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Consuelo Pasión y Poder

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Consuelo Pasión y Poder

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Laura, acababa de salir de una junta eterna en mi oficina de Reforma, con el cuerpo tenso por el estrés de manejar mi propia empresa de diseño. Treinta y cinco años, soltera de nuevo después de que mi ex, ese pendejo infiel, me dejara hecha trizas. Caminaba por las calles iluminadas, el olor a tacos al pastor flotando desde un puesto cercano, cuando lo vi. Javier. Alto, moreno, con esa mirada que te atraviesa como un rayo. Estaba afuera de un bar chido, fumando un puro con esa pose de hombre que sabe lo que quiere.

Órale, güey, ¿vienes a conquistar la noche o qué? —le dije, con una sonrisa juguetona, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago.

Él se giró, sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas ceñidas por el vestido rojo que me hacía sentir como una diosa. —Y tú, mamacita, pareces necesitar un poco de consuelo, ¿no? —respondió con voz grave, como ronroneo de jaguar.

Entramos al bar, el sonido de salsa llenando el aire, cuerpos moviéndose al ritmo. Pedí un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, el ardor bajando por mi garganta como fuego líquido. Hablamos de todo: de mi imperio de modas, de su compañía de bienes raíces que dominaba el skyline de la ciudad. Pero debajo de las palabras, había tensión. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, un toque casual que enviaba chispas por mi piel.

Este hombre tiene poder, neta, el tipo de poder que me hace mojarme solo con mirarlo
, pensé, mientras su mano rozaba mi muslo, subiendo despacio.

La primera copa se convirtió en tres, risas mezcladas con miradas que prometían más. —Vamos a mi penthouse, está cerca —murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a tequila y hombre. Asentí, el deseo ya latiendo entre mis piernas como un tambor.

Acto de escalada. El elevador subía en silencio, solo nosotros dos. Javier me acorraló contra la pared de espejos, sus manos grandes en mi cintura, apretándome contra su pecho duro. Olía a colonia cara, a sudor fresco, a deseo puro. —Dime que quieres esto, Laura —susurró, sus labios rozando mi cuello, enviando escalofríos por mi espina.

—Sí, cabrón, te quiero. Muéstrame tu pasión —gemí, mis uñas clavándose en su camisa.

Entramos al penthouse, vistas panorámicas de la ciudad brillando como diamantes. Me quitó el vestido con urgencia controlada, sus dedos trazando mis hombros, bajando por mi espalda hasta desabrochar el bra. Mis pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada hambrienta. Qué chido se siente esto, pensé, mientras él se arrodillaba, besando mi ombligo, bajando más. Su lengua lamió el encaje de mis panties, el olor de mi excitación llenando el aire. Lo empujé al sofá de piel, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través del pantalón.

Nos besamos con furia, lenguas enredadas, sabor a tequila y saliva dulce. Le arranqué la camisa, mis manos explorando su torso musculoso, vello oscuro que picaba delicioso contra mis palmas. —Eres fuego, Laura —gruñó, volteándome para ponerme de rodillas en el suelo mullido. Sus manos en mi culo, amasándolo, separando mis nalgas. Sentí su aliento caliente allí, luego su lengua, lamiendo mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

Necesito esto, consuelo en su pasión, su poder dominándome sin romperme
.

El jadeo mío se mezclaba con sus gruñidos, el sonido húmedo de su boca devorándome. Mis jugos corrían por sus labios, el sabor salado que él chupaba con avidez. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, piernas flojas, gritando su nombre como oración.

Pero no paró. Me levantó como si no pesara nada —su poder físico me volvía loca— y me llevó a la cama king size, sábanas de satén negro. Me tendió boca arriba, abriéndome las piernas con gentileza feroz. Se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. —Mírame, nena. Esto es para ti —dijo, frotándola contra mi entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a moverse, lento al principio, salidas y entradas profundas que rozaban mi punto G. El slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos, olor a sexo crudo impregnando la habitación. Aceleró, sus caderas chocando, bolas golpeando mi culo. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordisqueando pezones, dolor placer mezclado.

—Más fuerte, Javier, dale con todo —supliqué, mis uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas. Él obedeció, embistiéndome como animal, pero siempre chequeando mis ojos, asegurándose de mi placer.

Esto es empoderador, su poder me da el mío, pasión que cura
. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, sintiendo su grosor masajeando adentro. Él abajo, manos en mis pechos, pellizcando, guiándome. El orgasmo nos golpeó juntos, yo gritando, él rugiendo, chorros calientes llenándome, mi crema mezclándose, goteando por sus bolas.

Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones agitadas calmándose. Su mano acariciaba mi cabello, besos suaves en mi frente. —Eso fue consuelo pasión y poder, ¿verdad? —murmuró, riendo bajito.

Asentí, acurrucada en su pecho, el latido de su corazón como tambor suave. La ciudad afuera seguía brillando, pero adentro, yo me sentía completa. No era solo sexo; era renacer. Mañana volvería a mi mundo de juntas y diseños, pero con esta noche grabada en la piel, en el alma. Neta, qué chingón.

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