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Pasión Capítulo 56 Fuego en las Venas

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Pasión Capítulo 56 Fuego en las Venas

Ana se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones lejanos. El aire nocturno traía el aroma dulce de las jacarandas que empezaban a florecer, mezclado con el humo tentador de unos tacos al pastor de la esquina. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa, y su piel morena brillaba bajo la luz tenue de las velas que había encendido adentro. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante secreto, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Neta, este cabrón sabe cómo hacerme arder, pensó, mientras daba un sorbo a su tequila reposado, sintiendo el líquido quemarle la garganta como un presagio de lo que vendría.

El sonido de la llave en la cerradura la hizo voltear de golpe. Ahí estaba él, alto, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y unos jeans que marcaban justo lo necesario. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara. "Mi reina, ¿me extrañaste?", murmuró con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando. Se acercó despacio, contoneando las caderas, y lo jaló por la camisa para besarlo. Sus labios se encontraron en un choque húmedo y caliente, saboreando el whisky en su boca, mezclado con el salado de su sudor del tráfico.

Marco la levantó en brazos sin esfuerzo, como si fuera una pluma, y la llevó al sillón de piel. "Estás cañona esta noche, Ana", le dijo al oído, mordisqueándole el lóbulo mientras sus manos subían por sus muslos, rozando la seda de sus medias. Ella jadeó, arqueando la espalda, sintiendo el calor de sus palmas a través de la tela. Esto es pasión capítulo 56 de nuestra historia, pensó ella, recordando todas las noches robadas, cada encuentro que los había unido más. Habían empezado como un ligue en una fiesta en la Condesa, pero ahora era algo profundo, un fuego que no se apagaba.

Se separaron un momento para mirarse, respiraciones agitadas llenando el silencio. "Te tengo tantas ganas, wey", confesó Ana, pasando las uñas por su cuello, dejando rastros rojos que lo hicieron gruñir. Él respondió bajándole el vestido de un tirón, exponiendo sus pechos firmes al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, y Marco los tomó en su boca, chupando con hambre, lamiendo círculos lentos que enviaban descargas eléctricas directo a su entrepierna. Ana gimió, enredando los dedos en su cabello negro revuelto, oliendo su colonia amaderada mezclada con el almizcle de su excitación.

La tensión crecía como una tormenta. Ana lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él, frotando su humedad contra la dureza que palpitaba bajo los jeans. "Quítate eso, pendejo, no aguanto más", le ordenó con voz temblorosa de deseo. Marco obedeció riendo, desabrochándose el cinturón con prisa. Cuando liberó su verga gruesa y venosa, Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía, "Así, mi amor, qué rico se siente". El sonido de su placer era música, un ronroneo grave que la mojaba más.

Pero no querían prisa. Marco la volteó con gentileza, poniéndola de rodillas en el sillón, y le bajó las bragas despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aroma de su arousal lo invadió, dulce y salado, como miel caliente. "Estás empapada, preciosa", susurró, pasando la lengua por sus labios hinchados. Ana se mordió el labio, temblando ante el primer roce, la barba incipiente raspándole los muslos internos. Él lamió con devoción, succionando su clítoris hinchado, metiendo la lengua adentro para saborearla toda. Ella gritó, "¡Sí, cabrón, no pares!", empujando las caderas contra su cara, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto con sus jadeos.

El calor subía, sus cuerpos sudados pegándose. Ana sentía el pulso en sus venas acelerado, el corazón latiéndole en el pecho como un tamborazo en una fiesta de pueblo.

Esto es más que sexo, es nuestra conexión, capítulo 56 de una pasión que no acaba
, reflexionó en su mente nublada por el placer. Marco se incorporó, frotando la punta de su miembro contra su entrada, lubricándola con sus jugos. "¿Estás lista, mi vida?", preguntó, siempre atento, siempre respetuoso. "Sí, métemela ya, por favor", suplicó ella, volteando para verlo a los ojos, esos ojos que prometían éxtasis.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola por completo. Gemeron al unísono, el sonido gutural y animal. Él empezó a moverse, embistes lentos y profundos que la hacían arquearse, tocando ese punto dentro que la volvía loca. Sus manos en sus caderas, apretando la carne suave, dejando marcas rojas de pasión. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con sus alientos entrecortados, el olor a sexo impregnando el aire, espeso y embriagador.

Escalaron juntos. Ana se giró para quedar frente a él, envolviéndolo con las piernas, clavándole las uñas en la espalda. "Más fuerte, Marco, dame todo", exigió, y él obedeció, clavándose con fuerza, sus testículos golpeando su culo. Sudor corría por sus cuerpos, salado en la lengua cuando se besaban, salvajes, dientes chocando. Ella sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, el clítoris rozando su pubis con cada thrust. "Me vengo, wey, ¡me vengo!", gritó, y explotó en espasmos, contrayéndose alrededor de él, leche caliente brotando de su interior.

Marco la siguió segundos después, rugiendo su nombre, "¡Ana, carajo!", mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Se quedaron unidos, temblando, besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El mundo se redujo a sus cuerpos entrelazados, el latido compartido calmándose poco a poco.

Se recostaron en el sillón, ella con la cabeza en su pecho, escuchando el tum-tum de su corazón. El tequila olvidado en la mesa, las velas parpadeando sombras danzantes en las paredes. "Eres lo mejor que me ha pasado, mi amor", murmuró Marco, acariciándole el cabello húmedo. Ana sonrió, trazando círculos en su piel. Pasión capítulo 56, pero habrá más, siempre más. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, en ese nido de sábanas revueltas, habían encontrado su paz ardiente.

Minutos después, se levantaron por agua fresca de la cocina. Ana sintió sus jugos correr por sus muslos, un recordatorio pegajoso y delicioso. Se ducharon juntos bajo el agua caliente, jabón resbalando por curvas y músculos, manos explorando de nuevo con ternura. "Vamos a la cama, que la noche es joven", propuso él, secándola con toques que prometían round dos. Ella rio, "Chido, pero esta vez yo mando".

En la recámara, con sábanas de algodón egipcio y vista a los luces de Reforma, volvieron a enredarse. Esta vez lento, sensual, cuerpos conociéndose como viejos amantes. Marco besó cada peca, cada curva, adorándola. Ana lo montó, controlando el ritmo, subiendo y bajando, sus pechos rebotando hipnóticos. Él la miró embelesado, "Qué chingona eres, Ana". El placer renació, gradual, como un amanecer.

Clímax compartido otra vez, suspiros en vez de gritos, conexión profunda. Después, abrazados, hablaron de sueños: un viaje a la Riviera Maya, tacos en la playa, risas bajo el sol. "Te amo, wey", confesó ella por primera vez. "Yo más, mi reina". El sueño los venció, cuerpos exhaustos pero almas plenas, en el capítulo 56 de una pasión eterna.

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