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La Pasion de Cristo Prohibida

7566 palabras

La Pasion de Cristo Prohibida

En el pueblo de San Cristóbal, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Yo, Rosa, era la elegida para interpretar a María Magdalena en la obra de La Pasión de Cristo. Cada año, el escenario en la plaza principal se convertía en un calvario vivo, con actores locales que sudaban bajo las luces improvisadas y el sol abrasador de abril. Pero este año era diferente. Él, Alejandro, el wey que hacía de Jesús, tenía unos ojos cafés profundos que me taladraban el alma, y un cuerpo moreno, marcado por horas en el gimnasio, que hacía que mi concha se humedeciera solo de verlo ensayar.

El primer día de ensayos, el director nos juntó para la escena del ungüento. Yo tenía que arrodillarme ante él, untarle los pies con aceite perfumado, mientras el coro cantaba salmos.

"¡Órale, Rosa, ponle sentimiento! ¡Que se sienta la devoción pecadora!", gritó el director.
Me acerqué, el olor a tierra húmeda y flores de bugambilia flotando en el aire. Sus pies descalzos, fuertes y callosos, tocaron mis manos temblorosas. El aceite era tibio, resbaloso, y al masajearlo, sentí su piel áspera contra la mía, un calor que subía por mis muslos como fuego lento. Lo miré de abajo arriba, su túnica ceñida marcando el bulto de su verga semierecta. Neta, ¿por qué me moja tanto esto? pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.

Alejandro me sonrió, una sonrisa pícara que no pegaba con el Cristo sufriente. "Gracias, Magdalena", murmuró, su voz grave retumbando en mi pecho. Después del ensayo, nos quedamos solos recogiendo props. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre, y el viento traía olor a tortillas recién hechas de las casas vecinas. "Oye, Rosa, ¿sales después? Hay una posada chida con chelas", me dijo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su aroma masculino, mezcla de sudor salado y jabón de coco, me invadió las fosas nasales. "Simón, wey, no hay pedo", respondí, fingiendo desinterés, pero mi clítoris ya palpitaba de anticipación.

En la posada, bajo luces tenues y rancheras de fondo, la tensión creció. Bebimos chelas frías que saboreaban a limón y sal, riendo de los chistes del director. Pero sus rodillas se rozaban bajo la mesa, enviando chispas eléctricas por mi piel. Es la pasión de Cristo prohibida, la que no se dice en misa, me repetía en la cabeza, recordando las pláticas de mi abuelita sobre pecados de la carne. Alejandro me tomó la mano cuando salimos, su palma cálida y áspera envolviendo la mía. Caminamos por callejones empedrados, el eco de nuestros pasos mezclándose con grillos y perros lejanos. "Rosa, desde que te vi en el ensayo... no sé, me prendes", confesó, deteniéndose bajo un farol. Sus labios, carnosos y húmedos, rozaron mi oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo.

Acto segundo: la escalada

Al día siguiente, en el ensayo nocturno, la iglesia estaba vacía, solo velas parpadeando y el eco de nuestras voces. Era la escena de la traición en el huerto. Yo, como Magdalena, tenía que consolarlo en su agonía. "Padre, perdónalos", recitaba él de rodillas, su espalda ancha arqueada, músculos tensos brillando con sudor bajo la luz de las velas. Me acerqué por detrás, mis manos en sus hombros, sintiendo el latido acelerado de su corazón a través de la tela fina. El olor a cera quemada y su piel sudada me mareaba. "Cristo, tu pasión me quema", improvisé, mi voz ronca, y él giró, sus ojos clavados en los míos como clavos en la cruz.

Nos besamos allí mismo, un beso prohibido que sabía a pecado dulce. Sus labios suaves pero urgentes devoraron los míos, su lengua explorando mi boca con hambre de lobos en ayuno. Gemí bajito, mis tetas apretándose contra su pecho firme, pezones endurecidos rozando la túnica. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo con fuerza, dedos hundiéndose en la carne blanda.

"¡No mames, Rosa, qué rico te sientes!"
susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando ondas de placer hasta mi entrepierna. Me empapaba, el jugo de mi concha chorreando por mis muslos, el aire cargado de nuestro aroma almizclado.

Nos escabullimos a la sacristía, puerta cerrada con seguro. La habitación olía a madera vieja y vino de misa. Lo empujé contra la mesa, arrancándole la túnica. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza roja brillante de precum que olía salado y tentador. "Chúpamela, Magdalena pecadora", ordenó juguetón, y yo me arrodillé, fiel a mi rol. La tomé en la boca, saboreando la piel suave y el gusto salobre, mi lengua lamiendo las vetas mientras él gemía, manos enredadas en mi pelo. Su pulso acelerado en mi lengua, su calor llenándome la garganta... esto es la pasión prohibida, pensé, mientras succionaba más profundo, mis jugos empapando mis panties.

Me levantó, volteándome contra la mesa. Bajó mis jeans y tanga de un jalón, el aire fresco besando mi coño expuesto, hinchado y listo. Sus dedos exploraron mis labios húmedos, frotando el clítoris en círculos lentos que me hacían jadear. "Estás chingona de mojada, mamacita", gruñó, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos contra mi punto G. El sonido chapoteante de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados. Lamí sus dedos después, probando mi propio sabor dulce y ácido, mientras él me penetraba con la verga de un embiste suave pero profundo.

¡Ay, Dios! Su grosor me estiraba deliciosamente, llenándome hasta el fondo, cada vena rozando mis paredes sensibles. Embestía lento al principio, sus bolas peludas golpeando mi clítoris, el slap-slap rítmico como un tambor azteca. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, olores de sexo crudo impregnando el aire. "Más fuerte, Cristo mío, fóllame como a la pecadora", le rogué, arqueando la espalda. Aceleró, sus manos en mis caderas tatuando moretones de placer, mi concha contrayéndose alrededor de él en espasmos previos al orgasmo.

Acto tercero: la redención carnal

Cambié de posición, montándolo en una silla antigua. Sus manos amasaban mis tetas grandes, pellizcando pezones oscuros hasta que dolió rico. Rebotaba sobre su verga, sintiendo cada centímetro saliendo y entrando, mi clítoris frotándose contra su pubis piloso. El clímax llegó como un terremoto, mi cuerpo temblando, concha apretando su polla en oleadas que me dejaron gritando bajito: "¡Sí, cabrón, me vengo!" Chorros de mi squirt mojaron sus bolas, el piso, todo cálido y pegajoso.

Él se vino segundos después, gruñendo como animal, su leche caliente inundándome, gotas escapando por mis muslos. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegadas por sudor y fluidos. Me besó la frente, suave ahora, como un amante verdadero. "Rosa, esto fue... la pasión de Cristo prohibida, pero neta valió la pena", murmuró, riendo bajito.

Nos vestimos en silencio, el eco de campanas lejanas marcando la medianoche. Salimos de la iglesia tomados de la mano, el aire fresco secando nuestro sudor. En mi casa, bajo sábanas frescas oliendo a lavanda, reflexioné en la cama sola. ¿Pecado? ¿O salvación? Su aroma aún en mi piel, el dolor placentero entre mis piernas recordándome la noche. Al día siguiente, en el ensayo, nos miramos con complicidad, la tensión transformada en fuego latente. La obra continuó, pero nuestra pasión prohibida ardía en secreto, prometiendo más noches de éxtasis redentor.

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