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Pasión en Varios Idiomas

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Pasión en Varios Idiomas

La noche en el Centro Histórico de la Ciudad de México bullía como siempre, con el aroma a tacos al pastor flotando en el aire y el eco de mariachis retumbando desde la Plaza Garibaldi. Ana, una chilanga de veintiocho años con curvas que volvían locos a los morros del barrio, entró al bar El Nivel con ganas de desquitarse del pinche trabajo en la agencia de publicidad. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis firmes y sus nalgas redondas, el cabello suelto cayendo como cascada sobre sus hombros morenos.

Allí lo vio: Javier, un español de treinta y tantos, alto, con ojos verdes que brillaban bajo las luces neón y una barba recortada que invitaba a rozarla con los labios. Estaba solo en la barra, pidiendo un tequila reposado en un inglés fluido que hacía que la mesera sonriera coqueta. Ana se acercó, sintiendo ya ese cosquilleo en el vientre, esa calentura que le subía por las piernas.

—¡Hola, guapo! ¿Te puedo invitar una chela? —dijo ella en su español mexicano puro, con esa voz ronca que usaba para los ligues.

Él se giró, sonriendo con dientes perfectos. —Hello, beautiful. O mejor, bonjour, ma chérie. Soy Javier, de Madrid, pero hablo varios idiomas. ¿Tú?

Ana rió, el sonido burbujeante mezclándose con la música de cumbia rebajada. —Ana, neta que me traes loca con eso de los idiomas. Yo nomás mexicano, pero ¡aprende a decir 'pendejo' en francés!

La charla fluyó como el tequila: él contó de sus viajes por Europa, susurrando frases en italiano que sonaban como caricias.

«¡Dios, este vato habla como si me estuviera follando con las palabras!»
pensó ella, mientras su piel se erizaba al oírlo decir ti amo en italiano, aunque no era para ella... aún. El aire del bar olía a sudor fresco, tabaco y su perfume amaderado que le llegaba directo al clítoris. Sus rodillas se rozaron bajo la barra, un toque eléctrico que la hizo morderse el labio.

Salieron a la calle empedrada, el viento fresco de la medianoche lamiendo sus piernas desnudas. Javier la tomó de la mano, entrelazando dedos calientes. —Quiero besarte, murmuró en inglés, y ella respondió con un ¡Bésame, cabrón! en español. Sus labios chocaron en la esquina oscura, lenguas danzando salvajes: el sabor salado de su saliva mezclada con tequila, el roce áspero de su barba contra su mejilla suave. Ana jadeó, sintiendo su verga endurecerse contra su vientre. ¡Qué chingón!

La tensión crecía con cada paso hacia su departamento en la Colonia Roma, un loft chido con vistas al skyline. Adentro, la luz tenue de las velas que ella siempre prendía para ambientar. Javier la empujó contra la pared, besándola el cuello mientras desabrochaba su vestido. —Tu piel huele a jazmín y deseo, gruñí en francés, ta peau sent le jasmin et le désir. Ana tembló, sus pezones endureciéndose al aire, rozados por sus dedos ágiles.

—¡Quítate la playera, pinche español! —exigió ella, arrancándosela. Su pecho ancho, velludo justo lo necesario, olía a hombre: sudor limpio, colonia y algo más primal. Lo besó allí, lamiendo un pezón salado, mientras él gemía en italiano: «Oh, cazzo, sí, cosí». Sus manos bajaron a su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba caliente en su palma.

«¡Neta, está como piedra! Me muero por sentirla adentro.»

La llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra su espalda ardiente. Se desvistieron mutuamente con urgencia juguetona: ella quitándole los boxers, él deslizando su tanga negra por sus muslos carnosos. Desnudos, piel con piel, el calor de sus cuerpos se fundió. Javier besó su ombligo, bajando lento, torturándola con la lengua. El olor de su coño mojado llenó la habitación: almizcle dulce, invitador. ¡Chupa, cabrón, chupa bien rico! suplicó ella, arqueándose.

Su lengua experta la exploró, lamiendo los labios hinchados, chupando el clítoris con succión perfecta. Ana gritó, uñas clavándose en su cabello: «Yes, fuck, oui, sí!» imitando sus idiomas, la pasión en varios idiomas encendiendo todo. El sonido chupeteo húmedo, sus gemidos roncos en francés —je te veux tellement—, la volvían loca. Orgasmo primerizo la sacudió: olas de placer desde el coño hasta la nuca, jugos calientes empapando su boca.

No pararon. Ella lo empujó boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, estirándola delicioso, llenándola hasta el fondo. ¡Qué vergota, Javier! ¡Te cojo yo ahora! Cabalgó ritmado, chichis rebotando, sudor perlando su piel morena. Él agarró sus nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano apretado para más placer. Hablaba sin parar: I love your pussy, amore mio, ta chatte est divine. Cada idioma era un afrodisíaco, acelerando su pulso, haciendo que su coño se contrajera alrededor de él.

Cambiaron posiciones: perrito contra la cabecera, él embistiéndola fuerte, huevos golpeando su clítoris. El cuarto olía a sexo puro: fluidos, sudor, esencia de ellos dos. Ana volteó la cara: —Dime que me quieres en todos tus idiomas, pendejo! —¡Te amo, je t'aime, I love you, ti amo! gritó él, acelerando. Ella sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el roce ardiente llevándola al borde otra vez.

La intensidad subía:

«¡Esta pasion en varios idiomas me está matando de gusto! Nunca había sentido algo así, como si cada palabra me follara el alma.»
pensó Ana, mientras él la volteaba misionero, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo. Besos feroces, lenguas enredadas, mordidas en hombros. Sus cuerpos chocaban con palmadas húmedas, gemidos en coro multilingüe: ¡Sí! Yes! Oui! Sí!

El clímax llegó como tormenta: Javier se tensó, gruñendo vengo, me corro en español mezclado con italino. Ana explotó con él, coño ordeñándolo, chorros calientes llenándola. Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa de sudor y semen. El silencio post-orgasmo roto solo por sus respiraciones agitadas, el aroma almizclado envolviéndolos como niebla.

Abrazados, Javier acarició su espalda, besándole la frente. —Esto fue increíble, Ana. Pasión en varios idiomas... nunca lo había vivido así.

Ella sonrió, lamiendo el sudor de su cuello. —Neta, cabrón, me dejaste temblando. ¡Vuelve mañana y traes más idiomas!

En la penumbra, con la ciudad zumbando afuera, Ana cerró los ojos, saboreando el eco de placer en su cuerpo. Esa noche había sido más que sexo: una sinfonía de lenguas y cuerpos, un fuego que ardería en su memoria para siempre.

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