Relatos
Inicio Erotismo Cita Biblica Huye de las Pasiones Juveniles Cita Biblica Huye de las Pasiones Juveniles

Cita Biblica Huye de las Pasiones Juveniles

7211 palabras

Cita Biblica Huye de las Pasiones Juveniles

En la iglesia de mi barrio en Guadalajara, el pastor siempre citaba versículos para mantenernos en el camino recto. Esa noche, durante el grupo de jóvenes adultos, su voz retumbó en el salón lleno de ecos y sillas chirriantes: "Cita bíblica: huye de las pasiones juveniles". Lo dijo con ese tono grave, señalándonos con el dedo como si supiera que algunos de nosotros ya estábamos tentados. Yo, Ana, de veinticinco años, asentí con la cabeza, sintiendo el calor subir por mi cuello. Llevaba un vestido floreado que me apretaba las curvas, y el aire olía a café quemado y perfume barato de las chicas que se ponían sus mejores galas para impresionar.

Después de la plática, mientras recogíamos las Biblias, lo vi. Luis, el wey nuevo que había llegado de Monterrey. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de hombre serio pero con ojos traviesos. Me sonrió, y su dentadura perfecta brilló bajo las luces fluorescentes.

¡No, Ana, recuerda la cita bíblica: huye de las pasiones juveniles!
me dije a mí misma, pero mis pies ya se movían hacia él como si tuvieran vida propia.

—Órale, Ana, ¿qué tal la plática? —me dijo con esa voz ronca que vibraba en mi pecho.

—Pura neta, carnal. El pastor nos puso a pensar —respondí, mordiéndome el labio sin querer. Su colonia, un olor a madera y cítricos, me envolvió como una niebla caliente.

Charlamos un rato sobre la vida, el trabajo en la fábrica de tequila donde él currelaba, y yo en la tiendita de abarrotes. La tensión crecía con cada risa compartida, sus ojos bajando un segundo a mi escote. Sentí un cosquilleo entre las piernas, como electricidad estática. Huye, repetía mi mente, pero mi cuerpo gritaba lo contrario.

La noche siguiente, en la fiesta patronal del barrio, nos topamos de nuevo. Luces de colores parpadeaban, el mariachi tocaba corridos a todo volumen, y el olor a tacos al pastor y carnitas flotaba en el aire. Luis me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, como si quemaran a través de la tela ligera de mi blusa. El sudor nos pegaba la piel, y cada giro hacía que mi falda se levantara un poquito, rozando sus muslos duros.

Esto es pasión juvenil, Ana. ¡Huye!
El eco de la cita bíblica martilleaba en mi cabeza mientras su aliento cálido rozaba mi oreja.

—Estás chida, Ana. No puedo dejar de verte —murmuró, su boca tan cerca que sentí el sabor salado de su piel cuando accidentalmente la rocé con los labios.

El deseo me nublaba la vista. Mi corazón latía como tamborazo, y un calor húmedo se acumulaba abajo, haciendo que mis bragas se pegaran. Caminamos hasta el parque cercano, alejándonos del bullicio. Bajo un árbol de jacarandas, con pétalos morados cayendo como lluvia suave, nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a chela y a menta. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo respondí gimiendo bajito, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado.

—¿Quieres que pare? —preguntó, su voz entrecortada, ojos fijos en los míos pidiendo permiso.

—No, Luis. Quiero más —le dije, empoderada por el fuego que me consumía.

La segunda cita fue en su depa chiquito en la colonia Moderna, con vistas a las luces de la ciudad. El lugar olía a limón y a hombre soltero: calcetines en el suelo, posters de luchadores en la pared. Ponemos música de rock en español, algo suave de Caifanes, y nos sentamos en el sillón viejo que crujía bajo nuestro peso. Hablamos de todo: de cómo la iglesia nos ahogaba a veces, de sueños de viajar a la playa, de pasiones que no podíamos ignorar.

Sus dedos trazaron mi brazo, enviando escalofríos deliciosos. La piel se eriza, pensé, mientras él besaba mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca rosada. Mi respiración se aceleró, sonidos jadeantes llenando el cuarto. Le quité la playera, revelando un pecho moreno y musculoso, cubierto de vello suave que olía a jabón y sudor fresco. Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo los tendones tensos bajo la piel caliente.

Cita bíblica: huye de las pasiones juveniles. Pero ¿y si esta pasión es mi salvación?
Mi mente luchaba, pero el cuerpo ya se rendía. Él me recostó en la cama, sus manos expertas desabotonando mi jeans, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, dulce y embriagador.

—Estás mojada, mi reina —dijo con una sonrisa pícara, sus dedos deslizándose entre mis pliegues resbalosos. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el placer como ondas calientes expandiéndose desde mi centro.

Lo ayudé a quitarse el resto, admirando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre la dureza. Él gruñó, un sonido animal que me erizó los vellos. Nos besamos con furia, lenguas danzando, salivas mezclándose en un beso salado y desesperado.

Me puse encima, controlando el ritmo porque quería sentirlo todo. Su punta rozó mi entrada, húmeda y lista. Bajé despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado. ¡Qué chingón! pensé, mientras lo llenaba por completo. El olor de nuestros sexos unidos era intenso, crudo, excitante. Empecé a moverme, caderas girando en círculos lentos, sintiendo cada roce interno, sus bolas golpeando suave contra mí.

Luis agarró mis nalgas, amasándolas con fuerza, sus ojos clavados en mis tetas rebotando. Chupó un pezón, la succión enviando chispas directas a mi clítoris. Aceleré, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas, sudor goteando entre nosotros, resbaloso y caliente. Mi orgasmo se construyó gradual, como una ola en el Pacífico: tensión en el vientre, pulsos acelerados, gemidos convirtiéndose en gritos.

—¡Sí, Ana, así! ¡Chíngame más! —rugió él, su acento norteño volviéndose gutural.

Exploté primero, contracciones apretándolo como un puño, jugos chorreando por sus muslos. Él me siguió, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, jadeando, pieles pegajosas unidas, el cuarto oliendo a sexo puro y satisfacción.

En el afterglow, recostados con las sábanas enredadas, su cabeza en mi pecho, escuché su corazón calmarse al ritmo del mío. Afuera, los coches pitaban lejanos, un perro ladraba, pero aquí todo era paz.

La cita bíblica decía huye, pero huir de esto sería pecar contra mí misma
, pensé, acariciando su espalda.

—¿Y la iglesia, Ana? —preguntó bajito, trazando círculos en mi ombligo.

—La iglesia enseña a huir, pero yo encontré algo mejor: pasión con amor, wey. Contigo.

Sonrió, besándome la frente. Esa noche dormimos enredados, el futuro incierto pero lleno de promesas calientes. La cita bíblica quedó atrás, un susurro olvidado en el viento tapatío, mientras las pasiones juveniles se convertían en fuego eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.