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Pasión del Elenco en la Novela

7110 palabras

Pasión del Elenco en la Novela

En los pasillos iluminados por focos potentes del foro de Televisa, el aire olía a café recién hecho mezclado con el perfume dulce de las actrices. Ana ajustaba su blusa escotada, sintiendo el roce suave de la tela contra su piel morena, mientras observaba al elenco reunido para la lectura del guion de Pasión Eterna, la nueva novela que prometía ser el hit del año. Todos charlaban animados, pero sus ojos se clavaban en Diego, el galán principal, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que parecían desnudarla con solo una mirada.

Qué wey tan chingón, pensó Ana, mientras el corazón le latía más rápido. Era su primera novela grande, y el director la había puesto como la rival seductora de la protagonista. Diego, con su fama de conquistador en el elenco, la hacía sentir mariposas en el estómago cada vez que ensayaban una escena de celos. El olor a su colonia varonil, madera y cítricos, la envolvía cuando se acercaba demasiado en las marcas de cámara.

—Órale, Ana, ¿lista para darme celos en la escena del tres? —le dijo Diego con voz ronca, sentándose a su lado en la mesa larga. Su muslo rozó el de ella accidentalmente, enviando una corriente eléctrica por su pierna. El papel crujió bajo sus dedos mientras hojeaba el guion, pero su mente volaba a fantasías prohibidas.

El día transcurrió con tomas interminables. Bajo las luces calientes que hacían sudar a todos, Ana y Diego interpretaron su primera confrontación. “¡No te la vas a llevar tan fácil, cabrón!” gritó ella, empujándolo contra la pared falsa del set. Sus cuerpos se pegaron por un segundo más de lo necesario, y ella sintió la dureza de su pecho contra sus senos, el calor de su aliento en su cuello. El elenco aplaudió, pero Ana solo oía el pulso acelerado en sus oídos.

Al final del día, exhaustos, el grupo se juntó en el camerino compartido. Risas, chelas frías sacadas de la hielera, el sonido de corchos de botellas abriéndose. Pasión novela elenco, murmuró alguien bromeando sobre el chisme que ya corría: la química explosiva entre los protagonistas. Ana se sentó en un sillón viejo, las piernas cruzadas, sintiendo el aire acondicionado erizarle la piel. Diego se acercó con dos chelas, ofreciéndole una.

—Por un buen arranque, ricura —dijo, chocando botellas. Sus dedos se rozaron, y ella notó cómo él la recorría con la mirada, deteniéndose en el valle de sus pechos. El sabor amargo de la cerveza refrescaba su garganta seca, pero no apagaba el fuego que crecía en su vientre.

La noche cayó sobre el foro, y el elenco se dispersó. Ana se quedó recogiendo su maquillaje, el espejo reflejando su rostro sonrojado. De pronto, la puerta se abrió con un chirrido, y ahí estaba Diego, camisa desabotonada revelando abdominales marcados por horas de gym.

—No me voy sin ti, ¿eh? Hay algo que quiero ensayar privado —susurró, cerrando la puerta con llave. El clic resonó como un disparo en su pecho. Ana se giró, el corazón martilleándole las costillas.

¿Qué chingados estoy haciendo? se preguntó, pero sus pies avanzaron solos hacia él. El aroma de su sudor mezclado con colonia la mareó. Diego la tomó de la cintura, atrayéndola con fuerza gentil, sus labios rozando su oreja.

—Desde la primera lectura te como con los ojos, Ana. Neta, no aguanto más esta tensión del set.

Ella levantó la vista, sus labios entreabiertos, el aliento entrecortado. —Yo tampoco, pendejo. Ensayemos de verdad.

Sus bocas chocaron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a cerveza y deseo puro. Las manos de Diego subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras ella tiraba de su camisa, sintiendo la piel caliente y suave bajo sus uñas. Cayeron al sofá del camerino, el cuero viejo crujiendo bajo su peso. Ana jadeaba, el olor a su excitación llenando el aire confinado, almizclado y dulce.

Él besó su cuello, mordisqueando la piel sensible, bajando hasta sus pechos. Sus labios capturaron un pezón endurecido, chupando con succiones lentas que la hicieron arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! pensó ella, las manos enredadas en su cabello negro. Sus dedos exploraron más abajo, desabotonando su falda, deslizándose por el encaje húmedo de sus panties.

—Estás chorreando, mamacita —gruñó Diego, su voz vibrando contra su piel. Ella rio bajito, empujándolo para invertirse encima. Ahora era su turno. Desabrochó su jeans, liberando su verga gruesa y palpitante, venosa y caliente al tacto. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, el gemido ronco de él como música en sus oídos.

El ritmo escaló. Diego la volteó boca abajo, quitándole las panties con dientes, exponiendo su concha rosada y empapada. Su lengua se hundió en ella, lamiendo pliegues con avidez, el sonido húmedo de succiones mezclándose con sus jadeos. Ana se retorcía, las nalgas apretadas contra su cara, oliendo su propia excitación intensa. “¡Más, wey, no pares!” suplicó, las piernas temblando.

Él se incorporó, posicionando la punta de su miembro en su entrada. —Dime si quieres, Ana. Todo tuyo.

—Sí, métemela ya, ¡chinga!

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placentero la hizo gritar bajito, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. Comenzaron a moverse, el sofá golpeando rítmicamente contra la pared, piel contra piel en palmadas sonoras. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el camerino. Diego la embestía profundo, sus bolas golpeando su clítoris, mientras ella clavaba uñas en sus hombros.

Esto es mejor que cualquier guion de pasión novela, pensó Ana en medio del éxtasis, el mundo reduciéndose a esa fricción ardiente. Él aceleró, gruñendo su nombre, ella respondiendo con contracciones que lo ordeñaban. El clímax la golpeó primero, olas de placer convulsionándola, el grito ahogado contra su cuello, gusto metálico de sudor en su lengua.

Diego la siguió segundos después, derramándose dentro con espasmos calientes, su cuerpo colapsando sobre el de ella. Permanecieron unidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose, el corazón de él latiendo contra su pecho. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas.

Minutos después, se separaron con risas culpables. Ana se vistió, las piernas flojas, sintiendo su semen escurrir por sus muslos, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Diego la abrazó por detrás, besando su hombro.

—Esto no termina aquí, ¿verdad? El elenco va a chismear, pero qué chingados, neta valió la pena.

Ella sonrió al espejo, viéndose radiante, empoderada. Pasión del elenco en la novela, pensó, sabiendo que su química en pantalla sería legendaria, pero la real, la suya, era solo el comienzo. Salieron del camerino tomados de la mano, el foro oscuro y silencioso testigo de su secreto ardiente, listos para conquistar el mundo de las telenovelas con fuego en las venas.

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