Pasión Cap 17 Fuego en la Piel
Ana sintió el sol del atardecer en Puerto Vallarta quemándole la piel mientras bajaba del taxi frente a la villa de Diego. El aire salado del Pacífico le llenaba los pulmones, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes blancas. Habían pasado dos semanas desde su última noche juntos, y el pendejo ese la había dejado con un vacío que solo él podía llenar. Pasión Cap 17, pensó, como si su historia de amor fuera una novela erótica que no paraba de escribirse.
La puerta se abrió antes de que tocara el timbre. Ahí estaba Diego, con su camisa guayabera entreabierta dejando ver el pecho moreno y musculoso, ese que tantas veces había lamido bajo la luna. Sus ojos cafés brillaban con esa picardía mexicana que la volvía loca. Órale, carnala, ¿ya extrañaste esto? dijo él con voz ronca, jalándola hacia adentro por la cintura. Sus manos grandes y callosas le apretaron las nalgas por encima del vestido ligero, y Ana soltó un gemido suave, sintiendo ya el calor subirle entre las piernas.
La villa era un paraíso: piscina infinita con vista al mar, muebles de mimbre y cojines mullidos, velas aromáticas a coco encendiéndose solas. Diego la llevó a la terraza, donde una mesa estaba puesta con tacos de mariscos frescos, guacamole cremoso y una botella de tequila reposado. El sonido de las olas rompiendo en la playa era como un latido constante, sincronizado con el pulso acelerado de Ana. Se sentaron cerca, sus rodillas rozándose, y cada mirada era una promesa de lo que vendría.
¿Por qué carajos me hace esperar tanto? Su olor a sal y hombre me tiene ya mojadita. Neta, si no me besa ya, lo agarro yo misma.
Comieron despacio, saboreando cada bocado. El jugo del camarón le resbalaba por los labios a Ana, y Diego lo limpió con el pulgar, metiéndoselo en la boca después. Ella lo chupó con malicia, saboreando la sal de su piel. Qué rico estás, cabrón, murmuró ella, y él rio bajito, esa risa grave que le erizaba la piel. Hablaron de tonterías: el pinche tráfico de la Ciudad de México, los chismes de amigos comunes, pero debajo de todo bullía la tensión. Sus pies se enredaban bajo la mesa, subiendo poco a poco por los muslos del otro.
Cuando el sol se hundió en el horizonte tiñendo el cielo de naranja y púrpura, Diego puso música ranchera sensual, de esas que invitan a pegar el cuerpo. La jaló a bailar en la terraza, sus caderas moviéndose al ritmo de El Rey. Ana sentía su verga dura presionando contra su vientre, y el roce la hacía jadear. Sus manos bajaron por su espalda, amasando sus nalgas, mientras ella le mordisqueaba el cuello, oliendo su sudor fresco mezclado con loción de sándalo.
No aguanto más, pensó Ana, pero se contuvo, dejando que la pasión creciera como una ola. Diego la besó entonces, un beso hambriento, lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y limón. Sus dientes chocaron, sus lenguas bailaron salvajes. La levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola adentro mientras ella le clavaba las uñas en los hombros.
En el dormitorio, la cama king size con sábanas de algodón egipcio los esperaba, iluminada por la luz tenue de lámparas de sal. Diego la tumbó con cuidado, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa despacio, dejando que Ana admirara cada músculo contraído, el vello oscuro bajando hasta el ombligo. Ella se incorporó para desabrocharle el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa que saltó dura como piedra. ¡Qué chingona! exclamó ella, acariciándola con las yemas de los dedos, sintiendo el pulso latiendo contra su palma.
Es mía esta noche. Toda la noche. Quiero que me haga gritar hasta que la playa nos oiga.
Diego le arrancó el vestido con un tirón juguetón, exponiendo sus tetas firmes y el tanga empapado. La miró como si fuera un manjar, lamiéndose los labios. Bajó la cabeza y chupó un pezón rosado, tirando con los dientes hasta que Ana arqueó la espalda, gimiendo alto. Su lengua trazaba círculos húmedos, el sonido de succión resonando en la habitación. El olor de su excitación flotaba pesado, almizclado y dulce, mientras sus dedos se colaban bajo el tanga, encontrando su concha resbaladiza.
Estás chorreando, mi reina, gruñó él, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Ana se retorcía, las caderas moviéndose solas, follándose sus dedos. El pasión cap 17 de su vida se escribía ahí, en cada embestida lenta y profunda. Él lamía su cuello, mordiendo suave, mientras su pulgar masajeaba el clítoris hinchado. Ella lo jaló del pelo, obligándolo a mirarla. Cómeme, Diego. Quiero tu lengua ya.
Él obedeció, bajando como un lobo hambriento. Le arrancó el tanga y sepazó sus muslos temblorosos. El primer lametón fue eléctrico: lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando sus jugos salados. Ana gritó, agarrando las sábanas. Él chupaba con hambre, metiendo la lengua adentro, succionando el clítoris como si fuera caramelo. Sus bolas peludas rozaban sus piernas, y ella sentía el calor de su verga goteando pre-semen en la cama. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, gemidos ahogados, su respiración jadeante contra su piel sensible.
La tensión crecía como una tormenta. Ana sentía el orgasmo acercándose, pero quería más. Lo empujó hacia arriba, montándolo a horcajadas. Su verga se hundió en ella de un solo golpe, estirándola deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande! jadeó, comenzando a cabalgarlo lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. Diego le amasaba las tetas, pellizcando pezones, gruñendo ¡Fóllame más duro, morra!.
El ritmo se aceleró. Ana rebotaba con fuerza, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus gritos. Sudor les corría por los cuerpos, oliendo a sexo puro. Él la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás como un animal. Sus bolas chocaban contra su clítoris con cada estocada profunda, y Ana se mordía el labio hasta sangrar un poquito, el dolor mezclándose con el placer. ¡Más! ¡Dame todo! suplicaba ella, y él la complacía, una mano en su cadera, la otra restregando su clítoris.
El clímax la golpeó como un rayo. Su concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras ondas de placer la sacudían entera. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, jugos chorreando por sus muslos. Diego no tardó: con un rugido gutural, se corrió adentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Se derrumbó sobre ella, besándole la espalda sudorosa, sus corazones latiendo al unísono.
Se quedaron así un rato, enredados, respirando el olor almizclado de sus cuerpos unidos. Diego salió despacio, y Ana sintió su semen escurrir tibio. Él la volteó, limpiándola con la lengua juguetona, haciéndola reír y gemir de nuevo. Se acurrucaron bajo las sábanas, el mar susurrando afuera.
Esto es Pasión Cap 17, pero sé que habrá más. Con él, siempre hay más.
Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón calmarse. Hablaron bajito de sueños futuros: viajes a la Riviera Maya, noches como esta eternas. El afterglow los envolvía como una manta cálida, piel contra piel, sabores persistiendo en sus bocas. En ese momento, todo era perfecto, puro fuego que no se apagaba.