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La Fruta de la Pasión en Flor

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La Fruta de la Pasión en Flor

El calor de la tarde michoacana te envolvía como un abrazo pegajoso mientras caminabas por el emparrillado del jardín en la hacienda de Daniela. Habías llegado esa mañana desde la ciudad, invitado por un amigo en común para unas fotos de bodas en el lugar. Pero tu carnal se había retrasado, y ahí estabas tú, solo con el sol quemando tu camiseta y el sudor resbalando por tu espalda. El aire olía a tierra mojada, jazmín y algo más dulce, casi pecaminoso: las enredaderas de fruta de la pasión flor trepaban por las pérgolas, sus corolas moradas abiertas como bocas invitadoras, pétalos vibrantes bajo la luz.

Daniela apareció de la nada, saliendo de entre los arbustos con una canasta en la mano. Mamacita de unos treinta y tantos, piel morena curtida por el sol, curvas que el vestido floreado ceñía sin piedad. Sus ojos negros te escanearon de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos. Órale, qué chulo, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

"¿Ya te estás paseando por mi paraíso, fotógrafo?" dijo con esa voz ronca, típica de las mujeres de por aquí, que te hace sentir que te están desnudando con palabras. Se acercó, el aroma de su perfume mezclado con sudor fresco invadiéndote las fosas nasales. "Ven, te enseño lo mejor del jardín antes de que llegue tu compa."

Tú la seguiste, hipnotizado por el vaivén de sus caderas. El camino de grava crujía bajo tus pies, y cada paso hacía que las flores de pasión se mecieran, soltando un polen dulce que se pegaba a tu lengua cuando respirabas hondo. Daniela se detuvo frente a una enredadera cargada. "Mira esto", murmuró, señalando una fruta de la pasión flor en pleno bloom, sus filamentos blancos y morados extendidos como tentáculos seductores. "Dicen que esta flor despierta pasiones dormidas. ¿Tú qué crees?"

Sus dedos rozaron los pétalos, y accidentalmente — ¿o no? — el dorso de su mano tocó la tuya. Un chispazo eléctrico te recorrió el brazo. Neta, esta mujer es fuego puro, pensaste, el pulso acelerándose en tus venas. Ella no se apartó; al contrario, sus ojos se clavaron en los tuyos, desafiantes.

"Prueba una", dijo, cortando una fruta madura con su navaja. La partió en dos, el jugo chorreando viscoso y anaranjado por sus dedos. Te la ofreció, y cuando mordiste, el sabor ácido-dulce explotó en tu boca, fresco como un beso prohibido. "¿Ves? Adentro está la pasión misma. Semillas negras listas para germinar." Su lengua lamió una gota de su pulgar, y tú tragaste saliva, imaginando esa lengua en tu piel.

La tensión crecía como la hiedra a tu alrededor. Hablaron de tonterías —el clima, la boda, la vida en la ciudad— pero cada mirada era un roce invisible, cada risa un jadeo contenido. Daniela te llevó más adentro, a un rincón escondido donde una hamaca colgaba entre dos árboles frutales. "Siéntate, wey. Descansa mientras esperamos."

Te recargaste, y ella se sentó a tu lado, tan cerca que sentías el calor de su muslo contra el tuyo. El viento susurraba en las hojas, trayendo el zumbido de abejas libando néctar de las flores. "¿Sabes?" susurró, su aliento cálido en tu oreja. "Esta hacienda ha visto muchas pasiones. Yo... hace tiempo que no siento una así."

¿Y si le digo que me muero por besarla? ¿Y si mi carnal llega y nos pilla?

Pero el deseo ganó. Tu mano se posó en su rodilla, subiendo despacio por el interior de su muslo. Ella no se movió; suspiró, abriendo las piernas un poco más. "Pinche tentación", murmuraste, y ella rio bajito, un sonido gutural que te endureció al instante.

Acto dos: la escalada. Sus labios encontraron los tuyos en un beso hambriento, sabores de fruta de la pasión mezclándose con saliva caliente. Lenguas danzando, dientes mordisqueando, manos explorando. Le quitaste el vestido por los hombros, revelando pechos firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire y la excitación. Los lamiste, succionando suave, oyendo sus gemidos ahogados que se perdían en el follaje. "Sí, así, cabrón... no pares", jadeó, arqueando la espalda.

Tú estabas perdido en sensaciones: el roce áspero de la hamaca contra tu espalda desnuda, el sudor salado de su piel bajo tu lengua, el olor almizclado de su arousal elevándose como incienso. Ella te desabrochó el pantalón, liberando tu verga tiesa, palpitante. Sus dedos la envolvieron, bombeando lento, el pre-semen lubricando su palma. Qué chingón se siente esto, pensaste, mientras ella se arrodillaba en la grava, sin importarle las piedritas.

Su boca te engulló, cálida y húmeda, lengua girando alrededor del glande como si lamiera el interior de una fruta madura. Chupaba con hambre, gimiendo vibraciones que te llegaban al alma. Tú enredaste los dedos en su cabello negro, guiándola sin forzar, solo acompañando el ritmo. El jardín conspiraba: pájaros cantando, hojas crujiendo, el sol filtrándose en rayos dorados que bailaban sobre su piel reluciente.

Pero querías más. La levantaste, la acostaste en la hamaca que se mecía como cuna pecadora. Le abrí las piernas, admirando su concha hinchada, labios rosados brillando de jugos. Olía a deseo puro, dulce y salado. Lamiste despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando cada gota. Ella se retorcía, uñas clavándose en tus hombros. "¡Ay, Dios! ¡Métemela ya, pendejo!" gritó, voz ronca de necesidad.

Te posicionaste, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entraste lento, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de ti como un puño de terciopelo. Gemisteis juntos, el sonido primitivo uniéndose al coro del jardín. Embestidas profundas, hamaca bamboleándose, piel chocando con palmadas húmedas. Sus tetas rebotaban, tú las amasabas, pellizcando pezones. Ella clavaba talones en tu culo, urgiéndote más rápido.

El clímax se acercaba como tormenta. Sudor goteaba de tu frente a su pecho, mezclándose con el jugo de pasión que aún manchaba su piel. "Me vengo, amor... ¡vente conmigo!" rugió ella, y su coño se apretó como tenaza, ordeñándote. Tú explotaste dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo. Gritos ahogados, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a pulsos y jadeos.

Acto tres: el afterglow. Colapsaron enredados, hamaca crujiendo bajo su peso. El sol bajaba, tiñendo el cielo de rosas y naranjas, como la fruta partida. Respiraciones calmándose, dedos trazando perezas en pieles húmedas. Daniela te besó la sien, suave. "Qué chido fue eso, wey. Como la flor que se abre... plena."

Tú sonreíste, oliendo su cabello a tierra y sexo.

Neta, esto es lo que necesitaba. Pasión real, no las mamadas de la ciudad.
Le contaste de tu vida estresada, ella de la soledad en la hacienda. Rieron de lo cerca que estuvo tu carnal de interrumpir. "Si regresa, dile que la novia se arrepintió", bromeó ella, guiñando.

Se vistieron despacio, robándose besos, promesas de más. Caminaron de vuelta, mano en mano, pasando por las enredaderas. Una fruta de la pasión flor se desprendió, cayendo a sus pies como bendición. La pisaron juntos, jugo salpicando, riendo como niños traviesos.

Al atardecer, con tu carnal llegando ajeno a todo, supiste que volverías. La pasión no era solo fruta; era ella, floreciendo en ti para siempre.

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