Meditacion Sensual de la Pasion de Jesus
Me senté en el suelo de mi recámara, con el aire cargado del aroma a incienso y velas de cera derretida que acababa de encender. Era Viernes Santo en la Ciudad de México, y como cada año, me sumergía en la meditacion de la pasion de jesus. El crucifijo de madera colgaba frente a mí, con Jesús clavado, su cuerpo tenso y sudoroso bajo el peso del sufrimiento. Respiré hondo, cerrando los ojos, tratando de concentrarme en las estaciones del vía crucis. Pero esta vez, algo andaba chueco. Mi piel picaba, como si el calor de la tarde se hubiera metido bajo mi blusa ligera de algodón.
¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Debería estar pensando en el látigo azotando su espalda, en las espinas clavándose... pero siento un cosquilleo entre las piernas, un pulso que no para.
Empecé a recitar las oraciones en voz baja, mi voz temblando un poco. "Padre nuestro que estás en los cielos..." Mis manos se posaron en mis muslos, y sin darme cuenta, las apreté, sintiendo la tela de mis panties humedeciéndose. El sonido de la ciudad allá afuera —cláxones lejanos, el grito de un vendedor de elotes— se mezclaba con mi respiración agitada. Imaginé las gotas de sangre resbalando por el pecho de Jesús, cálidas, pegajosas, y de repente, lo vi no como mártir, sino como hombre, fuerte, con músculos que se contraían de puro deseo reprimido.
Me recargué contra la cama, abriendo un poco las piernas. El aire rozaba mi entrepierna, fresco contra el calor que subía desde adentro. Qué pendeja soy, pensé, pero no paré. Mis dedos se colaron bajo la falda, tocando apenas la piel sensible. Un gemido se me escapó, suave como un suspiro.
La puerta se abrió de golpe. Era Javier, mi carnal, mi marido de diez años, con esa sonrisa pícara que siempre me deshace. Venía del trabajo, camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Olía a sudor fresco y colonia barata, ese olor que me enciende como nada.
—Órale, Ana, ¿qué onda aquí? ¿Ya estás en tus meditaciones santas o qué? —dijo, cerrando la puerta con el pie, sus ojos clavados en mis manos traicioneras.
Me sonrojé hasta las orejas, pero no me cubrí. En vez de eso, lo miré fijo, con el corazón latiéndome como tambor en Quincena.
—Ven, güey. Estoy en la meditacion de la pasion de jesus, pero... se me fue de las manos. Siento su sufrimiento en la piel, como si me quemara.
Se acercó despacio, arrodillándose frente a mí. Sus manos grandes tomaron las mías, quitándolas de mi falda con gentileza. El roce de sus callos me erizó la piel.
—Cuéntame, mi reina. ¿Qué sientes?
Acto uno apenas empezaba a complicarse. Javier siempre había sido mi ancla, el que convertía mis locuras en placer compartido. Le conté, entre jadeos, cómo la pasión de Jesús me había despertado algo primitivo, un fuego que no era solo devoción.
Él asintió, serio al principio, pero sus ojos brillaban con esa chispa traviesa. —Yo te ayudo a meditar, carnalita. Déjame ser tu cruz, tu látigo suave.
Me besó el cuello, lento, saboreando el salado de mi sudor. Su lengua trazó la línea de mi clavícula, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito. El incienso se mezclaba con su aroma masculino, embriagador. Sus manos subieron por mis muslos, abriendo la falda como pétalos, exponiendo mi humedad reluciente.
Sus dedos rozan mi panocha, apenas, y ya estoy temblando. ¿Es pecado esto? No mames, se siente como bendición.
La tensión crecía con cada caricia. Javier me quitó la blusa, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamió uno a uno, chupando con hambre, mientras yo enredaba mis dedos en su pelo negro y revuelto. El sonido de su boca succionando era obsceno, húmedo, mezclado con mis ay cabrón susurrados.
Se paró para desvestirse, y yo lo devoré con la vista: su verga tiesa, gruesa, venosa, apuntando a mí como una promesa. Olía a él puro, a deseo crudo. Me jaló hacia la cama, y nos tumbamos, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus caderas se mecían contra las mías, frotando su dureza contra mi clítoris hinchado. Cada roce era eléctrico, un latigazo de placer que me hacía jadear.
—Te voy a follar como se merece esa pasión, Ana —murmuró en mi oído, su aliento caliente haciéndome erizar.
Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, clavando uñas en su espalda ancha. Empezó a moverse, ritmo pausado al principio, como una oración recitada. El colchón crujía bajo nosotros, el aire se llenaba de nuestros olores: almizcle, sexo, incienso sagrado profanado.
La intensidad subía. Javier aceleró, embistiéndome con fuerza, sus bolas chocando contra mi culo en palmadas rítmicas. Yo lo monté después, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, sudor goteando de mi frente a su pecho. Qué rico, pinche Javier, no pares, le rogaba, mientras él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo juguetón en mi ano, explorando.
Esto es la pasión verdadera, no solo sufrimiento. Jesús debe haber sentido esto en su agonía, un éxtasis escondido.
Nos volteamos mil veces, probando posiciones: yo de perrito, él azotándome suave las nalgas, llamándome su santa pecadora. El clímax se acercaba como tormenta. Mis paredes se contraían alrededor de su verga, ordeñándolo. Él gruñía, me vengo, mi amor, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, jugos chorreando por mis muslos, grito ahogado en su hombro.
Javier se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando. Nos quedamos pegados, jadeando, el semen goteando entre nosotros, mezclándose con sudor. El crucifijo nos miraba desde el altar, testigo mudo.
Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Javier me acariciaba el pelo, besándome la sien.
—Fue chingón, ¿verdad? Tu meditación nos llevó al cielo.
Sonreí, satisfecha, el cuerpo lánguido y pleno. La meditacion de la pasion de jesus había sido más que devoción; había sido liberación, unión carnal y espiritual. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, llamando a los fieles. Yo ya había encontrado mi redención, en los brazos de mi hombre, en el fuego de nuestra pasión compartida.