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Canción de la Pasión de Cristo Letra Ardiente

7473 palabras

Canción de la Pasión de Cristo Letra Ardiente

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de San Miguel de Allende, tiñendo de oro las fachadas coloniales y llenando el aire con el dulce aroma de las bugambilias en flor. Yo, Ana, caminaba despacio, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho, porque sabía que él estaría allí, en la plaza principal, participando en la representación de la Pasión de Cristo como cada año. Cristo, mi Cristo, no el de la cruz, sino el carnal, el que me había robado el aliento desde que éramos chavos en la secundaria. Alto, moreno, con esos ojos negros que prometían pecados deliciosos y un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio y el trabajo en la hacienda familiar.

Lo vi desde lejos, vestido con la túnica blanca, la corona de espinas falsa sobre su frente, cargando la cruz de madera. La gente aplaudía, las mujeres suspiraban, pero yo sabía lo que escondía debajo de esa tela áspera. Neta, güey, pensé,

si supieran cómo me chingó la última vez, con esa verga dura como palo de escoba.
Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el vientre, como si mi cuerpo ya recordara su toque. Después de la procesión, me mandó un mensajito: "Ven a la casa, carnala. Trae ganas."

Llegué a su hacienda al atardecer, el portón de hierro se abrió con un chirrido que me erizó la piel. El patio estaba perfumado con jazmín y el sonido lejano de un mariachi practicando en alguna casa vecina. Cristo me esperaba en la sala, ya sin la túnica, en jeans ajustados y playera negra que marcaba sus pectorales. Me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso hambriento, lengua invadiendo, saboreando a tequila y a hombre. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza.

Órale, qué rico, gemí contra sus labios. Nos fuimos tropezando al sofá de cuero, el aire cargado de nuestro deseo. Pero entonces, mientras reíamos, él sacó un librito viejo de un cajón. La canción de la pasión de Cristo letra, leyó en voz alta, con una sonrisa pícara. Era un cuadernillo amarillento que su abuelo había escrito, supuestamente una letra religiosa para cantar en las procesiones, pero con versos que ahora, viéndolos con ojos de adultos cachondos, sonaban a pura lascivia disfrazada de fe.

—Mira esto, Ana —dijo, su voz ronca mientras me sentaba en su regazo, sintiendo su erección presionando contra mi entrepierna—. "En la cruz de mi pecho late el fuego divino, clávame tus espinas, hazme sangrar placer". ¿Qué pedo? ¡Esto es erótico de a madre!

Reí, pero el calor entre mis piernas crecía. Le quité la playera, lamiendo su piel salada, oliendo su sudor masculino mezclado con colonia barata pero excitante. Él recitó más: "Mi cuerpo se ofrece, azótame con tus besos, que el vinagre de tu boca me haga gemir en éxtasis". Cada palabra avivaba el fuego. Mis manos bajaron a su bragueta, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La acaricié despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, el calor que emanaba como lava.

Acto primero de nuestra propia pasión: exploración. Cristo me desvistió con calma, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pezones, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo bajito. El sonido de su respiración agitada, el roce de su barba incipiente en mi vientre, el sabor de su piel cuando lo besé en el cuello... todo me volvía loca.

¿Por qué lo extrañé tanto? Este pendejo me tiene loca, neta.
Me recostó en el sofá, sus dedos hurgando entre mis pliegues húmedos, encontrando mi clítoris hinchado. Jadeé cuando lo rozó, círculos lentos que me hicieron mojar sus dedos.

—Estás chingona de mojada, mi amor —murmuró, lamiendo sus dedos, mirándome con ojos de lobo—. Sabe a miel de maguey.

La tensión subía como la marea en la playa de Puerto Escondido. Leí yo un verso: "Desciende de tu cruz, entra en mi templo, llena mi copa con tu sangre santa". Cristo gruñó, posicionándose entre mis piernas. Rozó su glande contra mi entrada, untándose de mis jugos, pero no entró aún. Jugaba, torturándome con promesas. Mis uñas se clavaron en su espalda, oliendo el almizcle de nuestra excitación que llenaba la habitación. El reloj de pared tic-tacaba, marcando el ritmo de nuestros corazones desbocados.

En el medio del fuego, los recuerdos nos invadieron. Hablamos entre besos, confesando. —Te pienso cuando me pajeo, Ana. Imagino tu culo redondo rebotando en mi verga. —Yo admití: Simón, carnal, cada noche me toco pensando en cómo me llenas. La vulnerabilidad nos unía más, el conflicto interno de saber que nuestras familias no aprobaban —él el "buen hijo", yo la independiente—, pero el deseo ganaba. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, el sonido ecoando en las vigas de madera, mis jugos chorreando por sus manos.

Él se arrodilló, como en la canción, y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua, ávida, lamió mi clítoris, chupando con hambre, metiéndose en mi coño como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. ¡Ay, cabrón! grité, tirando de su pelo, el placer subiendo en oleadas. Olía a sexo puro, a mi excitación dulce y salada, su saliva mezclándose. Me corrí primero, temblando, chorros calientes salpicando su barbilla, el mundo explotando en colores.

Pero no paró. Me volteó, de perrito en el sofá, su verga golpeando mi entrada. —Cántame la canción mientras te cojo, pidió. Obedecí, voz entrecortada: "Clávame tu lanza, Cristo, hazme tuya en la cruz del placer". Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos amasando mis tetas. Sudábamos, piel resbalosa, el aroma a sexo impregnando todo. Iba lento al principio, profundo, dejando que sintiera cada vena, cada pulso.

La intensidad creció. Me jaló el pelo suave, arqueándome, besando mi cuello mientras aceleraba.

Esto es el paraíso, no el cielo de los curas, sino este infierno ardiente.
Grité su nombre, él gruñía "¡Ana, mi puta santa!", palabras sucias que nos encendían más. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sus manos guiándome. Veía su cara de éxtasis, abdominales contraídos, venas del cuello hinchadas. El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, ordeñándolo.

En el final glorioso, explotamos juntos. —¡Córrete conmigo, Cristo! —supliqué. Él rugió, su semen caliente inundándome, chorros potentes que me llevaron al segundo orgasmo, piernas temblando, visión borrosa. Colapsamos, jadeantes, su verga aún dentro, palpitando. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas, el olor a semen y sudor como perfume íntimo. Limpiamos con toallas, riendo bajito.

Tumbados en la cama ahora, con el librito entre nosotros, releímos la canción. Canción de la pasión de Cristo letra, ya no religiosa, sino nuestra himno privado. —Esto es nuestro secreto —dijo, besando mi frente—. La próxima Semana Santa, la cantamos de nuevo, desnudos. Sonreí, el corazón lleno, sabiendo que esta pasión no era pecado, sino vida pura. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rojo, y en sus brazos, me sentí completa, empoderada, deseada.

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