No Huyas de las Pasiones Juveniles Explicacion Prohibida
Desde chiquita, mi abuelita me repetía esa frase como un mantra: huye de las pasiones juveniles. Lo decía con los ojos bien abiertos, mientras me peinaba el cabello en la cocina de la casa en Coyoacán, con el olor a mole y tortillas recién hechas flotando en el aire. "Esas pasiones te queman el alma, mija", me advertía, y yo asentía sin entender del todo. Pero ahora, con veinticinco años, sentada en este bar de la Condesa lleno de luces neón y reggaetón retumbando, esa frase se me hace bola en la garganta. Frente a mí está Luis, un morro alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hace apretar las piernas bajo la mesa.
El aire huele a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de la gente bailando. Luis me mira fijo, sus ojos cafés brillando como si ya supiera lo que me pasa por la cabeza. "¿Qué traes, preciosa? Pareces pensativa", me dice, su voz ronca rozándome la piel como una caricia. Le sonrío, sintiendo el calor subir por mi cuello. "Nada, wey, nomás recordando consejos viejos". Él se ríe, suave, y su mano roza la mía al pasarme el shot. El contacto es eléctrico, un chispazo que me recorre el brazo hasta el pecho. Neta, pienso, esto es lo que abuelita quería que huyera.
Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche trayendo olor a jacarandas. Luis me abraza por la cintura, su cuerpo pegado al mío, duro y cálido. Siento su aliento en mi oreja, oliendo a menta y algo más salvaje. "Ven a mi depa, Ana, no muerdo... mucho", susurra, y yo, en lugar de huir, digo que sí con la cabeza. Mi corazón late como tamborazo en la Guelaguetza, fuerte, insistente. En el taxi, su mano sube por mi muslo, despacio, bajo la falda. La tela de mi ropa interior ya está húmeda, y el roce de sus dedos me hace jadear bajito.
¿Por qué carajos estoy haciendo esto? Huye de las pasiones juveniles, dice la voz de abuelita en mi cabeza. Pero neta, ¿y si no quiero huir?
Llegamos a su departamento en Polanco, un lugar chido con ventanales que dan a las luces de la ciudad. Cierra la puerta y me besa de una, sus labios suaves pero urgentes, saboreando a tequila dulce. Lo empujo contra la pared, mis manos en su camisa, desabotonándola para sentir su pecho liso, caliente, con ese olor a jabón y hombre que me enloquece. "Luis, espérate", murmuro, pero él ya me tiene en brazos, cargándome al sillón. Me quita la blusa, y el aire fresco me eriza la piel. Sus labios bajan por mi cuello, chupando suave, dejando huella húmeda que brilla bajo la luz tenue.
Me recuesto, el cuero del sillón pegajoso contra mi espalda desnuda. Él se arrodilla, besando mi ombligo, bajando más. Siento su aliento caliente en mi vientre, y cuando sus dedos enganchan mi tanga, un gemido se me escapa. "Estás empapada, mamacita", dice con esa voz juguetona, y yo me sonrojo pero abro las piernas. Su lengua toca mi clítoris, suave al principio, lamiendo como si saboreara el mejor pozole. El placer es un rayo, agudo, que me hace arquear la espalda. Huele a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su sudor. Esto es pecado, piensa mi mente vieja, pero qué chingón pecado.
Luis sube, quitándose los pantalones. Su verga sale dura, gruesa, palpitando. La miro, hipnotizada, y la toco, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero. Él gime, bajo, animal, y me besa mientras yo la acaricio, lento, sintiendo las venas latir bajo mis dedos. "Quiero explicarte algo, Ana", murmura contra mi boca. "¿Qué?", pregunto jadeando. "Esa vaina de huye de las pasiones juveniles explicacion que traes en la cabeza... es pura pendejada. Las pasiones no se huyen, se viven, se chupan hasta el hueso". Sus palabras me prenden más, como si me diera permiso para soltarme.
Me voltea boca abajo en el sillón, su cuerpo cubriéndome. Siento su peso, delicioso, y el roce de su verga contra mis nalgas. "Dime si quieres parar", susurra, y yo niego con la cabeza, empujando contra él. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome. Grito suave, el placer duele rico, y él se queda quieto, dejando que me acostumbre. Su olor me envuelve, sudor y deseo puro. Empieza a moverse, lento, profundo, cada embestida rozando ese punto dentro que me hace ver estrellas. El sonido de piel contra piel llena la habitación, chapoteante, obsceno, mezclado con nuestros jadeos.
¡Ay, Dios! Esto es lo que abuelita nunca quiso que sintiera. Cada thrust me sacude, el sudor goteando de su pecho a mi espalda, salado en mi lengua cuando lamo. Sus manos aprietan mis caderas, dedos hundiéndose en la carne suave. Acelera, y yo me entrego, moviéndome con él, panocha apretándolo como no quiero soltar.Me voltea de nuevo, cara a cara, para verme. Sus ojos clavados en los míos, intensos. "Mírame, Ana, siente esto". Embiste fuerte, y el orgasmo me parte en dos, olas y olas de fuego líquido explotando desde mi centro, piernas temblando, uñas clavadas en su espalda. Él gruñe, profundo, y se corre dentro, caliente, pulsando, llenándome hasta rebosar.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire huele a sexo, a nosotros, espeso y satisfactorio. Luis me besa la frente, suave. "Ves? No hay que huir de nada tan chido". Río bajito, mi cuerpo lánguido, satisfecho. La voz de abuelita se apaga, reemplazada por esta paz nueva. Mañana quizás piense en la huye de las pasiones juveniles explicacion que él me dio, pero esta noche, solo siento su piel contra la mía, su corazón latiendo al ritmo del mío.
Nos duchamos juntos después, el agua caliente cayendo como lluvia de verano, jabón resbalando por curvas y músculos. Sus manos me enjabonan los pechos, juguetón, y yo lo acaricio de vuelta, riendo. Salimos envueltos en toallas, y nos tiramos en la cama, hablando pendejadas hasta que el sueño nos vence. Despierto con sol filtrándose por las cortinas, su brazo sobre mi cintura. Me estiro, sintiendo el leve dolor placentero entre las piernas, recordatorio de la noche. Neta, pienso sonriendo, las pasiones juveniles no se huyen, se abrazan.
Me visto mientras él duerme, dejo una nota: "Gracias por la explicacion, pendejo. Volvemos a intentarlo". Bajo a la calle, el sol calentándome la cara, olor a panadería y café fresco. Camino ligera, libre. Esa frase vieja ya no pesa; ahora es solo un eco lejano en mi nueva vida llena de fuego.