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Final del Diario de una Pasion

7011 palabras

Final del Diario de una Pasion

Querido diario, hoy escribo estas líneas con el corazón latiéndome a mil por hora, como si cada palabra fuera un suspiro ahogado. Ha pasado un año desde que empecé este cuaderno, testigo mudo de esta pasión que me consume. Miguel, ese cabrón tan chingón con ojos color café y sonrisa de diablo, entró en mi vida como un huracán en plena Ciudad de México. Yo, Ana, treintañera con curvas que no me avergüenzo de presumir, lo conocí en un bar de Polanco, rodeados de luces neón y música ranchera moderna. Esa noche, su mano rozó la mía al pedir un tequila, y sentí un chispazo que me recorrió la espina dorsal. Desde entonces, hemos sido amantes en secreto, follando como animales en su depa de la Roma, oliendo a jazmín de su jardín y sudor fresco.

Pero esta noche es diferente. Me mandó un mensaje: "Ven, nena. Hoy terminamos lo que empezamos. Sin promesas, solo nosotros." Sé que es el final del diario de una pasión, porque mañana se va a Guadalajara por trabajo, y yo no lo detendré. No hay dramas, solo deseo puro, ese que te hace mojar las bragas con solo pensarlo. Me pongo mi vestido negro ajustado, sin calzones, el aire fresco de la noche besando mi piel expuesta mientras manejo mi Jetta por Insurgentes. El tráfico es un desmadre, cláxones y olor a taquitos de la esquina, pero mi mente está en él, imaginando su verga dura presionando contra mí.

¿Por qué duele tanto saber que es la última vez? Porque esta pasión no es solo carne, es alma, wey. Cada caricia suya me hace sentir viva, deseada, como si fuera la única pinche mujer en el mundo.

Llego a su puerta, el corazón retumbándome en los oídos. Toco el timbre, y él abre, shirtless, con jeans colgando bajos en las caderas, ese V marcado que me vuelve loca. "¡Qué buena estás, Ana!" dice con esa voz ronca, jalándome adentro. Su boca captura la mía al instante, beso salvaje, lenguas enredadas con sabor a cerveza y menta. Huele a su colonia barata pero adictiva, mezcla con el aroma de su piel tostada por el sol. Sus manos grandes recorren mi espalda, bajan a mis nalgas, apretando fuerte mientras me empuja contra la pared. Gimo bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela delgada.

Acto primero: el fuego se enciende. Nos separamos un segundo, jadeantes. "Te extrañé, carnala", murmura, mordisqueando mi cuello. Ese mordisco suave envía ondas de calor directo a mi panocha, que ya palpita húmeda. Lo miro a los ojos, oscuros y llenos de lujuria. "Muéstrame cuánto", le reto, tirando de su cinturón. Se ríe, ese sonido grave que vibra en mi pecho, y me carga como si no pesara nada hacia el sillón de cuero negro. El aire está cargado, ventilador zumbando perezoso, luces tenues pintando sombras en su torso musculoso.

Me sienta a horcajadas sobre él, frotándome contra la bultaca en sus jeans. Siento su dureza crecer, presionando justo donde lo necesito. Desabrocho su bragueta despacio, torturándolo, oliendo el almizcle de su excitación. Saco su verga, gruesa y venosa, latiendo en mi mano. "Mmm, qué chingona está", digo, lamiendo la punta, salada y caliente. Él gruñe, enredando dedos en mi pelo. La chupo hondo, garganta relajada por práctica, saliva resbalando, sus caderas empujando suave. El sonido húmedo llena la habitación, mezclado con sus gemidos: "¡Así, nena, trágatela toda!". Mi clítoris late impaciente, jugos empapando mis muslos.

Pero no lo dejo acabar aún. Me levanto, quito el vestido de un tirón, quedando desnuda, tetas firmes balanceándose. Él se lame los labios, ojos devorándome. "Ven acá, déjame comerte esa conchita". Me acuesta en el sillón, rodillas abiertas, su aliento caliente en mi monte de Venus. Lengüetazo largo, desde el ano hasta el botón, sabor mío salado-dulce en su lengua. Grito, arqueando la espalda, piel erizándose. Chupa mi clítoris como experto, dedos adentro curvándose en mi punto G, chapoteo obsceno. ¡Dios, qué rico! Cada roce es fuego líquido, mi cuerpo tiembla, orillas del abismo acercándose.

Esta es la tensión que amamos, el borde del placer donde el alma se rinde. ¿Por qué las pasiones más intensas tienen fecha de caducidad?

Acto segundo: la escalada imparable. No aguanto más. "Cógeme ya, Miguel, métemela", suplico, voz ronca. Él se para, condón puesto en segundos –siempre responsable, el pendejo–, y me voltea boca abajo en el sillón. Sus manos en mis caderas, verga rozando mi entrada resbaladiza. Empuja despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, plenitud que duele rico. Empieza a bombear, lento, profundo, cada embestida chocando pelvis contra nalgas, plaf plaf rítmico. Sudor perla su pecho, gotea en mi espalda, salado al lamerlo.

Acelera, salvaje ahora, jalándome el pelo suave, oreja en mi oído: "Eres mía esta noche, Ana, solo mía". Gruño afirmando, empujando hacia atrás, panocha apretándolo como guante. Cambio de posición, yo encima, cabalgándolo duro. Sus manos amasan mis tetas, pellizcando pezones, placer rayo directo al coño. Reboto, verga golpeando profundo, mis jugos chorreando por sus bolas. Olor a sexo puro, almizcle animal, pieles chocando resbalosas. Siento cada vena suya pulsando dentro, mi interior contrayéndose, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Él se tensa debajo, "Me vengo, nena", y eso me lanza. Exploto primero, grito ahogado, paredes convulsionando alrededor de su verga, olas y olas de éxtasis puro, visión borrosa, cuerpo temblando incontrolable. Él ruge, llenando el condón con chorros calientes que siento palpitar. Colapso sobre su pecho, corazones galopando al unísono, respiraciones entrecortadas. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, sabor a nosotros.

Acto tercero: el eco del paraíso. Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando, jabón espumoso en curvas y músculos. Sus manos me enjabonan tierno, besos en hombros. "Gracias por esta pasión, Ana. Fue chido todo", dice, voz suave. Asiento, lágrimas mezcladas con agua, no de tristeza, sino de plenitud. Salimos envueltos en toallas, nos vestimos lento, prolongando el momento. En la puerta, abrazo largo, su olor impregnado en mí.

Vuelvo a casa, piernas flojas, panocha sensible latiendo aún. Abro el diario por última vez, pluma temblorosa.

Este es el final del diario de una pasión. Miguel se fue, pero se lleva pedazos de mí, y yo de él. No hay arrepentimientos, solo gratitud por noches de fuego que iluminaron mi piel y alma. Adiós, amor fugaz. Qué padre haber ardido juntos.

cierro el cuaderno, sonrisa en labios, lista para lo que venga. La pasión no muere, solo cambia de forma.

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