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La Ermita Yucatan Abismo de Pasion

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La Ermita Yucatan Abismo de Pasion

El sol de La Ermita, Yucatán, me quemaba la piel como un beso ardiente mientras bajaba del camión destartalado. Hacía meses que no sentía esa libertad salvaje, ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos y despierta algo primitivo adentro. Yo, Ana, una chilanga harta de la ciudad, había venido buscando paz en este rincón olvidado, pero La Ermita Yucatán abismo de pasion ya me susurraba secretos desde el primer instante. El aire olía a tierra mojada y flores silvestres, y el zumbido de las chicharras era como un latido acelerado.

Me hospedé en una posada chiquita, con hamacas en el patio y el sonido del mar lejano rompiendo contra las rocas. Esa tarde, mientras caminaba por la plaza polvorienta, lo vi. Javier, con su piel morena brillando bajo el sol, cargando un saco de cocos en la espalda. Era alto, musculoso, con ojos negros que prometían tormentas.

¿Qué carajos me pasa? Solo vine a desconectarme, no a babear por un wey local.
Me sonrió, dientes blancos relampagueando, y se acercó con ese andar felino de los yucatecos.

¿Primera vez por acá, mamacita? —dijo con voz ronca, oliendo a sal y sudor fresco.

Le contesté con una risa nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Charlamos un rato; él era pescador, conocía cada rincón de La Ermita. Me invitó a un balche fresco en el puestito de la esquina. El licor de miel y corteza sagrada me soltó la lengua, y pronto estábamos riendo como viejos compas. Sus manos grandes rozaban las mías al pasarme el vaso, y cada roce era electricidad pura. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de naranja y rosa, me propuso:

—Ven mañana al amanecer. Te llevo al abismo de pasion, un cenote escondido que solo los locales conocemos. Ahí el agua es tan clara que ves el alma de la tierra.

No pude decir que no. Esa noche, en mi hamaca, el calor me tenía revuelta. Me toqué pensando en él, en su boca carnosa, en cómo sus dedos podrían explorarme. Neta, Ana, contrólate, me dije, pero el deseo ardía como chile habanero.

Al día siguiente, antes de que saliera el sol, Javier me esperaba en su moto vieja. El viento nos azotaba mientras corríamos por caminos de sacbe cubiertos de vegetación. El olor a selva húmeda, a hojas podridas y jazmín salvaje, me embriagaba. Llegamos al borde del cenote: un abismo perfecto, paredes de piedra caliza cayendo verticales unos veinte metros hasta un pozo de agua turquesa que brillaba como un ojo de diosa maya. El silencio era roto solo por el goteo lejano y el canto de aves tropicales.

—Es el corazón de La Ermita Yucatán, el abismo de pasion —murmuró, quitándose la camiseta. Su torso esculpido por el trabajo diario relucía con gotas de sudor—. Baja conmigo.

Me desvestí temblando de anticipación, quedando en ropa interior. La cuerda áspera raspaba mis palmas mientras descendíamos, su cuerpo presionado contra el mío en el estrecho paso. Su aliento caliente en mi cuello olía a menta y mar. Tocamos el agua: fresca, sedosa, envolviéndonos como una caricia líquida. Nadamos hasta el centro, donde el fondo era un vacío azul profundo. Nos miramos, el vapor subiendo de nuestros cuerpos calientes.

—Eres preciosa, Ana —dijo, acercándose. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, luego urgentes. El beso sabía a sal y deseo reprimido. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría. Lo dejé caer al agua, mis pechos libres flotando en la superficie.

¡Dios, qué chingón se siente esto! Libre, viva, deseada.

El agua nos mecía mientras sus dedos trazaban mi piel, del cuello a los muslos. Gemí bajito cuando tocó mi sexo por encima de la tela húmeda. —Tranquila, mi reina, susurró, mordisqueando mi oreja. Me quitó las bragas con delicadeza, y yo hice lo mismo con su short. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en la mano, sintiendo su calor contrastando con el agua fría. Era gruesa, perfecta, y él gruñó de placer.

Nos besamos más hondo, lenguas danzando como serpientes en celo. Lo empujé contra la pared rocosa del cenote, el musgo suave bajo sus nalgas. Bajé besando su pecho, lamiendo el agua salada de su piel, hasta arrodillarme en el agua poco profunda. Su verga frente a mi rostro, oliendo a hombre puro. La lamí desde la base, saboreando la piel tensa, hasta meterla en mi boca. Javier jadeó, manos en mi pelo: —¡Órale, qué rico chupas, pendeja deliciosa! Chupé más fuerte, sintiendo su pulso acelerado en mi lengua, el agua chapoteando a nuestro alrededor.

Me levantó, girándome contra la roca. Sus dedos exploraron mi concha, húmeda no solo por el cenote. —Estás chorreando, mi amor —dijo, introduciendo dos dedos, curvándolos justo ahí. Gemí alto, el eco rebotando en el abismo. Me masturbó lento, luego rápido, mi clítoris hinchado rogando más. —Te quiero dentro, le rogué, voz ronca.

Me penetró de una embestida suave, llenándome por completo. El agua nos salpicaba con cada thrust, su pelvis chocando contra mi culo. El sonido era obsceno: chapoteos, jadeos, carne contra carne. Olía a sexo crudo, a sudor mezclado con el mineral del cenote. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.

Esto es el paraíso, el verdadero abismo de pasion en La Ermita Yucatán.
Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el agua, mis caderas girando, su verga golpeando profundo. Él lamía mis pechos, mordiendo suave, enviando chispas por mi espina.

La tensión crecía como tormenta maya. Sentía mi orgasmo venir, un nudo apretándose en el vientre. —Vente conmigo, le dije, acelerando. Él gruñó: —¡Sí, mi vida, córrete! Exploté primero, un grito primal escapando mientras mi concha lo ordeñaba, olas de placer sacudiéndome. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con su leche espesa. Nos quedamos unidos, temblando, el agua calmándose a nuestro ritmo.

Salimos del cenote exhaustos, felices. Subimos la cuerda riendo, cuerpos marcados por rasguños leves y mordidas. En la selva, bajo un ramón gigante, nos vestimos lento, besándonos perezosos. El sol ya calentaba fuerte, pájaros cantando victoria.

—Vuelve cuando quieras, Ana. Este abismo de pasion es tuyo —dijo Javier, ojos brillando.

Regresé a la posada flotando, el cuerpo adolorido pero vivo. La Ermita, Yucatán, me había cambiado. No era solo un escape; era un renacer en el corazón de la pasión. Esa noche soñé con el cenote, con su piel contra la mía, sabiendo que volvería. El deseo no se apaga; solo espera el próximo abismo.

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