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Escenas Prohibidas de la Pasion de Cristo

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Escenas Prohibidas de la Pasion de Cristo

Sofía caminaba por las calles empedradas de Taxco, el aire cargado del aroma a incienso y velas derretidas. Era Jueves Santo y el pueblo bullía con la procesión de escenas de la pasión de Cristo. Su piel morena brillaba bajo el sol del mediodía, y el vestido ligero de algodón se pegaba a sus curvas por el sudor. A su lado, Alejandro, su carnal de toda la vida, la tomaba de la mano con fuerza, sus dedos callosos rozando los suyos como una promesa.

Órale, qué chido está este desmadre religioso, pensó ella, mientras la multitud se arremolinaba frente al escenario improvisado. Ahí estaba Jesús, encarnado por un moreno musculoso de Ixtapaluca, azotado por los romanos. El sonido de los látigos cortaba el aire, ¡crack!, y los gemidos del actor resonaban como un lamento erótico. Sofía sintió un cosquilleo entre las piernas al ver esos músculos tensos, el sudor resbalando por el pecho lampiño, gotas que caían como perlas de deseo prohibido.

Alejandro se acercó más, su aliento caliente en su oreja. "Mira nomás qué pinga escena, Sofi. Ese wey parece que de veras siente cada golpe", murmuró él, y su mano bajó disimuladamente a apretar la nalga de ella. Sofía mordió su labio, el pulso acelerado. Neta, estas escenas de la pasión de Cristo siempre me prenden. Es como si el dolor se convirtiera en puro fuego carnal.

La siguiente escena: la coronación de espinas. El actor se retorcía, sangre falsa chorreando por su frente, pero sus ojos... ay, esos ojos fieros clavados en la multitud. Sofía imaginó esos ojos en ella, devorándola. El olor a tierra húmeda y humo de copal se mezclaba con el de su propia excitación, un almizcle sutil que humedecía sus muslos. Alejandro notó su respiración agitada y le pasó el brazo por la cintura, su verga ya endureciéndose contra su cadera.

No mames, aquí no puedo, se dijo Sofía, pero el deseo crecía como la multitud gritando "¡Perdónanos!". Cuando Cristo cargó la cruz, tambaleándose bajo el peso, ella sintió empatía carnal. Es como cuando me cargas tú, Ale, sudando y jadeando hasta que explotas. Sus pezones se endurecieron bajo la tela fina, rozando como lenguas invisibles.

La procesión avanzó, pero ellos se rezagaron. Alejandro la jaló hacia un callejón angosto, flanqueado por muros de adobe desconchado. El ruido de la turba se alejaba, dejando solo el eco de tambores lejanos.

"Sofi, esas escenas de la pasión de Cristo me tienen bien puesto. Quiero flagelarte a besos, cargar tu cruz hasta el cielo"
, dijo él con voz ronca, empujándola contra la pared. Sus labios chocaron, saboreando el salado del sudor y el dulce de chicle de tamarindo que ella masticaba.

Las manos de Alejandro exploraron su cuerpo, subiendo el vestido para acariciar la piel suave de sus muslos. Sofía gimió bajito, el tacto áspero de sus palmas enviando chispas a su centro. Qué rico se siente su piel contra la mía, como si fuéramos los protagonistas de esa pinche obra. Ella le desabrochó la camisa, oliendo su aroma macho: mezcla de colonia barata y esfuerzo viril. Sus uñas arañaron el pecho velludo, evocando las espinas que acababan de ver.

Se besaron con hambre, lenguas enredándose como víboras en el Edén prohibido. Alejandro bajó la boca a su cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como estigmas de pasión. Sofía arqueó la espalda, sus tetas presionando contra él. Más, cabrón, hazme sufrir de placer. Él obedeció, bajando el vestido para lamer un pezón rosado, succionando con fuerza que la hizo jadear. El sonido húmedo de su boca, chup chup, se mezclaba con su risa traviesa.

Pero el callejón no bastaba. Corrieron riendo, tomados de la mano, hasta la posada familiar de doña Lupe, un rincón apartado con patio de bugambilias. La puerta se cerró tras ellos con un clic que sonó a liberación. Dentro de la habitación fresca, con sábanas de hilo crudo y vela parpadeante, el calor explotó. Alejandro la tumbó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. "Eres mi Virgen Dolorosa, pero con ganas de pecar", gruñó él, quitándole el vestido de un tirón.

Sofía quedó desnuda, su panocha depilada reluciendo de jugos, el olor almizclado llenando el aire. Él se arrodilló como en oración, besando su ombligo, bajando lento por el monte de Venus. Sus dedos abrieron los labios mayores, rozando el clítoris hinchado. ¡Ay, Diosito! Su aliento caliente ahí abajo es el paraíso. Ella enredó los dedos en su pelo negro, guiándolo. La lengua de Alejandro danzó, lamiendo de abajo arriba, saboreando su miel salada-dulce. Sofía se retorcía, caderas alzándose, gemidos escapando como salmos eróticos: "¡Sí, Ale, chúpame así, no pares pendejo!".

El placer subía en olas, tensión enroscándose en su vientre. Recordó la escena de la crucifixión: el cuerpo extendido, clavado, sufriendo éxtasis. Yo soy la cruz, él el mártir que me adora. Alejandro metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto secreto, mientras su boca no cejaba. El sonido era obsceno: slurp slurp, jugos chorreando. Sofía gritó, orgasmos rompiendo como latigazos, su cuerpo convulsionando, uñas clavadas en su nuca.

Pero no terminó ahí. Ella lo volteó, montándolo como amazona. Su verga, gruesa y venosa, palpitaba contra su mano. Qué choncha tan dura, toda para mí. La frotó contra su entrada húmeda, torturándolo. Alejandro jadeaba, caderas alzándose:

"Métetela ya, Sofi, o te clavo como a Cristo"
. Ella rio, bajando despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. Siento cada vena pulsando, llenándome hasta el fondo.

Cabalgó con furia, tetas rebotando, sudor goteando de su frente al pecho de él. El choque de pieles: plaf plaf, eco en la habitación. Alejandro la agarró de las nalgas, guiando el ritmo, pellizcando suave. Olía a sexo puro, a panocha mojada y verga sudada. Sus ojos se clavaron: Esa mirada de animal en celo, neta me derrite. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando su cervix con ternura brutal.

La tensión creció, espiral infinita. Sofía sintió el clímax venir, músculos apretando su polla como vicio. "¡Córrete conmigo, carnal!", gritó ella. Alejandro rugió, su corrida caliente inundándola, chorros espesos que la empujaron al abismo. Ondas de placer la sacudieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Colapsaron juntos, jadeos entrecortados, piel pegajosa unida.

En el afterglow, yacían enredados, la vela goteando cera como lágrimas piadosas. Alejandro besó su sien. "Esas escenas de la pasión de Cristo nos armaron bien el desmadre, ¿verdad?". Sofía sonrió, trazando círculos en su pecho. Sí, pero nuestra pasión es eterna, sin cruz ni clavos, solo puro amor chingón. Afuera, los tambores seguían, pero dentro, el silencio era bendito, cargado de promesas futuras. Su mano bajó de nuevo, juguetona, y la noche prometía más escenas prohibidas.

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