Como Recuperar La Pasion
Me senté en la cama con el teléfono en la mano, el cuarto iluminado solo por la luz tenue de la lámpara de noche. El aire olía a lavanda de las sábanas recién lavadas, pero nada podía tapar el vacío que sentía en el pecho. Marco y yo llevábamos diez años casados, y la chispa se había apagado como vela en el viento. Neta, cada noche era lo mismo: él llegaba cansado del jale en la oficina, un beso rápido en la frente y a dormir. Yo, Ana, de treinta y cinco, con curvas que todavía volvían locos a los weyes en la calle, me sentía invisible en mi propia casa. ¿Cómo recuperar la pasión? Tecleé eso en Google esa tarde, y las respuestas fueron un chorro de consejos cursis: cenas románticas, masajes, juguetes. Pero yo quería algo real, algo que nos prendiera de nuevo como en aquellos días en la playa de Cancún, cuando no podíamos quitarnos las manos de encima.
Escuché la llave en la puerta principal, el sonido familiar que me ponía los nervios de punta. Era él, mi Marco, alto, moreno, con esa barba de tres días que me gustaba tanto raspar con los labios. Se quitó los zapatos en la sala, el eco retumbando en el piso de madera de nuestro depa en Polanco. Olía a ciudad: smog mezclado con su colonia favorita, esa que me hacía agua la boca. Me levanté despacio, me quité la bata de seda roja que acababa de ponerme, quedándome solo en unas tanguitas negras y un brasier que apretaba mis chichis justito para que se vieran perfectas. Mírame, cabrón, pensé, mientras me peinaba el cabello negro largo con los dedos.
—¿Ana? ¿Estás despierta, mi reina? —dijo desde el pasillo, su voz ronca por el día largo.
—Pásale, amor. Te extraño —respondí, suave, como si no pasara nada.
Entró al cuarto, y sus ojos se abrieron como platos al verme recargada en la cabecera, las piernas cruzadas, la piel brillando bajo la luz amarilla. Se quedó parado, la camisa desabotonada a medias mostrando ese pecho velludo que tanto me gustaba morder.
—Órale, ¿qué onda? ¿Todo bien? —preguntó, pero ya se le notaba el bultito en los pantalones.
Me acerqué gateando por la cama, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. El olor de su sudor fresco me golpeó, mezclado con el cuero de su cinturón. Le puse las manos en el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la tela.
Esto es cómo recuperar la pasión, paso uno: sorpréndelo con tu cuerpo
—Ven, mi rey. Siéntate conmigo —le susurré al oído, mi aliento caliente rozándole la oreja.
Acto uno: la chispa. Nos besamos despacio al principio, sus labios secos por el día se humedecieron con los míos, saboreando a menta de su chicle. Sus manos grandes me agarraron la cintura, apretando la carne suave, y un gemido se me escapó cuando sus dedos se clavaron en mis caderas. ¡Qué rico se siente esto después de tanto tiempo! Lo empujé suave hacia atrás, desabotonándole la camisa con dientes, oliendo su piel salada. Lamí su cuello, bajando por el pecho, mordisqueando un pezón oscuro hasta que jadeó.
—Ana, neta, ¿qué te picó? —rió bajito, pero su verga ya estaba dura como piedra contra mi muslo.
—Shh, déjame cuidarte —le dije, bajándole el zipper con lentitud, el sonido metálico rompiendo el silencio. Saqué su pinga gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La piel ardía, el glande brilloso de anticipación. La besé en la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y me enredaba los dedos en el pelo.
Pero no quería acabar ahí. Quería que ardiera lento. Lo monté a horcajadas, frotando mi panocha mojada contra él a través de la tanga. Sentía mi humedad empapando la tela, el calor de su verga presionando mi clítoris hinchado. Nuestros jadeos llenaban el cuarto, el aire espeso con olor a sexo naciente: almizcle, sudor, mi perfume dulce.
Acto dos: la escalada. Lo volteé, poniéndome de rodillas en la cama, el culo en pompa hacia él. —Cógeme como antes, Marco. Hazme tuya —le rogué, arqueando la espalda. Él no se hizo de rogar. Se quitó la ropa rápido, su cuerpo desnudo chocando contra el mío. Sus manos me abrieron las nalgas, el aire fresco rozando mi concha expuesta, chorreando. Lamí los labios cuando sentí su lengua ahí, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios hinchados con hambre. ¡Ay, wey, qué chido! Grité cuando metió dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteo de mi jugo, sus labios sorbiendo, mis gemidos roncos.
Me volteó de nuevo, mirándome a los ojos con esa intensidad que había extrañado. —Eres mi mamacita, Ana. Siempre lo serás —murmuró, posicionando su verga en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, el llenado completo que me hacía arquear. Empezó a bombear, lento al principio, sus pelotas golpeando mi culo suave. Agarré las sábanas, oliendo el sexo nuestro, el sudor goteando de su frente a mis chichis.
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Aceleró, el catre chirriando, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Me senté encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros. ¡Más fuerte, pendejo! Le grité juguetona, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, su verga golpeando profundo. El orgasmo me agarró de sorpresa, un tsunami desde el clítoris al cerebro: espasmos, gritos ahogados, mi concha apretándolo como puño. Él no paró, prolongándolo, hasta que rugió y se vino adentro, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.
Acto tres: el resplandor. Colapsamos jadeando, enredados en sábanas revueltas, el cuarto oliendo a semen, sudor y victoria. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente húmeda, saboreando sal.
—¿Qué fue eso, amor? Neta, me volaste la cabeza —dijo riendo, trazando círculos en mi vientre.
—Solo recordé cómo recuperar la pasión, mi vida. Mañana repetimos —le guiñé, sintiendo su verga semi-dura contra mi pierna.
Nos quedamos así, piel con piel, el silencio roto solo por nuestras respiraciones sincronizadas. Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí, en nuestra cama, la llama ardía de nuevo. Mañana probaría más trucos: tal vez un baño con espuma, o esa lencería que compré en línea. Pero esta noche, sabíamos que el fuego no se apagaría fácil. La pasión recuperada, más fuerte que nunca, lista para noches infinitas.