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Pasión Imagen

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Pasión Imagen

Entré al estudio de fotografía en Polanco con el corazón latiéndome a mil por hora. El aire olía a café recién molido mezclado con un toque de perfume masculino, ese que te hace sentir cosquillas en la piel. Marco, el fotógrafo, me había contactado por Instagram después de ver mis fotos casuales en la playa de Cancún. Neta, pensé, este wey sabe capturar la esencia. Me dijo que quería hacer una serie llamada Pasión Imagen, algo sobre la mujer mexicana en su forma más pura y ardiente. Órale, sonaba chido.

Él estaba ahí, ajustando las luces suaves que bañaban la habitación en un glow dorado como el atardecer en el Zócalo. Alto, con barba recortada y ojos cafés que te desnudan sin tocarte. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que... bueno, digamos que no dejaban mucho a la imaginación.

¿Y si esto sale mal? ¿Y si me arrepiento? Me repetí mientras me quitaba la chamarra ligera. Pero su sonrisa, carnal, me tranquilizó. No, Ana, esto es tuyo. Tú decides.

—Ven, siéntate aquí —me dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar—. Vamos a platicar antes de empezar. Quiero que te sientas cómoda.

Nos sentamos en un sofá de terciopelo rojo, el tacto suave rozando mis piernas desnudas bajo la falda corta. Hablamos de todo: de la vida en la CDMX, del pinche tráfico, de cómo el tequila nos hace sentir vivos. Su risa era contagiosa, y poco a poco, el nerviosismo se convirtió en un calorcito bajito en el estómago. Me miró fijo y dijo:

—Tienes una pasión imagen natural, Ana. Esa luz en tus ojos, esa curva en tu cintura... es fuego puro.

Me sonrojé, pero no aparté la vista. Ese cumplido me prendió como cerillo en gasolina.

Empezamos la sesión. Primero, ropa puesta: poses casuales contra la pared blanca, el clic de la cámara como un latido acelerado. El sonido del obturador me erizaba la piel, y cada vez que se acercaba para ajustar mi postura —sus dedos rozando mi hombro, mi cadera— sentía chispas. Olía a él: jabón fresco y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—Más sensual, mija. Imagina que estás sola, tocándote para ti misma —susurró al oído, su aliento caliente en mi cuello.

¡Ay, wey! ¿Cómo no voy a mojarme con eso?

La tensión crecía con cada foto. Me quitó la blusa despacio, con mi permiso, claro. Sus manos temblaban un poquito, lo que me hizo sentir poderosa. Quedé en bra de encaje negro, mis pezones endureciéndose bajo la tela por el aire acondicionado y su mirada hambrienta. El estudio se sentía más chico, más íntimo. El zumbido de las luces, el olor a mi propia excitación empezando a mezclarse con el suyo.

Pasamos al diván cubierto de sábanas blancas, suaves como nubes. Poses más osadas: de rodillas, arqueando la espalda, dejando que la falda se subiera revelando el borde de mis panties. Cada clic era una caricia invisible. Marco jadeaba bajito, su frente perlada de sudor. Yo sentía mi pulso en las ingles, un pulso caliente y húmedo.

Para, Marco —dije al fin, incorporándome—. No aguanto más. Esto ya no es solo fotos.

Él dejó la cámara en la mesa con un golpe seco. Sus ojos eran brasas.

—Dime qué quieres, Ana. Todo tuyo.

Lo jalé por la camiseta, sintiendo los músculos duros bajo mis palmas. Nuestros labios chocaron como tormenta: besos urgentes, lenguas danzando con sabor a menta y deseo. Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis tetas pesadas. Las amasó suave al principio, luego con hambre, chupando un pezón mientras gemía mi nombre. ¡Qué rico, cabrón! El roce de su barba en mi piel sensible me hacía arquearme.

Lo empujé al diván, montándome encima. Le bajé los jeans, liberando su verga dura, gruesa, latiendo contra mi mano. La piel sedosa, venas prominentes, el olor almizclado de macho excitado. La acaricié despacio, sintiendo cómo se hinchaba más. Él gruñó, manos en mis caderas, quitándome la falda y las panties de un tirón. Mi coño estaba empapado, labios hinchados rogando atención.

Esto es pasión imagen viva, no en una foto. Quiero grabarlo en la piel.

Me guió hacia abajo, su lengua explorando mis pliegues. Lamidas lentas, saboreando mi jugo dulce y salado. Chupó mi clítoris como si fuera el último dulce del mundo, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hace ver estrellas. Grité, uñas en su pelo, caderas moviéndose solas. El sonido de su boca chupando, mis gemidos rebotando en las paredes, el sudor goteando entre nosotros.

—Te quiero adentro, ya —jadeé, volteándome para cabalgarlo.

Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Estirándome delicioso, paredes apretándolo como guante. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando el roce, el choque de piel contra piel. Sus manos en mi culo, guiándome, pellizcando. Aceleré, tetas rebotando, pelo volando. Él se incorporó, mamando mis pechos mientras yo lo montaba como yegua salvaje.

¡Más fuerte, Ana! ¡Eres fuego! —rugió, embistiéndome desde abajo.

El clímax llegó como avalancha: mi coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojándolo todo. Él me siguió segundos después, gruñendo profundo, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables. Colapsamos juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo puro, a nosotros.

Después, enredados en las sábanas, él tomó la cámara de nuevo. Pero esta vez, fotos de afterglow: mi sonrisa satisfecha, su mano en mi muslo, marcas rojas en su espalda de mis uñas. Pasión imagen, pero ahora eterna en la memoria.

—Esto fue lo mejor que he capturado —murmuró, besándome la frente.

Sí, wey. Y apenas empieza.

Salí del estudio con las piernas temblorosas, pero el alma plena. La CDMX bullía afuera: cláxones, vendedores de elotes, vida palpitante. Yo llevaba mi propia pasión imagen grabada en el cuerpo, lista para más.

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