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Pasión de Gavilanes Capítulo 25 Fuego Prohibido

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Pasión de Gavilanes Capítulo 25 Fuego Prohibido

La noche caía suave sobre la ciudad de México, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, estaba recargada en el sofá de mi departamento en Polanco, con las luces bajas y el aire acondicionado zumbando bajito. Frente a mí, la tele transmitía Pasión de Gavilanes capítulo 25, esa novela que me tenía enganchada como chicle en la suela del zapato. Los hermanos Reyes, con sus miradas de fuego y venganza, siempre me ponían la piel chinita. Pero esa noche, no estaba sola. Juan, mi carnal reciente, mi chulo de ojos verdes y brazos tatuados, se había colado en mi casa con una botella de tequila reposado y esa sonrisa pícara que me derretía.

"Órale, Ana, ¿ya viste cómo le entra a la Sarita esa? Pura pasión de gavilanes", murmuró Juan, acercándose más, su pierna rozando la mía. El olor de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la tarde, me invadió las fosas nasales. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando a todo lo que daban. En la pantalla, los amantes se miraban con odio y deseo, y yo no pude evitar imaginarme en ese mismo torbellino.

¿Por qué carajos este pendejo me pone así? Si apenas nos conocemos hace un mes, pero cada vez que me roza, siento que me quema viva.

El capítulo avanzaba, con música ranchera de fondo, trompetas y guitarras que aceleraban el pulso. Juan sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue. "Salud por la pasión de gavilanes capítulo 25", brindó, chocando su vaso contra el mío. El tequila bajó ardiente por mi garganta, despertando sabores ahumados y un calor que se extendía hasta mi entrepierna. Nuestras manos se tocaron al dejar los vasos, y él no las soltó. Sus dedos, callosos de tanto trabajar en la construcción, masajearon los míos con lentitud tortuosa.

"¿Sabes qué, güey? Esa escena me recuerda a nosotros", le dije, mi voz saliendo ronca, como si el deseo ya me estrangulara. Él se rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho. Se inclinó, su aliento caliente contra mi oreja. "Tú eres mi gavilana, Ana. Salvaje y ardiente". Sus labios rozaron mi lóbulo, enviando chispas por mi espina dorsal. El roce fue eléctrico, piel contra piel, suave como terciopelo pero con la promesa de tormenta.

Apagué la tele con el control remoto, dejando que el silencio de la noche nos envolviera, roto solo por el tráfico lejano y nuestros respiraciones agitadas. Juan me jaló hacia él, sus manos grandes abarcando mi cintura. Sentí la dureza de su pecho contra mis tetas, el latido de su corazón galopando como caballo desbocado. "Te quiero ahorita, ricura", gruñó, y yo respondí arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda a través de la playera.

Acto primero: la chispa. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo. Saboreé el tequila en su boca, salado y dulce, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando mi falda corta. El aire se llenó del aroma de nuestra excitación, ese musk almizclado que hace que las piernas tiemblen. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente.

Me tumbó con gentileza, pero sus ojos eran puro fuego. Se quitó la playera, revelando un torso esculpido, músculos tensos brillando con un leve sudor. "Mírame, Ana. Esto es para ti". Yo me desvestí despacio, provocándolo, dejando que viera mis curvas, mis pezones endurecidos rogando atención. Él se acercó gateando, besando mi ombligo, bajando más. Su lengua trazó senderos húmedos por mi vientre, hasta llegar a mi concha, ya empapada.

Ay, Diosito, qué rico se siente su boca. Me va a volver loca este cabrón.

Su aliento caliente me erizó la piel, y cuando lamió mi clítoris, gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Chupaba con maestría, succionando suave luego fuerte, sus dedos abriéndose paso dentro de mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sabor salado de mi humedad en su lengua, el roce áspero de su barba contra mis muslos internos... todo era una sinfonía de sensaciones. Mis caderas se movían solas, follándome su boca, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta en el horizonte.

Pero no lo dejé acabar ahí. Lo empujé hacia atrás, montándome a horcajadas. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La acaricie despacio, sintiendo su calor, la piel sedosa sobre acero. "Ahora yo mando, pendejo", le dije juguetona, y él rio, manos en mis caderas. La bajé lento, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme, estirándome deliciosamente. El estirón ardía placero, y cuando estuve sentada hasta el fondo, jadeamos juntos.

Acto segundo: la escalada. Cabalgaba con ritmo, mis tetas botando, sudor resbalando por mi espalda. Él las amasaba, pellizcando pezones, enviando descargas directas a mi coño. "¡Qué chingón te sientes, Ana! Apriétame más". Yo aceleré, el slap slap de carne contra carne llenando el cuarto, mezclado con nuestros gemidos roncos. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y embriagador. Cambiamos posiciones; él me puso a cuatro patas, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust.

Sus manos en mi culo, abriéndome, el pulgar rozando mi ano con promesa futura. "Te voy a romper, gavilana mía", gruñó, y yo arqueé la espalda, pidiendo más. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, mientras el clímax se acercaba. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el roce interno building tensión. Mis paredes se contraían, ordeñándolo, y él maldecía en mexicano puro: "¡Me vengo, carajo!".

Es ahora o nunca. Déjate ir, Ana, fóllatelo todo.

El orgasmo nos golpeó como rayo. El mío explotó primero, olas de placer convulsionándome, chillidos escapando mi garganta mientras mi concha chorreaba jugos por sus muslos. Él se hundió una última vez, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, enredados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.

Acto tercero: el resplandor. Yacíamos ahí, el cuarto oliendo a nosotros, a pasión consumada. Juan me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones en mi espalda. "Eso fue mejor que cualquier pasión de gavilanes capítulo 25, ¿verdad?". Reí bajito, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El tequila olvidado en la sala, la novela pausada, pero nuestra historia apenas empezaba.

Me acurruqué más, sintiendo su calor envolviéndome como manta. Esto no es solo cogida, es algo más, pensé, mientras el sueño nos ganaba. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, habíamos encontrado nuestro propio capítulo ardiente. Y qué capítulo, güey. Puro fuego prohibido.

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