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Janis Chaskin Diario de una Pasion

6952 palabras

Janis Chaskin Diario de una Pasion

Querido diario, hoy empiezo este cuaderno con el corazón latiéndome a mil por hora. Me llamo Janis Chaskin y este va a ser mi diario de una pasión que no puedo contener más. Vivo en la Condesa, en este depa chido con vista al Parque México, donde el aire huele a jazmines y tacos de la esquina. Tengo treinta y dos años, trabajo en una galería de arte en Polanco, rodeada de pinturas que gritan deseo y cuerpos entrelazados. Pero mi vida era pura rutina hasta que llegó él: Alejandro, el vato que me hace sudar con solo una mirada.

Todo empezó hace dos semanas en la inauguración de la expo. Yo andaba de negro ajustado, tacones altos que me hacen sentir reina, el pelo suelto oliendo a vainilla de mi perfume. La galería estaba llena de gente fancy, copas de vino tinto flotando, risas y jazz suave de fondo. De repente, lo vi: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres". Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a colonia fresca y algo más, como tierra mojada después de la lluvia. "¿Arte o excusa para verse?", me dijo, y su voz grave me erizó la piel.

¡Neta, wey! En ese momento sentí un cosquilleo entre las piernas, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.

Charlamos toda la noche. Él es arquitecto, diseña casas minimalistas en la Roma, ama el tequila reposado y bailar salsa en antros clandestinos. Me contó de su viaje a Oaxaca, de los mezcales que queman la garganta y despiertan los sentidos. Yo le hablé de mis pinturas favoritas, las que muestran amantes enredados, piel contra piel. Nuestras manos se rozaron al pasar la copa, y juro que vi chispas. Al despedirnos, me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su aliento cálido contra mi oreja. "Mañana te invito un café", murmuró. Dije que sí sin pensarlo.

Acto primero cerrado, pero la tensión ya ardía. Cada noche desde entonces, me acuesto pensando en él, tocándome suave bajo las sábanas de algodón egipcio, imaginando sus manos grandes explorándome. El deseo crece como la humedad en el aire antes de un tormenta en el DF.

El café fue en un lugar hipster de la Juárez, con mesas de madera y olor a espresso fuerte. Llegué con falda plisada que se levanta con el viento, blusa escotada que deja ver el encaje de mi bra. Alejandro ya estaba ahí, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, barba de tres días que pide ser besada. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, y no las apartamos. Hablamos de todo: de cómo el arte captura el alma, de la ciudad que nos enloquece con su caos, de pasiones reprimidas.

"¿Y tú, Janis? ¿Qué te apasiona de verdad?", preguntó, sus ojos cafés clavados en los míos, como si ya supiera la respuesta. Sentí mi pulso acelerarse, el calor subiendo por mi cuello. "Las cosas que te hacen temblar", respondí, mordiéndome el labio. Su pie rozó mi pantorrilla, subiendo lento, y el roce de su zapato contra mi piel desnuda me mojó al instante. ¡Chingado, qué delicia! Pagó la cuenta y salimos caminando, el sol calentando nuestras nucas, el tráfico zumbando alrededor.

Me llevó a su estudio en la Roma Norte. Entramos y el lugar olía a café recién molido y madera pulida. Modelos de edificios por todos lados, luz natural bañando el espacio. "Siéntete en casa", dijo, y me sirvió un mezcal puro, el cristal frío en mi mano. Brindamos, el líquido amargo bajando ardiente por mi garganta, despertando cada nervio. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo, su muslo presionando el mío.

Mi mente gritaba: "Tócalo, Janis, ya no aguantas". El corazón me retumbaba como tambores de mariachi.

Sus dedos jugaron con un mechón de mi pelo, bajando a mi cuello, trazando la curva de mi clavícula. Gemí bajito, el sonido escapando sin permiso. "Eres hermosa", susurró, su boca rozando mi oreja, aliento mentolado mezclándose con el mío. Lo besé primero, mis labios hambrientos contra los suyos carnosos, lenguas danzando lento al principio, luego feroz. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, levantando mi falda para sentir mis muslos suaves. Yo desabotoné su camisa, oliendo su piel salada, lamiendo su pecho firme donde el corazón galopaba.

La tensión escalaba. Me cargó al escritorio, papeles volando, mi culo contra la madera fría. Me quitó la blusa, besando mis pechos por encima del encaje, chupando un pezón hasta que arqueé la espalda, gimiendo "¡Alejandro, sí!". Sus dedos bajaron mi tanga, encontrándome empapada, resbaladizos de deseo. "Estás lista para mí, carnalita", dijo con esa voz ronca que me deshace. Me abrió las piernas, su lengua explorando mi clítoris hinchado, lamiendo lento, saboreando mi miel dulce y salada. El placer subía en olas, mis uñas clavándose en su pelo, caderas moviéndose al ritmo de su boca experta.

Pero no quería acabar aún. Lo jalé arriba, desabrochando su jeans, liberando su verga dura, gruesa, latiendo en mi mano. La acaricié, sintiendo las venas pulsantes, el calor que quema. "Te quiero dentro", le rogué, guiándolo a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Gemimos juntos, el sonido crudo mezclándose con el tráfico lejano. Empezó a moverse, embestidas profundas, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles.

¡Qué chingonería, wey! Cada roce era fuego, cada jadeo un suspiro de alivio.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como reina, mis caderas girando, sintiendo cómo me rozaba justo ahí, el placer acumulándose como tormenta. Sus manos en mi culo, guiándome, pellizcando suave. "Más rápido, Janis, dame todo", gruñó, y aceleré, el escritorio crujiendo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El orgasmo me golpeó primero, un estallido blanco detrás de los ojos, mi coño apretándolo fuerte, gritando su nombre mientras temblaba entera, jugos corriendo por sus bolas.

Él se vino segundos después, profundo dentro, caliente y espeso, marcándome como suya. Colapsamos, jadeando, pieles pegajosas de sudor y placer, el aire espeso con olor a sexo crudo, mezcal y nosotros.

Acto final, el afterglow perfecto. Nos duchamos juntos en su baño amplio, agua caliente cayendo como lluvia, jabón espumoso en sus manos resbalando por mi espalda, besos suaves bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, comimos tacos de suadero de un carrito cercano, riendo de lo intenso que fue. "Esto no acaba aquí", me dijo, besándome la frente. Y neta, no va a acabar.

Querido diario, Janis Chaskin diario de una pasión apenas empieza. Mañana más, porque este fuego no se apaga fácil en la Ciudad de México. Mi cuerpo aún zumba, marcado por sus toques, y ya anhelo la próxima vez. ¡Qué vida chida!

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