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Historia Real Del Diario De Una Pasion

6934 palabras

Historia Real Del Diario De Una Pasion

Querido diario, hoy saqué del cajón ese cuaderno viejo que guardaba como un secreto ardiente. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Las páginas amarillentas me transportan directo a esa historia real de diario de una pasion que viví hace unos años en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Neta, cada letra revive el calor de su piel contra la mía, el pulso acelerado y ese deseo que me consumía. Voy a contártelo todo, como si fuera ayer, porque esta pasión no se apaga con el tiempo.

Era un viernes de verano, de esos que el aire se siente pesado con el olor a jacarandas y tacos al pastor de la esquina. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la oficina, con el jefe echándome broncas por cualquier pendejada. Decidí ir a una fiesta en un rooftop de la colonia, uno de esos lugares chidos con luces neón y música electrónica que te hace mover las caderas sin pensarlo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita, con el escote justo para que los ojos se quedaran pegados.

Allí lo vi: Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quiero". Estaba recargado en la barandilla, con una chela en la mano, platicando con unos cuates. Nuestras miradas se cruzaron y órale, sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar. Me acerqué al bar por un margarita helado, y él se acercó, oliendo a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad. "Qué buena onda que viniste, wey", me dijo, pero su voz grave me erizó la piel. Charlamos de todo: de la pinche vida en el DF, de cómo el tráfico nos vuelve locos, de sueños que no cumplimos. Cada risa suya me hacía apretar los muslos, sintiendo ya la humedad entre mis piernas.

La noche avanzaba, la música retumbaba en el pecho como un corazón desbocado. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, rozando apenas mi nalga. Qué rico se siente su calor, pensé, mientras su aliento cálido me rozaba el cuello. "Me traes loco, Ana", murmuró, y yo solo atiné a morder mi labio, con el pulso latiendo en mis venas como tambores. No aguantamos más; salimos de ahí tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos hasta su depa en la Roma, riendo como pendejos, pero con esa tensión que se palpa en el aire, espesa como el humo de los cigarros electrónicos que fumábamos de vez en cuando.

Diario, en ese momento supe que esta iba a ser la historia real de mi diario de una pasión que no olvidaría. Su mirada me desnudaba, y yo quería que lo hiciera de una vez.

Llegamos a su departamento, un lugar minimalista con ventanales enormes que dejaban ver las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Sus manos grandes exploraban mi cuerpo, subiendo por mis muslos, arrugando el vestido hasta dejarlo en el piso. Yo le quité la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis dedos, el olor salado de su sudor fresco mezclándose con su colonia. "Eres una chingona", gruñó, mientras yo bajaba la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, palpitante, que se erguía orgullosa.

Nos movimos al sofá, él de rodillas frente a mí, separando mis piernas con delicadeza. Su lengua trazó un camino ardiente por mi interior, lamiendo mi panocha ya empapada. No mames, qué placer, gemí en voz alta, mis manos enredadas en su cabello negro, el sonido de mis jadeos mezclándose con el zumbido del aire acondicionado. Saboreaba mi propia excitación en su boca cuando me besó después, salado y dulce a la vez. Yo lo empujé hacia atrás, queriendo devolverle el favor. Tomé su verga en mi mano, sintiendo su calor y grosor, la vena latiendo contra mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, chupándola con hambre mientras él gemía "¡Ay, cabrona, qué rica mamada!". Su cadera se movía instintivamente, follándome la boca con cuidado, pero con esa urgencia que nos volvía locos.

La tensión crecía como una tormenta. Me levantó en brazos, fuerte y seguro, y me llevó a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, las sábanas frescas contra mi espalda desnuda. Se colocó encima, su cuerpo cubriéndome, piel con piel, sudor perlando nuestros cuerpos. "Dime si quieres parar", susurró, y yo negué con la cabeza, arañando su espalda. "Cógeme, Javier, neta te necesito". Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. Qué chingón se siente, el estiramiento delicioso, su verga rozando ese punto dentro que me hacía arquear la espalda. Empezó a moverse, primero lento, profundo, cada embestida enviando ondas de placer por mi cuerpo. El sonido de nuestros cuerpos chocando, piel húmeda contra piel, los gemidos ahogados, el olor a sexo impregnando el aire.

Aceleró el ritmo, mis uñas clavándose en sus nalgas, guiándolo más adentro. "¡Más fuerte, pendejo!", le pedí, y él obedeció, follándome con pasión salvaje pero siempre atento a mis ojos, asegurándose de que fuera puro gozo. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como una reina, mis tetas rebotando con cada movimiento, sus manos amasándolas, pellizcando mis pezones duros. Sentía su verga palpitando dentro, mi clítoris rozando su pubis, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. "Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió, y eso me llevó al borde. Explosé primero, mi panocha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer recorriéndome, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Él se corrió segundos después, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía en lo más profundo.

Caímos exhaustos, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún latía como loco. El silencio de la noche solo roto por nuestras respiraciones calmándose. "Eso fue la neta, wey", dijo riendo bajito, y yo lo besé en la frente, oliendo su cabello revuelto. Nos quedamos así horas, platicando de la vida, de pasiones pasadas, sin presiones. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con otro beso lento, prometiendo vernos pronto. Pero la vida en el DF es un desmadre, y aunque nos vimos unas veces más, esa noche fue el pico de nuestra pasión.

Diario, esta historia real de diario de una pasión me enseñó que el deseo verdadero no necesita promesas eternas, solo entrega total en el momento. Aún siento su eco en mi piel, y sonrío al recordarlo.

Hoy, años después, con un café en la mano y el bullicio de la ciudad abajo, cierro este diario sabiendo que viví algo puro, consensual y ardiente. Gracias por guardarlo todo, viejo amigo. La pasión no muere; solo espera su turno para volver.

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