Entre el Odio y la Pasión Dragonfly
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas, entraste al bar esa noche con el vestido rojo ceñido que sabías que lo volvería loco. O al menos, eso esperabas. Javier, ese pendejo arrogante con ojos de fuego y sonrisa de diablo, estaba ahí, recargado en la barra con un tequila en la mano. Lo odiabas desde la uni, cuando te robó el proyecto que te habría hecho brillar. Cada vez que lo veías, el estómago se te revolvía de rabia pura. Pero neta, también de algo más, algo que negabas con uñas y dientes.
Él te vio de inmediato. Sus ojos te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el tatuaje de libélula que asomaba en tu hombro, ese dragonfly que te hiciste en un viaje a Tulum para recordarte que podías volar alto, lejos de cabrones como él. "Órale, miren quién llegó, la Dragonfly", soltó con esa voz ronca que te erizaba la piel, aunque no quisieras. Te acercaste, fingiendo desdén, pidiendo un margarita con sal. El aire olía a cítricos y humo de cigarros caros, la música ranchera fusionada con reggaetón retumbaba en tus huesos.
"¿Qué chingados haces aquí, Javier? ¿No tienes a otra a quien joder?", le espetaste, el corazón latiéndote como tambor. Él se rio, ese sonido grave que vibraba en tu pecho. "Vine por ti, carnala. Entre el odio y la pasión, Dragonfly, siempre hay un paso". Sus palabras te golpearon como un trago de mezcal, quemando por dentro. ¿Cómo se atrevía? Pero tus pezones se endurecieron bajo la tela, traicionándote.
La noche avanzaba entre pullas y miradas que duraban demasiado. Bailaron sin querer, sus cuerpos chocando en la pista abarrotada. Sentiste el calor de su piel a través de la camisa, el sudor salado que perlaba su cuello, oliendo a hombre y a colonia cara. Tus manos en su cintura, las suyas en tus caderas, apretando justo donde dolía de tanto deseo reprimido. "Eres una pinche víbora", murmuraste contra su oreja, mordiéndotela sin querer. Él gruñó, su aliento caliente en tu cuello: "Y tú mi veneno favorito".
¿Por qué carajos me excita tanto este wey? Lo odio, lo odio, pero su toque me quema viva. Entre el odio y la pasión, Dragonfly, susurro en mi mente, como si el tatuaje cobrara vida.
Salieron tambaleándose al callejón trasero, el ruido de la ciudad amortiguado por las paredes grafiteadas. La luna iluminaba su rostro, sombras jugando en sus pómulos afilados. Te empujó contra la pared, no con fuerza, sino con esa urgencia mutua que ninguno admitía. "Dime que pares", jadeó, sus labios rozando los tuyos. No lo hiciste. En cambio, lo jalaste por la nuca, besándolo con furia, dientes chocando, lenguas enredándose como serpientes. Sabía a tequila y a rabia dulce, su barba raspando tu piel sensible.
Sus manos bajaron por tu espalda, amasando tus nalgas con avidez. Gemiste cuando sus dedos se colaron bajo el vestido, encontrando tu tanga empapada. "Estás chorreando por mí, Dragonfly", ronroneó, voz espesa de lujuria. Metió dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, el sonido húmedo de tu excitación mezclándose con vuestras respiraciones agitadas. Tus uñas se clavaron en sus hombros, oliendo su aroma almizclado, ese olor a macho en celo que te volvía loca.
Lo empujaste al suelo, el pavimento áspero contra tus rodillas, pero no importaba. Desabrochas su pantalón, liberando su verga dura, palpitante, venosa. La tomas en la boca, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con hambre mientras él maldecía en voz baja: "¡No mames, qué rica boca!". Sus caderas se movían, follando tu garganta con cuidado, pero intenso. El viento fresco lamía tu piel expuesta, contrastando con el calor de su miembro.
Te levantó como si no pesaras, volteándote contra la pared. Bajó tu vestido, exponiendo tus tetas, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro. Mordiscos suaves que enviaban descargas a tu clítoris hinchado. "Te voy a coger hasta que grites mi nombre", prometió, y lo cumplió. Se hundió en ti de un solo empujón, llenándote por completo, estirándote deliciosamente. El roce de su piel contra la tuya, sudor mezclándose, era eléctrico. Embestía lento al principio, cada entrada un tormento placentero, sus bolas golpeando tu culo con palmadas húmedas.
Acababas de acelerar, tus paredes apretándolo, ordeñándolo. "Más fuerte, cabrón", exigiste, y él obedeció, follando como animal, el sonido de carne contra carne ahogando el tráfico lejano. Tus gemidos subían de tono, el orgasmo construyéndose como ola imparable. Sentiste sus dientes en tu hombro, cerca del dragonfly, marcándote. "Entre el odio y la pasión, Dragonfly, esto es nuestro", gruñó, y eso te lanzó al abismo. Explotaste alrededor de él, chorros de placer empapando sus muslos, el mundo disolviéndose en chispas blancas.
No paró. Siguió martillando, prolongando tu clímax hasta que lágrimas de éxtasis rodaron por tus mejillas. Finalmente, se tensó, rugiendo tu nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes pintando tus entrañas. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando en el afterglow. Su semen goteaba por tus piernas, mezclándose con tu propia humedad, olor almizclado flotando en el aire nocturno.
Se apartó despacio, besándote la frente, un gesto tierno que contrastaba con la ferocidad de antes. "No te odio, Ana. Nunca lo hice", confesó, voz suave. Tú, aún jadeante, trazaste el contorno de su mandíbula. "Yo tampoco, wey. Solo tenía miedo de esto". Se rieron bajito, el odio evaporado como humo. Caminaron de regreso al bar, manos entrelazadas, el dragonfly en tu piel ahora símbolo de algo nuevo: pasión pura, sin barreras.
Desde esa noche, cada encuentro era fuego renovado. En su depa en la Roma, con velas de vainilla perfumando el aire, o en la playa de Puerto Vallarta, arena pegándose a pieles sudadas. Siempre entre el odio fingido y la pasión real, Dragonfly guiándonos. Neta, la vida se sentía chida por primera vez en años.