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La Cancion de la Novela Pasion Prohibida

7390 palabras

La Cancion de la Novela Pasion Prohibida

La noche en mi departamento de Polanco olía a jazmín fresco del balcón y a ese tequila reposado que tanto nos gustaba. Yo, Ana, de veintiocho años, con el corazón latiendo como tambor de mariachi, encendí la tele solo para poner de fondo la cancion de la novela Pasion Prohibida. Esa melodía ronca y sensual, con violines que se enredan como caricias prohibidas, siempre me ponía la piel de gallina. Neta, cada nota era un susurro que despertaba mis antojos más cabrones.

Estaba sola, o eso creía, vestida con un camisón de seda negra que se pegaba a mis curvas como segunda piel. El aire acondicionado zumbaba bajito, pero el calor de mi cuerpo lo combatía. Recordaba las tardes en la hacienda de mi familia en Jalisco, donde todo empezó con él. Diego, ese pendejo alto y moreno con ojos que prometían pecados deliciosos. Éramos de familias rivales en los negocios del agave, como en esas novelas que tanto veíamos. Mi papá lo odiaba, decía que era un oportunista, pero ¿qué sabía él de esta pasión prohibida que me hacía mojarme con solo pensarlo?

El timbre sonó, y supe que era él. Abrí la puerta con el pulso acelerado, y ahí estaba, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho tatuado con un águila mexicana. Olía a colonia fuerte, a tabaco y a hombre que viene con hambre. "Hola, muñeca", murmuró con esa voz grave que me derretía. Lo jalé adentro sin decir nada, cerrando la puerta con un clic que sonó como el inicio de nuestra rendición.

"¿Otra vez esa canción, Ana? Sabes que me enciende como diablo en misa."
Sus palabras me rozaron el oído mientras me abrazaba por la espalda, sus manos grandes subiendo por mis caderas. La melodía seguía sonando, envolviéndonos como niebla caliente. Sentí su aliento cálido en mi cuello, su barba raspándome la piel suave, y un escalofrío me recorrió desde las tetas hasta el entrepierna.

Lo giré para verlo de frente, nuestros ojos chocando como chispas. "Es nuestra canción, wey. La de la novela que nos vio nacer este fuego." Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el tequila que ya había probado. Su lengua danzaba con la mía, explorando, reclamando. Olía a deseo puro, a sudor fresco y a esa esencia masculina que me volvía loca. Mis manos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen, el latido fuerte de su corazón bajo mis palmas.

Nos movimos hacia el sofá sin despegar las bocas, tropezando un poco, riendo bajito como chavos traviesos. La canción subía de intensidad, los violines gimiendo como yo quería gemir. Lo empujé para que se sentara y me subí a horcajadas sobre él, frotando mi calor contra su verga que ya se ponía dura como piedra bajo el pantalón. "Sácamela ya, pendejo", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris, y sus dedos se clavaron en mis nalgas, amasándolas con fuerza.

El beso se volvió feroz, dientes chocando, lenguas guerreando. Sentía el roce de su barba en mi barbilla, el sabor salado de su piel cuando le besé el cuello. La seda de mi camisón se subió sola, exponiendo mis muslos morenos y el encaje negro de mis calzones. Diego metió una mano ahí, rozando mi humedad con la yema del dedo. "Estás chorreando, ricura. Todo por esa pinche canción." Yo arqueé la espalda, presionando contra su toque, el placer subiendo como tequila quemando la garganta.

Pero no quería apresurar. Esta pasión prohibida merecía savorearse. Me bajé de él y lo arrastré al cuarto, la música siguiéndonos como testigo fiel. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frías al tacto. Lo desvestí despacio, quitándole la camisa para lamer sus pezones oscuros, sintiendo cómo se erizaban bajo mi lengua. Él jadeaba, "Ay, cabrona, me vas a matar." Su piel sabía a sal y aventura, olía a sexo inminente.

Me arrodillé frente a él, desabrochando su cinturón con dientes, liberando su verga gruesa y venosa que saltó ansiosa. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, las venas latiendo contra mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras lo miraba a los ojos. Él enredó sus dedos en mi pelo largo, guiándome sin forzar, solo animando. Chupé con hambre, succionando, girando la lengua alrededor del glande, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con la canción finalizándose en la tele.

Pero él no me dejó acabar ahí. Me levantó como pluma, quitándome el camisón de un tirón. Mis tetas rebotaron libres, pezones duros como balas. Me tumbó en la cama y se lanzó sobre mí, besando mi boca, bajando por el cuello, mamando mis senos con succión que me hacía arquear. "Estas chichis son mías, Ana. Solo mías." Mordisqueaba suave, lamiendo, y yo sentía descargas eléctricas directo a mi coño empapado.

Sus manos bajaron, arrancando mis calzones. El aire fresco besó mi sexo depilado, pero su boca lo cubrió al instante. Lengua experta lamiendo mis labios mayores, chupando el clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor. Gemí fuerte, "¡Sí, Diego, así, no pares, wey!" Mis caderas se movían solas, follando su cara, el placer acumulándose como tormenta en el DF.

La tensión crecía, mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas. Quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme ya, cabrón. Fóllame como en la novela." Él se posicionó, su verga rozando mi entrada húmeda, torturándome con la punta. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gruñimos juntos, piel contra piel sudada, el slap slap de cuerpos chocando empezando lento.

La canción había terminado, pero nuestra propia melodía prohibida rugía. Aceleró, embistiéndome fuerte, mis tetas botando con cada golpe. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su culo firme. "Más duro, papi, rómpeme." Sudor goteaba de su frente a mi pecho, mezclándose con mis jugos. El olor a sexo llenaba la habitación, sonidos de carne mojada, jadeos, "¡Sí! ¡Ay, Dios!"

El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. Él lo sentía, "Me vengo, muñeca, contigo." Un par de estocadas brutales y explotamos. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, visión borrosa, grito ahogado en su hombro. Él se derramó dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, gruñendo mi nombre.

Caímos exhaustos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. La tele zumbaba con comerciales, pero la cancion de la novela Pasion Prohibida seguía en mi mente, eco de nuestro amor imposible.

"Esto no puede acabar, Diego. Aunque mi familia nos mate."
Él sonrió, acariciando mi mejilla. "Nunca, corazón. Somos más fuertes que cualquier pinche novela." Nos quedamos así, piel pegajosa enfriándose, el jazmín del balcón filtrándose otra vez. El afterglow nos envolvía como sábana tibia, sabiendo que esta pasión prohibida era nuestra eternidad mexicana.

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