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Escritor de Diario de una Pasion

6448 palabras

Escritor de Diario de una Pasion

Querido diario, hoy empecé a escribirte como el escritor de diario de una pasion que siempre quise ser. Me llamo Alejandro, tengo treinta y cinco años y vivo en el corazón de la Ciudad de México, en un departamento chido con vista al Ángel de la Independencia. Soy escritor de novelas eróticas, esas que hacen que la gente se sonroje en el metro, pero nunca había tenido una musa de verdad. Hasta que la vi a ella, Sofia. Neta, wey, fue como si el mundo se detuviera. Estábamos en la Feria del Libro del Zócalo, rodeados de ese olor a tacos al pastor y libros viejos. Ella estaba en el stand de poesía, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como una promesa pecaminosa. Sus ojos negros me miraron y sentí un cosquilleo en la nuca, como electricidad estática antes de la lluvia.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo una chava, pero huele a jazmín y vainilla, y su risa suena como campanitas en el viento.

Me acerqué con mi libro bajo el brazo, fingiendo que buscaba una firma. "Oye, ¿has leído algo mío? Soy Alejandro, el de Deseos en la Noche." Ella sonrió, mostrando dientes perfectos, y tomó el libro. Sus dedos rozaron los míos, suaves como seda, y juro que olí su aliento a menta fresca. Hablamos horas, de García Márquez y de cómo el amor en los libros siempre es más intenso que en la vida real. Pero en sus ojos vi que no era solo charla. Me invitó a un café en la Alameda, y ahí empezó todo.

El segundo día, la invité a mi casa. "Ven, te muestro mi taller de escritura", le dije por WhatsApp. Llegó con jeans ajustados que marcaban su culo redondo y una blusa escotada que dejaba ver el valle entre sus senos. El departamento olía a café de olla y a las velas de vainilla que encendí para ambientar. Nos sentamos en el sofá, con una botella de mezcal artesanal de Oaxaca que sabe a humo y tierra fértil. Brindamos por las pasiones no contadas, y sus labios se humedecieron con el licor. Sentí su rodilla contra la mía, cálida, invitadora.

"¿Sabes? Siempre quise ser el escritor de diario de una pasion como los de las novelas antiguas", le confesé, mientras mi mano subía por su muslo. Ella no se apartó; al contrario, se acercó más, su aliento caliente en mi oreja. "Pues escribe la nuestra, carnal", murmuró con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Nos besamos entonces, lento al principio, saboreando el mezcal en su lengua. Sus labios eran carnosos, suaves, y gemía bajito cuando chupé su labio inferior. Mis manos exploraron su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo la blusa. Olía a deseo, a feromonas que llenaban la habitación.

Mierda, su boca sabe a gloria. Quiero devorarla entera, pero no apresurarme. Esta tensión es lo que hace que valga la pena.

La llevé a la cama sin dejar de besarla, tropezando con la alfombra como pendejos enamorados. La desvestí despacio, besando cada centímetro que revelaba. Sus senos eran perfectos, firmes, con pezones oscuros que se endurecieron al aire. Los lamí, sintiendo su sabor salado, mientras ella arqueaba la espalda y sus uñas se clavaban en mis hombros. "Ay, Alejandro, qué rico", jadeaba en ese español mexicano tan nuestro, con ese acento chilango que me volvía loco. Bajé por su vientre plano, oliendo su excitación, ese aroma almizclado que hace que cualquier hombre pierda la cabeza.

Pero no quería ir directo al grano. La volteé boca abajo, masajeando sus nalgas redondas, separándolas para besar la curva de su espalda. Ella se retorcía, pidiendo más con gemidos que resonaban en las paredes. "Tócame ahí, wey, no seas malo", suplicó. Mis dedos encontraron su humedad, resbaladiza y caliente, y la penetré despacio con dos, sintiendo cómo se contraía alrededor. Su clítoris era un botón hinchado, sensible; lo froté en círculos mientras lamía su cuello. El sonido de su respiración agitada, entrecortada, era música para mis oídos. Sudábamos juntos, el aire cargado de nuestro olor mezclado con el mezcal.

Me quitó la ropa con urgencia, arañando mi pecho. Mi verga estaba dura como piedra, palpitando por ella. "Mírala, qué chula", dijo admirándola, y se la metió a la boca sin aviso. Sentí su lengua caliente rodeándome, succionando con maestría, el sonido húmedo de su saliva. Casi me vengo ahí, pero me contuve, jalando su cabello negro para que subiera. "Ahora tú, Sofia. Quiero follarte como en mis libros." La puse encima, guiándola para que se sentara despacio. Su coño era apretado, envolviéndome en calor líquido. Gimió fuerte cuando la llené, moviéndose al ritmo de mis caderas.

Es como un sueño húmedo hecho realidad. Su calor me quema, sus paredes me aprietan. No aguanto más esta danza lenta.

La intensidad creció. La volteamos, yo arriba, embistiéndola profundo mientras besaba su boca. El colchón crujía bajo nosotros, sus piernas alrededor de mi cintura, talones clavados en mi culo empujándome más adentro. "Más fuerte, pendejo, dame todo", gritaba ella, y obedecí, sintiendo el slap-slap de piel contra piel. Sus senos rebotaban, sudor perlando su piel morena. Olía a sexo puro, a jazmín aplastado. Mi pulso tronaba en los oídos, el corazón latiendo al unísono con sus jadeos. La tensión se acumulaba, como una tormenta en el Popo.

Llegamos al clímax juntos. Ella primero, convulsionando, sus uñas en mi espalda, un grito ahogado que vibró en mi pecho. "¡Me vengo, cabrón!" Su coño se apretó como un puño, ordeñándome. Yo la seguí, explotando dentro de ella con un rugido, chorros calientes que la llenaron. Nos quedamos pegados, temblando, el sudor enfriándose en nuestra piel. Besos suaves después, lenguas perezosas saboreando el afterglow.

Ahora, acostados enredados en las sábanas revueltas, con el skyline de la CDMX brillando por la ventana, le leo un pedazo de este diario. Ella ríe, trazando círculos en mi pecho. "Eres el mejor escritor de diario de una pasion, amor. Esto apenas empieza." Y tiene razón. Esta pasión no es de un día; es eterna, como las pirámides de Teotihuacán bajo la luna. Mañana escribiremos más páginas, con cuerpos y almas entrelazados. Neta, qué chingón es la vida cuando encuentras a tu musa.

Fin de la primera noche. Pero no del diario. Hay mucho más por contar.

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