Pasion Prohibida Capitulo 87
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas ocultas. Ana se miró en el espejo del baño, ajustándose el escote de su vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como una caricia pecaminosa. Su esposo Carlos estaba en un viaje de negocios en Monterrey, y el departamento vacío resonaba con el eco de su propia respiración acelerada. Hacía semanas que no veía a Marco, su primo político, el hombre que había despertado en ella un fuego que no podía apagar. Neta, ¿qué me pasa? pensó, mientras el aroma de su perfume de jazmín se mezclaba con el leve olor a tequila que había bebido para armarse de valor.
El timbre sonó suave, casi un susurro. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Abrió la puerta y ahí estaba él, Marco, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho, y sus ojos cafés la devoraban sin disimulo. "Buenas noches, prima", dijo con voz ronca, entrando sin esperar invitación. El aire se espesó al instante con su colonia amaderada, esa que siempre la hacía salivar.
"¿Qué haces aquí, wey? Si Carlos se entera...", murmuró ella, pero su cuerpo ya traicionaba sus palabras, acercándose a él como imán. Marco cerró la puerta con el pie y la acorraló contra la pared del pasillo. Sus manos grandes subieron por sus muslos, levantando la falda lentamente.
"Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 87", susurró él en su oído, su aliento caliente rozándole la piel del cuello. "No puedo dejar de pensarte, Ana. Tu concha me tiene loco."Ella gimió bajito, el sonido húmedo de su excitación ya traicionándola entre las piernas.
En la sala, con las luces tenues del skyline de la Ciudad de México filtrándose por las cortinas, se besaron como si el mundo se acabara esa noche. Los labios de Marco eran firmes, con sabor a menta y deseo puro. Ana metió las manos por su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra sus palmas sudorosas. Qué chingón está este carnal, pensó ella, mientras él lamía el lóbulo de su oreja, enviando ondas de placer directo a su clítoris palpitante.
La tensión había empezado meses atrás, en una fiesta familiar en la casa de la abuela en Coyoacán. Allí, entre risas y tacos al pastor, sus miradas se cruzaron y algo se encendió. Marco era el primo soltero de Carlos, el exitoso arquitecto que todas las tías querían para sus hijas. Pero Ana, casada y aparentemente feliz, sentía un vacío que solo él llenaba. Habían empezado con mensajes inocentes: "¿Qué onda?" que derivaron en fotos subidas de tono y encuentros robados en moteles de la Roma. Cada vez era más riesgoso, más adictivo. La familia no lo perdonaría; sería el escándalo del año. Pero esa noche, el riesgo solo avivaba el fuego.
Marco la cargó hasta el sofá, sus brazos fuertes como acero templado. La depositó con cuidado, pero sus ojos ardían con hambre. "Quítate eso, mi amor", ordenó con voz grave, mientras se desabotonaba la camisa. Ana se incorporó, dejando caer el vestido al piso con un shhh suave de tela contra piel. Quedó en lencería roja, sus pechos turgentes subiendo y bajando con cada jadeo. El olor de su propia excitación, almizclado y dulce, llenaba el aire. Marco se arrodilló frente a ella, besando su vientre suave, bajando hasta el borde de las bragas. "¡Qué rica hueles, pinche diosa!"
Con dedos ágiles, las apartó y hundió la lengua en su sexo empapado. Ana arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta. La sensación era eléctrica: la barba incipiente raspando sus muslos internos, la lengua girando alrededor de su clítoris hinchado, chupando con succión perfecta. Sabor a miel y sal, pensó él, mientras ella se retorcía, sus uñas clavándose en el sofá. "¡Marco, sí, así! ¡Chíngame con la boca!", suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su placer creciente. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones, sus jadeos mezclados con el zumbido distante del tráfico en Paseo de la Reforma.
Pero quería más. Lo empujó hacia atrás y se subió a horcajadas sobre él. Sus manos temblorosas desabrocharon su cinturón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando contra su palma. ¡Qué mamalona! El calor de su piel, el olor masculino intenso, la hizo salivar. Se la acercó a la boca, lamiendo la punta perlada de precúm, saboreando su esencia salada. Marco gruñí como animal, sus manos enredándose en su cabello oscuro. "¡Pinche rica, mámamela toda!" Ella obedeció, tragándola hasta la garganta, el sonido de arcadas suaves y succiones llenando la habitación. Sus bolas pesadas contra su barbilla, el pulso acelerado latiendo en su lengua.
La tensión emocional se entretejía con la física.
"A veces pienso en dejarlo todo, Ana. Irnos a Cancún, empezar de cero", confesó él entre jadeos, mientras ella lo montaba despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada envolviéndolo como guante de terciopelo húmedo.Ella se movió arriba y abajo, sus pechos rebotando, sudor brillando en su piel morena. "No podemos, amor. Somos familia... pero ¡qué chido se siente esto!" Cada embestida era un choque de cuerpos: piel contra piel, el plaf plaf rítmico, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sus pezones duros rozaban el pecho de él, enviando chispas de placer. Marco la sujetó por las nalgas, clavándose más profundo, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas.
El clímax se acercaba como tormenta. Ana aceleró el ritmo, sus muslos temblando, el sudor goteando entre sus pechos. Siento su verga hinchándose, va a venir... Marco la volteó de golpe, poniéndola a cuatro patas en el sofá. Entró de nuevo con fuerza, sus caderas chocando contra sus nalgas redondas, el sonido como palmadas en carne jugosa. "¡Te voy a llenar, mi reina!" gritó. Ella se tocó el clítoris, frotándolo furiosamente, el placer acumulándose en espiral. Primero ella: un orgasmo demoledor que la hizo gritar, su concha contrayéndose en espasmos, chorros de jugo empapando los muslos de él. Luego él, gruñendo como león, su semen caliente inundándola en pulsos potentes.
Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. El aroma post-sexo era embriagador: sal, almizcle, jazmín marchito. Marco la besó en la frente, su mano acariciando su espalda perezosamente. "Capítulo 87 completado", bromeó suave. Ana rió bajito, el corazón latiéndole con una mezcla de culpa y euforia. ¿Cuánto tiempo más podremos seguir así?¿Será este el último? Pero en ese momento, envuelta en sus brazos fuertes, no importaba. La pasión prohibida los unía más que cualquier lazo familiar.
Después, bajo la ducha caliente, se enjabonaron mutuamente, risas ahogadas entre besos lentos. El agua caía como lluvia tropical, lavando el pecado pero no el deseo. Salieron envueltos en toallas, compartiendo un tequila en la terraza, con la ciudad brillando a sus pies. "Vuelve pronto", susurró ella al despedirlo en la puerta, un último beso robado que prometía capítulos futuros. Ana cerró la puerta, apoyándose contra ella, sonriendo. La noche había sido perfecta, un secreto ardiente grabado en su piel.