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Pasiones Juveniles en la Biblia Desenfrenadas

6295 palabras

Pasiones Juveniles en la Biblia Desenfrenadas

Ana se acomodó en la banca de madera pulida de la iglesia, el aroma a incienso y flores frescas impregnando el aire cálido de la tarde mexicana. Tenía veintidós años, piel morena como el café de olla que su abuela preparaba, y un cuerpo que empezaba a reclamar atenciones que las misas dominicales no calmaban. El grupo de jóvenes adultos —todos mayores de edad, neta, weyes con ganas de vida— se reunía cada jueves para estudiar la Biblia. Hoy tocaba el Cantar de los Cantares, esas pasiones juveniles en la Biblia que el pastor siempre suavizaba, pero que a ella le revolvían el estómago de puro fuego.

Entró Javier, el nuevo. Alto, con barba recortada y ojos que brillaban como el tequila bajo la luna llena. Venía de Guadalajara, dijo, pero su acento norteño lo delataba un poquito. Se sentó a su lado, y Ana sintió el calor de su muslo rozando el suyo. ¿Qué pedo, Dios? ¿Esto es prueba o tentación? pensó, mientras el pastor leía: "Que me bese con los besos de su boca, porque tus amores son mejores que el vino". Javier giró la cabeza, y sus miradas chocaron. El pulso de Ana se aceleró, como tambores de una fiesta patronal.

La sesión terminó con oraciones murmuradas, pero Javier se acercó. —Oye, Ana, ¿qué te parece ese versículo? Neta, suena a puro desmadre romántico. Su voz grave vibraba en el pecho de ella, y el olor a su colonia fresca, mezclada con sudor varonil, la mareó. Caminaron hacia el atrio, donde el sol del atardecer teñía de naranja las campanas. Hablaron de pasiones juveniles en la Biblia, de cómo Salomón no se andaba con chingaderas poéticas. Javier citó: "Tu cuerpo es como un montón de trigo cercado de lirios". Ana rio, nerviosa, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que la hizo cruzarlas.

Esto no está bien, pero ¿quién soy yo para juzgar al Rey Salomón? se dijo. Javier la invitó a su casa cercana, "para seguir platicando de la Biblia, sin pedos". Ella aceptó, el corazón latiéndole como un mariachi en boda. Caminaron por calles empedradas, con el rumor de vendedores ambulantes gritando "¡Elotes!" y el perfume de jazmines trepando las rejas.

En su departamento modesto pero chido, con posters de fútbol y una Biblia abierta en la mesa, Javier sirvió café de olla humeante. Se sentaron en el sofá, tan cerca que Ana sentía el calor de su piel a través de la camisa blanca. Hablaron de David y Betsabé, de cómo un vistazo en el tejado desató todo. —Imagínate —dijo él, su mano rozando la rodilla de ella—, esa pasión que no se contiene. Ana tragó saliva, el sabor amargo del café en la lengua, mientras su cuerpo respondía con un calor húmedo que empapaba sus panties.

La tensión creció como tormenta de verano. Javier se inclinó, sus labios a centímetros. —Ana, desde que te vi, siento que esto es como el Cantar... tus ojos son palomas. Ella no lo pensó: lo besó. Sus bocas se fundieron, saboreando café y deseo puro. Lenguas danzando, manos explorando. Él olía a hombre, a tierra mojada después de lluvia. Ana gimió bajito cuando él deslizó la mano por su blusa, tocando pechos firmes que se erizaron bajo sus dedos ásperos.

¡Ay, wey, esto es pecado o paraíso! Mi cuerpo grita sí, mi cabeza susurra no... pero el corazón late por él.

Se quitaron la ropa con urgencia juguetona, riendo como chamacos traviesos. Javier era puro músculo trabajado en canchas de fut, su verga erecta palpitando contra el vientre de Ana. Ella lo tocó, piel suave y venosa, el calor quemándola las palmas. —Eres chingona, morra —murmuró él, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. La tumbó en la cama, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Sus dedos bajaron por su panza, abriendo piernas temblorosas. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación mutua.

Ana jadeaba, el sonido de sus respiraciones entrecortadas como olas en la playa de Mazatlán. Javier la lamió despacio, lengua experta en su clítoris hinchado, saboreando jugos dulces como miel de maguey. ¡Madre santísima, esto es mejor que cualquier verso bíblico! pensó ella, arqueando la espalda, uñas clavándose en sus hombros. Él gruñía de placer, el vello de su pecho rozando sus muslos internos, enviando chispas por su espina.

La intensidad subió. Ana lo jaló arriba, guiando su verga gruesa a su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. —¡Sí, cabrón, así! —gimió ella, en mame, pero neta empoderada. Se movieron en ritmo perfecto, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro. Javier la embestía profundo, bolas golpeando su culo firme, mientras ella clavaba talones en su espalda, pidiendo más. Sus pezones rozaban el pecho peludo de él, endurecidos como piedras preciosas.

El clímax se acercó como relámpago. Ana sintió la presión en el bajo vientre, un volcán a punto de estallar. —¡No pares, amor, dame todo! gritó, voz ronca. Javier aceleró, gruñendo "¡Eres mi reina, como en la Biblia!", y explotó dentro, chorros calientes llenándola mientras ella convulsionaba, paredes vaginales apretándolo en oleadas de éxtasis. Gritos ahogados, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a pulsos y gemidos.

Después, yacieron enredados, el aire pesado con olor a semen y sudor. Javier la besó la frente, suave. —Neta, Ana, esto fue como desatar pasiones juveniles en la Biblia, pero en carne viva. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. ¿Pecado? Tal vez. ¿Arrepentirme? Ni madres. Se sentía plena, empoderada, como si Dios hubiera escrito un capítulo extra solo para ellos.

Salieron al balcón, noche estrellada sobre el pueblo. El eco lejano de una guitarra ranchera flotaba, y Ana apoyó la cabeza en su hombro. Hablaron de futuro, de más estudios bíblicos con sabor a prohibido. No era fin, sino comienzo. Sus cuerpos aún zumbaban, piel sensible al roce del viento fresco. En ese momento, las pasiones juveniles en la Biblia no eran solo palabras antiguas; eran su realidad viva, consensual y ardiente.

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