Pasion Capitulo 14 La Rendicion Final
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de encaje de mi suite en el hotel, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel picara de anticipación. Hacía semanas que no veía a Marco, mi chulo moreno con ojos que prometían pecados deliciosos. Cada noche, en la Ciudad de México, me tocaba pensando en él, en cómo su aliento caliente me erizaba el vello de la nuca. Hoy era el día. Capítulo catorce de nuestra pasión, como lo llamaba en mi diario secreto, donde anotaba cada roce, cada gemido que nos unía más.
Me miré en el espejo del baño, ajustando el bikini rojo que apenas contenía mis curvas. Olía a coco y sal del mar, mezclado con mi perfume de jazmín que Marco adoraba.
¿Y si esta vez me rindo del todo? ¿Dejo que me consuma?pensé, mientras el corazón me latía como tambor en fiesta. Bajé a la playa privada, la arena tibia besándome los pies descalzos. El rumor de las olas chocando contra la orilla era como un latido compartido, y el viento traía olor a mar y a asados lejanos de algún restaurante cercano.
Allí estaba él, recostado en una tumbona, con shorts ajustados que marcaban su paquete generoso y el pecho tatuado brillando de sudor. Me vio y su sonrisa se volvió lobuna. "¡Nena, ven pa'cá!" gritó, con esa voz ronca que me hacía mojarme al instante. Corrí hacia él, mis tetas rebotando libres bajo la tela fina, y me lancé a sus brazos. Su piel estaba caliente como brasa, olía a protector solar y a hombre puro, ese aroma terroso que me volvía loca.
Nos besamos con hambre, su lengua invadiendo mi boca como si quisiera devorarme. Sabía a ron y a menta, y sus manos grandes me apretaban el culo con fuerza posesiva pero tierna. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras mis pezones se endurecían contra su pecho. Me cargó como si no pesara nada y me llevó de vuelta a la suite, riendo bajito. "Te extrañé, pendeja caliente. No sabes cuánto."
En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que subía entre nosotros. Me tiró en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa despacio, dejando que yo admirara sus abdominales marcados, el vello negro bajando hasta su entrepierna. Yo me quité el bikini, quedando desnuda ante él, mi concha ya húmeda y palpitante.
Quiero que me mire así siempre, como si fuera su diosa, me dije, mientras él se arrodillaba entre mis piernas.
Sus dedos ásperos de tanto trabajar en su taller de motos rozaron mis muslos internos, enviando chispas por mi espina. "Estás chingona de mojada, mi amor", murmuró, y su aliento caliente sobre mi clítoris me hizo arquear la espalda. Lamio despacio, su lengua plana recorriendo mi raja de abajo arriba, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras mis manos se enredaban en su pelo revuelto. Olía a mi excitación mezclada con su sudor, un perfume embriagador que me nublaba la mente.
Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia arriba, besando su cuello salado, bajando por su torso hasta desabrochar sus shorts. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma, y la chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñó, "¡Ay, wey, qué rica mamada!", sus caderas moviéndose instintivo. Sabía a sal y a él, ese sabor adictivo que me hacía tragar más profundo.
La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas redondas. Sus dedos encontraron mi ano, lubricado con mi propia humedad, y juguetearon suave, pidiendo permiso con la mirada. Asentí, jadeando. Sí, todo tuyo esta vez. Entró un dedo, luego dos, mientras su otra mano me masturbaba el clítoris. El placer era doble, eléctrico, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él. Olía a sexo puro ahora, a lubricante natural y deseo desatado.
"¿Quieres que te coja ya, corazón?" preguntó, su voz temblorosa de contención. "Sí, métemela toda, cabrón", respondí, volteándome para mirarlo a los ojos. Me penetró despacio al principio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes, su pubis aplastando mi clítoris. Empezamos a movernos, lento al inicio, como baile de salsa en boda jarocha, luego más rápido, piel chocando con piel en palmadas húmedas.
El sudor nos unía, resbaloso y caliente, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Gemía su nombre, "¡Marco, más duro!", y él obedecía, levantándome las piernas sobre sus hombros para ir más profundo. El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, del crujir de la cama, del olor almizclado de nuestros cuerpos en llamas. En mi mente, flashes de nuestros encuentros pasados: el auto en la carretera a Guadalajara, la ducha en su casa de Polanco. Este capítulo catorce de pasión era el pico, el momento donde todo explotaba.
Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, mis uñas clavándose en su espalda, gritando sin control mientras mi concha lo ordeñaba. Él siguió, prolongando mi placer con estocadas precisas, hasta que no aguantó más. "¡Me vengo, nena!" rugió, saliendo para eyacular en mi vientre, chorros calientes pintando mi piel. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, su peso reconfortante sobre mí.
En el afterglow, el sol ya bajaba, tiñendo la habitación de púrpura. Me acariciaba el pelo, besando mi frente.
Esto no es solo sexo, es nuestro mundo, pensé, mientras el mar susurraba afuera. Limpiamos el desastre riendo, él lamiendo su propia leche de mi piel con ternura juguetona. Pedimos tacos de mariscos del room service, comiendo en la cama, sus dedos aún rozándome distraído.
"¿Sabes? Este ha sido el mejor capítulo de nuestra pasión", dijo, guiñándome. Sonreí, sabiendo que vendrían más. Capítulo catorce cerrado con un beso salado, pero la historia apenas empezaba.