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Oswald Smith Pasión por las Almas

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Oswald Smith Pasión por las Almas

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de los anuncios neón parpadean como promesas pecaminosas, asistí a una de esas conferencias evangélicas que prometían salvación y un poco de emoción. Yo, Karla, una chilanga de veintiocho años con curvas que volvían locos a los taxistas, no era de las que frecuentaba iglesias. Pero esa noche, el nombre Oswald Smith andaba en boca de todas mis amigas del gym. Decían que era un gringo predicador con ojos que te desnudaban el alma y una voz que te hacía temblar las piernas.

Entré al auditorio del hotel fancy en Polanco, oliendo a café recién molido y perfume caro. La multitud bullía, llena de señoras bien puestas y morros con camisetas de rock cristiano. Me senté en la tercera fila, cruzando las piernas para que mi falda corta subiera un poquito. Y entonces lo vi. Oswald Smith subió al podio, alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y una camisa blanca que se le pegaba al pecho sudado por el calor mexa. Sus ojos azules barrieron la sala como si buscara algo más que almas perdidas.

«Hermanos, mi Oswald Smith pasión por las almas me ha traído hasta esta tierra bendita. No descanso hasta que cada espíritu se rinda al amor divino»
, tronó su voz grave, con ese acento yanqui que sonaba como miel caliente. Sentí un cosquilleo en la nuca, bajando por mi espalda hasta el trasero. ¿Qué carajos? ¿Yo, ardiendo por un sermón? Sus palabras pintaban imágenes de entrega total, de cuerpos y almas entrelazados en éxtasis eterno. Me mordí el labio, imaginando esas manos grandes sobre mi piel morena.

Al final del evento, la gente se amontonó para saludarlo. Yo me quedé atrás, fingiendo revisar mi celular, pero mis ojos no se despegaban de él. Firmaba libritos titulados Oswald Smith Pasión por las Almas, esos que mis amigas me juraban que cambiaban vidas. Cuando la fila se dispersó, me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Órale, güey, ¿me regalas uno autografiado? —le dije, con mi mejor sonrisa coqueta, extendiendo la mano.

Él levantó la vista, y juro que el aire se cargó de electricidad. —Claro, hermosa. ¿Cómo te llamas? —Su español era perfecto, con un toque juguetón que me erizó la piel.

—Karla. Y tú eres el famoso Oswald Smith, ¿verdad? Ese con la pasión por las almas que nos tiene a todos locos.

Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. —Algo así. ¿Quieres que te cuente más sobre eso? Hay un café aquí cerca, abierto hasta tarde.

No lo pensé dos veces. Salimos a la calle, donde el smog se mezclaba con el olor a elotes asados de un puesto ambulante. Caminamos hombro con hombro, su brazo rozando el mío, enviando chispas. En el café, pedimos mezcal artesanal —porque en México, hasta las pláticas espirituales van con trago—. Nos sentamos en una mesita íntima, iluminada por velitas que olían a vainilla y pecado.

—Cuéntame de tu pasión —le pedí, lamiendo el borde salado del vaso, mis ojos clavados en los suyos.

Oswald se inclinó, su aliento cálido con notas de mezcal rozando mi oreja. —Es un fuego que no se apaga, Karla. Cada alma es un tesoro, un cuerpo esperando ser tocado por la luz. Pero a veces... esa pasión se confunde con algo más terrenal.

Su mano cubrió la mía, dedos fuertes entrelazándose. Sentí el pulso acelerado en su muñeca, latiendo al ritmo del mío. Hablamos horas, de la vida en México, de mis sueños de ser diseñadora, de sus viajes predicando. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como tormenta en el desierto. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía, su dedo trazando el borde de mi vaso— avivaba el calor entre mis muslos.

Este pendejo me tiene mojadita sin siquiera intentarlo, pensé, apretando las piernas. Él lo notaba, sus pupilas dilatadas, la nuez de Adán subiendo y bajando.

—Ven a mi hotel —murmuró al fin, voz ronca—. Quiero mostrarte más de mi pasión por las almas.

Asentí, el deseo nublándome el juicio. Subimos en ascensor, solos, el espejo reflejando nuestros cuerpos ansiosos. No aguanté: lo besé contra la pared, mis labios devorando los suyos, saboreando mezcal y hombre. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con urgencia consentida.

Sí, carnal, hazme tuya —jadeé, mientras él me cargaba como si no pesara nada.

En su suite, con vista a los rascacielos iluminados, nos desnudamos con prisa. La habitación olía a sábanas frescas y su colonia amaderada. Su cuerpo era un templo: pectorales duros, abdomen marcado, y esa verga gruesa, erecta, palpitando por mí. Yo me recargué en la cama king size, abriendo las piernas, mi panocha depilada brillando de jugos.

Él se arrodilló, ojos devorándome. —Eres un alma preciosa, Karla. Déjame adorarte.

Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con devoción, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mi placer rebotando en las paredes. Olía a sexo, a mi excitación dulce y salada mezclada con su sudor. Sus dedos entraron, curvándose, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Qué chingón es este gringo!

Lo jalé al colchón, montándolo como vaquera en rodeo. Su verga me llenó, estirándome delicioso, cada embestida mandando ondas de placer por mi cuerpo. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, pechos rebotando contra su pecho velludo. Él gruñía en inglés y español, manos amasando mis nalgas.

Más fuerte, Oswald, dame toda tu pasión —supliqué, cabalgando salvaje, mis uñas clavándose en sus hombros.

Cambiamos posiciones, él encima, follándome profundo, lento al principio, construyendo el fuego. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, el slap-slap de carne contra carne, mis jugos chorreando. Me besaba el cuello, mordisqueando, dejando marcas que mañana dolerían rico. El orgasmo llegó como avalancha: grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de él, leche caliente salpicando.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, el aire pesado con olor a semen y éxtasis.

Después, enredados en las sábanas revueltas, fumamos un cigarro —porque en México, el post-sexo pide nicotina—. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse.

—Tu Oswald Smith pasión por las almas es contagiosa, ¿sabes? —le dije, acariciando su cabello revuelto.

—Y tú has salvado la mía esta noche —respondió, besando mi ombligo.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con Reforma despertando allá abajo. No fue solo sexo; fue una conexión de almas, ardiente y profunda. Salí de ahí con las piernas flojas, pero el alma plena, sabiendo que su pasión me había tocado hasta el fondo. Y quién sabe, tal vez regrese por más sermones privados.

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