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Pasión Capítulo 89 Completo

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Pasión Capítulo 89 Completo

Ana se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones. El aire nocturno traía el olor a tacos de la esquina y un toque de jazmín de los maceteros. Llevaba un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas, sintiendo cómo la tela rozaba su piel arreciada por la brisa. Hacía semanas que no veía a Marco, su chulo secreto, el wey que la volvía loca con solo una mirada. ¿Dónde andaría el pendejo? pensó, mordiéndose el labio mientras revisaba su celular por enésima vez.

El deseo le picaba en el estómago como chile en la lengua, un calor que subía desde su entrepierna hasta sus pezones endurecidos. Recordaba la última vez, en su playa de Acapulco, cómo él la había cargado entre las olas, sus manos fuertes amasando sus nalgas mientras ella gemía contra su cuello salado. Neta, necesito eso ahora, se dijo, imaginando su pasión capítulo 89 completo desatándose como en esas novelas que veía de chava, pero con ella como protagonista ardiente.

De pronto, el timbre sonó como un trueno. Abrió la puerta y ahí estaba Marco, con su camisa negra desabotonada mostrando el pecho tatuado, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que prometía problemas. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, y sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo. "Órale, mamacita, ¿me extrañaste?", murmuró, entrando sin permiso y cerrando la puerta con un pie.

Ana no respondió con palabras. Se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo grande contra el suyo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Las manos de él bajaron por su espalda, apretando su cintura, mientras ella enredaba los dedos en su pelo, tirando suave para profundizar el beso. El mundo se redujo a ese roce, al latido acelerado de sus corazones pegados, al gemido ahogado que escapó de su garganta.

Esto es lo que necesitaba, su fuego quemándome por dentro, pensó Ana, mientras Marco la levantaba sin esfuerzo, llevándola al sofá de piel suave.

La recostó con cuidado, pero sus ojos brillaban con urgencia. "Te ves riquísima con ese vestido, pero se va ahorita", gruñó, deslizando las manos por sus muslos. Ana arqueó la espalda, sintiendo el aire fresco en su piel expuesta cuando él subió la tela hasta su cadera. No llevaba calzón, y el roce de sus dedos callosos en su humedad la hizo jadear. "¡Ay, wey! No pares", suplicó, abriendo las piernas para él.

Marco se arrodilló entre sus rodillas, inhalando su aroma almizclado de excitación. "Hueles a pecado, corazón", dijo, antes de enterrar la cara ahí. Su lengua caliente lamió despacio, saboreando cada gota, mientras sus manos masajeaban sus muslos temblorosos. Ana gritó suave, el placer como chispas eléctricas subiendo por su espina. El sonido de su lamida húmeda llenaba la sala, mezclado con sus jadeos y el tráfico lejano. Su boca es magia, neta, me va a volver loca.

Pero él se detuvo, subiendo para besarla de nuevo, dejando que probara su propio sabor salado en sus labios. "Quiero sentirte completa, Ana", susurró, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Su torso musculoso brillaba bajo la luz tenue, y ella no pudo resistir pasar las uñas por sus abdominales, sintiendo la piel tensa y el vello que bajaba hasta su cinturón.

Lo ayudó a desvestirse, liberando su verga dura y palpitante. La tomó en la mano, sintiendo su grosor caliente, la vena latiendo bajo su palma. "Estás listo pa' mí, carnal", ronroneó, masturbándolo lento mientras él gemía contra su cuello. El olor a macho excitado la embriagaba, un perfume primitivo que aceleraba su pulso.

Marco la volteó boca abajo en el sofá, besando su espalda desnuda, mordisqueando la nuca mientras bajaba el vestido por completo. Sus nalgas al aire recibieron una nalgada juguetona que resonó con un clap seco. "¡Qué ricas posas!", exclamó él, separándolas para lamer su entrada trasera, haciendo que ella se retorciera de placer prohibido. El toque húmedo y caliente la volvió loca, sus caderas moviéndose solas en busca de más.

No puedo más, lo quiero adentro ya, rompiéndome en pedazos.

Se puso de pie, guiándolo a la recámara. La cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. Ana se acostó de espaldas, abriendo los brazos. Marco se cernió sobre ella, su peso delicioso presionándola al colchón. Frota su punta contra su clítoris hinchado, lubricándola con sus jugos, torturándola con roces que la hacían suplicar. "Porfa, Marco, métemela toda".

Con un empujón lento, la penetró, centímetro a centímetro, estirándola hasta el fondo. Ambos gritaron al unísono, el sonido gutural y animal. Su verga llenándola por completo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el plaf plaf de piel contra piel como una sinfonía erótica. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo el sudor resbaloso, oliendo su mezcla de sexos en el aire cargado.

"¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!", exigió ella, y él obedeció, acelerando, sus bolas golpeando su culo con cada thrust. El placer crecía como una ola, tensiones en su vientre apretándose. Marco bajó una mano para frotar su clítoris, círculos rápidos que la catapultaron al borde. Va a venir, lo siento, su verga hinchándose dentro.

El clímax la golpeó primero, un estallido de fuego líquido que la hizo convulsionar, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Marco la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que desbordaban. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas y corazones tronando.

Minutos después, él la abrazó por detrás, besando su hombro salado. "Eres mi pasión capítulo 89 completo, Ana, cada vez mejor", murmuró con voz ronca. Ella sonrió, girando para mirarlo a los ojos. El cuarto olía a sexo satisfecho, a ellos. "Y tú el mío, wey. Pero esto no termina aquí".

Se quedaron así, enredados, con la ciudad durmiendo afuera. Ana sentía una paz profunda, el cuerpo laxo y el alma plena. Esto es lo que la vida debe ser: pura pasión sin frenos. Marco la besó suave, prometiendo más capítulos en su historia ardiente.

La noche se extendió en caricias perezosas, dedos explorando marcas frescas, risas bajas sobre tonterías. Cuando el sol asomó, tiñendo las cortinas de oro, Ana supo que este encuentro había sellado algo eterno. Su pasión, capítulo 89 completo, era solo el principio de un amor que ardía como el sol mexicano.

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