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Pasiones Ardientes de los Actores de la Novela El Color de la Pasion

6235 palabras

Pasiones Ardientes de los Actores de la Novela El Color de la Pasion

El calor de Guadalajara me envolvía como un amante posesivo esa tarde en el set de El Color de la Pasión. Las luces de los reflectores quemaban mi piel morena, y el sudor perlaba mi escote bajo el vestido ajustado de mi personaje, Amalia. Yo era Brenda, una de las actrices principales, y frente a mí estaba Álvaro, el galán que interpretaba a Esteban, con esa mirada de ojos verdes que hacía derretir a las fans. Como actores de la novela El Color de la Pasión, habíamos fingido besos y abrazos mil veces, pero hoy algo se sentía diferente. Su mano en mi cintura durante el ensayo previo había lingered un segundo de más, enviando chispas por mi espina dorsal.

Órale, Brenda, no seas pendeja, es solo el trabajo
, me dije mientras el director gritaba ¡Acción!. Nuestros labios se rozaron en la escena, pero esta vez su lengua rozó la mía con una audacia que no estaba en el guion. Sentí su aliento cálido, con un toque de menta y café, y mi cuerpo traicionero respondió con un pulso acelerado entre las piernas. El olor a su colonia, terrosa y masculina, me invadió las fosas nasales, mezclándose con el aroma a maquillaje y cables calientes del set.

Cuando el director yelló ¡Corte!, nos separamos jadeantes. Álvaro me miró con una sonrisa lobuna. —Estás cañón hoy, Brenda. ¿Vamos por un cafecito después? Su voz ronca, con ese acento chilango que me ponía los vellos de punta. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. ¿Qué chingados me pasa? Esto es profesionalismo, ¿no?

En el camerino, me quité el vestido con manos temblorosas. El espejo reflejaba mis curvas, pechos firmes y caderas anchas que volvían locos a los actores de la novela El Color de la Pasión en los chismes de pasillo. Me puse un short jean y una blusa escotada, sintiendo el roce fresco de la tela contra mi piel aún caliente. Álvaro llegó puntual, con jeans que marcaban su paquete de forma indecente y una playera que se pegaba a sus pectorales sudorosos.

Salimos al estacionamiento del foro, el sol del atardecer tiñendo todo de rojo pasión. Subimos a su camioneta, el cuero de los asientos crujiendo bajo nosotros. El motor rugió, y mientras manejaba por las calles empedradas, su mano rozó mi muslo. —No aguanto más verte así, wey. Desde la primera lectura de guion te quiero comer viva. Su confesión me dejó sin aliento. Mi concha se humedeció al instante, un calor líquido que empapaba mis panties.

Acto dos: la escalada. Llegamos a su depa en la colonia Americana, un lugar chido con vistas a la catedral. Apenas cerramos la puerta, sus labios atacaron los míos. Beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a deseo puro. Sus manos grandes subieron por mi blusa, amasando mis tetas con rudeza juguetona. —Qué ricas, mamacita, siempre quise mamarlas, gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Gemí, el sonido ecoando en el pasillo, mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa.

Lo empujé al sofá, el aroma a su sudor fresco llenándome la nariz. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con una gota perlada en la punta. La olí, almizcle varonil que me mareaba. —Métetela, Brenda, chúpamela como en tus sueños, jadeó. Lamí desde la base, lengua plana saboreando la sal de su piel, hasta tragar la cabeza hinchada. Él gimió, ¡Ay, cabrón, qué chida boca!, enredando dedos en mi pelo negro.

Mi mente era un torbellino:

Esto es real, no ficción. Álvaro, el pinche galán de la novela, me está cogiendo la boca como si fuera suya
. El sonido de su respiración agitada, los jadeos guturales, me excitaban más. Me empiné, quitándome la blusa. Él succionó mis pezones duros como piedras, tirando con dientes hasta que grité de placer-dolor. Sus dedos bajaron a mi short, colándose dentro. —Estás empapada, puta rica, dijo, frotando mi clítoris hinchado. Dos dedos entraron en mi panocha resbaladiza, curvándose para golpear ese punto que me hacía arquear.

La tensión crecía como tormenta. Lo monté, piel contra piel resbalosa de sudor. Su verga rozó mi entrada, gruesa y caliente. —Cógeme ya, Álvaro, no me hagas rogar. Despacio al principio, centímetro a centímetro, me llenó hasta el fondo. El estiramiento ardiente me arrancó un alarido. Cabalgamos, mis caderas girando, tetas rebotando contra su pecho. El slap-slap de carne contra carne, el squelch húmedo de mi jugo, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en calor.

—Más duro, wey, rómpeme, supliqué, mientras él me volteaba boca abajo en el sofá. Desde atrás, embestidas brutales, su vientre peludo contra mis nalgas. Una mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo.

Esto es mejor que cualquier rating de la novela
, pensé, el orgasmo construyéndose como volcán. Grité su nombre cuando exploté, paredes convulsionando alrededor de su pija, chorros calientes mojando sus muslos.

Él no paró, prolongando mi placer hasta que rugió, ¡Me vengo, carajo!, llenándome con chorros espesos y calientes. Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow era dulce: su beso en mi sien, el sabor salado en mis labios.

Acto tres: el cierre. Despertamos enredados en sábanas revueltas, el sol filtrándose por las cortinas. Álvaro me miró con ternura. —No fue solo un polvo, Brenda. Los actores de la novela El Color de la Pasión como nosotros merecemos esto en la vida real. Reí bajito, trazando su pecho con uñas. —Pues órale, hagamos secuela todos los días.

Salimos a desayunar tamales y atole, manos entrelazadas bajo la mesa. El mundo fuera seguía, pero dentro de mí ardía un fuego nuevo, pasión real que superaba cualquier guion. En el set al día siguiente, nuestros besos fingidos cargaban verdad, y las miradas cómplices prometían más noches de éxtasis. La novela era color, pero nuestra historia era fuego vivo.

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