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Pasión de Cristo Canciones Ardientes

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Pasión de Cristo Canciones Ardientes

La noche de Jueves Santo en mi pueblo de Guanajuato estaba cargada de un aire espeso, como si el incienso de las procesiones se hubiera metido hasta los huesos. Las canciones de la Pasión de Cristo resonaban por las calles empedradas, voces graves y dolientes que hablaban de clavos, espinas y redención. Yo, Ana, caminaba entre la multitud con mi rebozo negro sobre los hombros, el corazón latiéndome fuerte no solo por la devoción, sino por él. Marco, mi carnal de toda la vida, el wey que me había hecho mujer años atrás y que ahora volvía a encender esa chispa prohibida.

Lo vi de lejos, recargado en una esquina cerca de la parroquia, con su camisa blanca pegada al pecho por el sudor de la noche calurosa. Sus ojos oscuros me buscaron entre la gente, y cuando se cruzaron con los míos, sentí un cosquilleo en la piel, como si las velas de los altares me lamieran el cuello. Órale, Ana, no seas pendeja, me dije, pero mis pies ya se movían hacia él, ignorando el rosario que apretaba en la mano.

"¿Qué onda, morra?" murmuró cuando llegué, su voz ronca compitiendo con el coro que entonaba "Perdona a tu pueblo, Señor". Su aliento olía a mezcal escondido en el bolsillo, dulce y ahumado, y su mano rozó la mía disimuladamente. El toque fue eléctrico, un fuego que subió por mi brazo hasta el pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo el vestido de luto.

No puedo, no aquí, con toda la gente clamando por el Cristo sufriente. Pero neta, su mirada me dice que esta noche seremos nosotros los que suframos de placer.

Nos escabullimos por un callejón angosto, lejos de las antorchas y los pasos lentos de la procesión. El eco de las pasión de Cristo canciones nos seguía como un secreto compartido, transformando el lamento en promesa de éxtasis. Llegamos a la casita de sus tíos, vacía por la vigilia, y él cerró la puerta con un clic que sonó a liberación.

Acto primero de nuestra propia pasión: nos quedamos mirándonos en la penumbra de la sala, iluminados solo por la luna que se colaba por la ventana. "Te extrañé, Ana", dijo, quitándose la camisa despacio, revelando el pecho moreno y musculoso, marcado por el sol de los campos. Olía a tierra húmeda y hombre, un aroma que me hacía agua la boca. Me acerqué, temblando un poco, y tracé con los dedos sus abdominales, sintiendo el calor de su piel bajo mis yemas, el leve vello que me erizaba la palma.

"Yo también, wey. Pero esto está chido, ¿no?" respondí, mi voz un susurro juguetón. Él sonrió, esa sonrisa pícara que siempre me derretía, y me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, labios secos por el viento de la noche probando el sabor salado del sudor. Luego, la lengua de él invadió mi boca, caliente y demandante, saboreando a tequila y deseo reprimido. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro, mientras el sonido distante de las canciones nos envolvía como un manto pecaminoso.

La tensión crecía como la procesión que subía la colina: lenta, inevitable. Sus manos bajaron por mi espalda, desatando el rebozo que cayó al suelo con un susurro de tela. Me levantó el vestido, acariciando mis muslos con palmas ásperas de trabajador, y yo arqueé la espalda, sintiendo el roce de sus callos como fuego en mi piel sensible. ¡Qué rico se siente su toque, como si cada roce fuera una oración a mi cuerpo!

En el medio de nuestra noche, la intensidad subió de tono. Me llevó a la recámara, donde la cama crujía bajo nuestro peso ansioso. Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando despacio hasta el borde de mis calzones. El aire olía a jazmín del patio y a mi propia excitación, ese musk dulce que lo volvía loco. "Déjame adorarte, mi Virgen de la Pasión", bromeó con voz grave, y yo reí, pero el riso se convirtió en jadeo cuando su boca encontró mi chochito a través de la tela húmeda.

Lo empujé al colchón, queriendo tomar el control. "Ahora yo, carnal". Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, con venas que latían como tambores de la procesión. La tomé en la mano, sintiendo su calor vivo, el terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Él gruñó, "¡Ay, pinche morra, me vas a matar!", sus caderas alzándose hacia mi boca. Chupé con hambre, la lengua girando alrededor del glande, mientras mis dedos masajeaban sus huevos pesados.

Las canciones de la Pasión de Cristo suenan lejanas, pero en mi cabeza las canto para él: "Clávame tu amor, Señor", y él es mi Cristo de carne y hueso.

El conflicto interno me carcomía: la culpa por profanar la noche santa, el miedo a que alguien nos oyera, pero el deseo lo aplastaba todo. Me subí encima de él, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándonos mutuamente. El roce era tortura deliciosa, piel contra piel resbaladiza, mis jugos mezclándose con los suyos. "Entra en mí, Marco, ya no aguanto", supliqué, y él obedeció, guiándome hacia abajo con manos firmes en mis caderas.

La penetración fue lenta, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Grité bajito, mordiéndome el labio, mientras él gemía mi nombre. Empezamos a movernos, un ritmo hipnótico como las marchas fúnebres afuera: yo cabalgándolo, pechos rebotando, él apretando mi culo, clavándome los dedos. El sudor nos unía, goteando entre nuestros cuerpos, el sonido de carne chocando contra carne ahogando las pasión de Cristo canciones.

Subimos la intensidad, cambiando posiciones. Me puso a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada, su vientre golpeando mis nalgas, el placer subiendo en oleadas. "¡Más duro, wey, chíngame como hombre!" le pedí, y él lo hizo, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de mi pelo. Olía a sexo puro, a almizcle y pasión desatada, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

El clímax nos alcanzó como el trueno de una tormenta sobre las sierras: yo primero, explotando en espasmos, el orgasmo recorriéndome como fuego santo, gritando su nombre mientras mi concha lo ordeñaba. Él se vino segundos después, caliente y abundante dentro de mí, rugiendo como un animal liberado. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones tronando.

En el afterglow, yacíamos enredados bajo la sábana fina, el eco de las canciones apagándose al amanecer. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, suave ahora, tierno. "Esto fue lo más chingón de mi vida, Ana", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos encontrado nuestra propia redención.

La Pasión de Cristo no es solo sufrimiento; en sus canciones, hallamos el placer eterno. Y nosotros, pecadores felices, lo viviremos de nuevo.

Nos vestimos en silencio, robándonos besos robados antes de salir a la calle ya vacía. La procesión había terminado, pero nuestra historia apenas empezaba, marcada por esas pasión de Cristo canciones que ahora cantábamos en la piel.

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