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Pasión Deportiva Oaxaca Desatada

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Pasión Deportiva Oaxaca Desatada

El estadio en el corazón de Oaxaca bullía de vida esa noche calurosa de verano. Tú, con la camiseta ajustada de Pasión Deportiva Oaxaca pegada al cuerpo por el sudor, gritabas con la garganta ronca cada canasta. El aroma a elotes asados y chelas frías flotaba en el aire, mezclado con el olor terroso del gimnasio viejo. Tus ojos no se despegaban de él: Marco, el alero estrella del equipo, con esos músculos bronceados brillando bajo las luces fluorescentes, saltando como un gato montés cada vez que robaba el balón. Neta, cada vez que anotaba, sentías un cosquilleo en el estómago, como si esa pasión deportiva Oaxaca te encendiera por dentro.

El partido terminaba con un triple final que hacía explotar la multitud. Tú aplaudías de pie, el corazón latiéndote a mil, cuando lo viste bajar de la cancha, secándose el sudor con la toalla. Sus ojos oscuros te barrieron, y joder, se detuvieron en ti. Sonrió, esa sonrisa pícara que decían las chavas del foro de fans, y caminó directo hacia las gradas.

¿Será para mí? No mames, qué chido si sí
, pensabas mientras te alisabas la falda corta sin darte cuenta.

—Órale, güeyita, ¿vienes siempre a verme jugar? —te dijo al llegar, con voz grave y juguetona, extendiendo la mano grande y callosa para chocar los cinco.

Tú reíste, sintiendo el calor de su palma contra la tuya, áspera por las horas de entrenamiento. —Neta que sí, carnal. La Pasión Deportiva Oaxaca me tiene loca. Tú eres el mero mero.

Así empezó todo. Él te invitó a las chelas post-partido en el bar de la esquina, un antro humilde con mesas de madera y cumbia rebajada sonando bajito. El aire olía a tequila y limón, y sus risas se mezclaban con el ruido de vasos chocando. Marco te contaba anécdotas del equipo, cómo habían ganado el torneo regional, y tú sentías su rodilla rozar la tuya bajo la mesa, un roce casual que mandaba chispas por tu piel. Cada sorbo de tu michelada refrescaba tu garganta seca, pero no apagaba el fuego que crecía en tu vientre.

La noche avanzaba, y la plática se ponía más íntima. —Sabes, esas curvas tuyas distraen más que el defensa rival —te soltó, mirándote fijo, con los ojos brillando como brasas.

Tú sentiste el rubor subirte a las mejillas, pero le devolviste la mirada. Está cañón, neta. Quiero tocarlo. —Y tú, pendejo, con ese cuerpo de atleta, ¿cómo esperas que una chava se concentre en el juego?

Él se acercó más, su aliento cálido con sabor a cerveza rozando tu oreja. —Ven, vamos a mi depa. Vivo cerca, y la pasión deportiva no se queda en la cancha.

No lo pensaste dos veces. Salieron tomados de la mano, el viento nocturno de Oaxaca acariciando vuestras pieles húmedas. Su departamento era modesto, en un edificio viejo del centro, con vistas a las luces de la ciudad y el eco lejano de mariachis. Apenas cerraron la puerta, sus labios encontraron los tuyos. Beso hambriento, con sabor a sal del sudor y dulzor de deseo. Sus manos grandes te recorrieron la espalda, bajando hasta apretar tus nalgas con fuerza juguetona.

Tú gemiste contra su boca, el sonido ahogado por su lengua explorando la tuya. Qué rico sabe, como a victoria y a hombre. Lo empujaste hacia el sofá, quitándole la playera empapada. Su pecho ancho, marcado por horas de pesas, olía a jabón rudo y macho puro. Tus uñas arañaron suavemente su piel, sintiendo los músculos tensarse bajo tus dedos.

—Estás mojada ya, ¿verdad, preciosa? —murmuró él, deslizando la mano por tu muslo, subiendo la falda hasta rozar tu ropa interior empapada.

—Neta que sí, Marco. Me traes de la chingada —respondiste, jadeando, mientras le desabrochabas el short. Su verga saltó libre, dura y gruesa, latiendo con el pulso acelerado. La tocaste, piel suave sobre acero, y él gruñó bajo, un sonido animal que te erizó la piel.

Se levantaron, tropezando entre risas y besos, hacia la recámara. La cama king size crujió bajo vuestro peso. Él te desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello, donde lamía el sudor salado; los pechos, chupando los pezones hasta ponértelos duros como piedras; el ombligo, mordisqueando juguetón. Tú arqueabas la espalda, el aire fresco de un ventilador viejo contrastando con el calor de su boca.

Esto es mejor que cualquier canasta ganadora
.

Marco se arrodilló entre tus piernas, separándolas con manos firmes pero tiernas. Su aliento caliente te llegó primero, haciendo que tus caderas se alzaran solas. Luego su lengua, plana y húmeda, lamió tu clítoris con lentitud tortuosa. Saboreó tus jugos, gimiendo como si fuera el mejor pozole de Oaxaca. Tú agarraste sus cabellos negros, tirando suave, mientras olas de placer te recorrían: calor líquido subiendo por las piernas, explotando en el pecho. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con tus gemidos cada vez más altos.

—No aguanto más, güey —suplicó él, subiendo para posicionarse. Tú asentiste, guiándolo con la mano. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono, piel contra piel sudada, el olor a sexo impregnando la habitación.

Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, como un entrenamiento previo. Sus embestidas profundas te rozaban justo ahí, el punto que te hacía ver estrellas. Tú clavaste las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él amaba. —Más fuerte, carnal, dame todo —le pediste, y él obedeció, acelerando, la cama golpeando la pared con thuds rítmicos.

El clímax se acercaba como un overtime decisivo. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él gruñía tu nombre —o mejor dicho, "mi fan chingona"—. El sudor goteaba de su frente a tu pecho, salado en tu lengua cuando lo lamiste. La tensión creció, espirales de placer enredándose: el roce de su pubis contra tu clítoris, el slap slap de carne contra carne, sus bolas golpeando suaves.

Explotaste primero, un orgasmo que te sacudió entera, gritando como en el estadio pero mil veces más intenso. Olas y olas, contrayéndote alrededor de él, jugos chorreando. Marco te siguió segundos después, hinchándose dentro, llenándote con chorros calientes que sentiste pulsar. Colapsó sobre ti, pesados y satisfechos, respiraciones entrecortadas sincronizándose.

Se quedaron así un rato, enredados, el ventilador secando el sudor lento. Él besó tu sien, suave ahora. —Qué chido fue eso, ¿no? La Pasión Deportiva Oaxaca tiene sus fans más calientes.

Tú reíste bajito, acariciando su cabello. Neta, esto no termina aquí. La noche de Oaxaca seguía viva afuera, pero dentro, el afterglow era perfecto: pieles pegajosas, corazones calmándose, promesas mudas de más partidos, más pasión.

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