosotros, nena. Dolorosa y jodidamente chingona".
Después, en la penumbra, reflexioné acostada en su pecho, escuchando su respiración calmada. El libro reposaba en la mesita, ya no un símbolo de martirio, sino de liberación. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, marcas frescas recordándome el fuego que habíamos desatado. La abuelita estaría escandalizada, pero yo me sentía viva, empoderada en mi deseo. Alejandro durmió, pero yo sonreí al techo, sabiendo que esta pasión no acababa aquí. Mañana, más páginas, más éxtasis.