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Cancion de Pasion Prohibida

8239 palabras

Cancion de Pasion Prohibida

La noche en el pueblo de San Miguel olía a jazmines frescos y a tortillas recién hechas. Yo, Ana, caminaba por la plaza principal con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Mi marido, Pedro, estaba en casa con su cerveza y su tele, pero yo necesitaba aire, neta, un rato para mí. La fiesta patronal estaba en su apogeo: luces de colores parpadeando, risas de chavos y chavas bailando al ritmo de la banda. El sudor me perlaba la piel bajo el vestido floreado que me ceñía las curvas como un guante.

Entonces lo vi. Javier, el guitarrista itinerante que acababa de llegar al pueblo. Alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el cielo ranchero. Tocaba en el kiosco, sus dedos volando sobre las cuerdas de su guitarra acústica. La multitud se arremolinaba, pero yo me quedé clavada, sintiendo un cosquilleo en el estómago que subía hasta mis pechos. ¿Qué carajos me pasa? pensé, mientras el aroma de su colonia varonil se mezclaba con el humo de los elotes asados.

—Órale, güerita, ¿te late mi música? —me gritó desde el escenario, con una sonrisa pícara que me derritió las rodillas.

Le contesté con una risa nerviosa, el pulso acelerado. Pedro nunca me miraba así, como si yo fuera el centro del mundo. Javier dedicó la siguiente rola a "la morra de ojos café que me quitó el aliento". Y empezó a tocar cancion de pasion prohibida, una melodía ronca, llena de notas que se enredaban como caricias secretas. Las letras hablaban de amores que queman por dentro, de besos robados en la oscuridad. Mi piel se erizó, el calor entre mis muslos se hizo insoportable.

Al final de su set, bajó del kiosco y se acercó. Su mano rozó la mía al darme la bienvenida, un toque eléctrico que me dejó temblando.

—Soy Javier, carnal. ¿Y tú, qué nombre le pusiste a esa chulada de cuerpo?

—Ana —susurré, mordiéndome el labio—. Me gustó tu cancion de pasion prohibida. Neta, me llegó hasta el alma.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Él olía a tierra mojada y a deseo puro. Me contó que la canción la compuso por una vieja que no pudo tener, prohibida por la familia. Yo asentí, pensando en mi propia jaula dorada con Pedro. La tensión crecía, como el preludio de una tormenta en el desierto sonorense.

Al día siguiente, no pude sacármelo de la cabeza. Lavando los trastes, sentía sus dedos imaginarios en mi cintura. Pedro ni cuenta se avivó; salió a trabajar como siempre. Mandé un mensajito a Javier —había conseguido su número en la fiesta—. "¿Otra rola como la de anoche?"

Me contestó al instante: "Ven al rancho viejo al atardecer. Te canto en privado." El corazón me saltó. Esto es una pendejada, me dije, pero mis pies ya volaban hacia allá. El sol poniente teñía el cielo de rojo pasión, el aire cargado de eucaliptos y promesas.

Llegó en su troca destartalada, con la guitarra al hombro. Me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida, su pecho duro contra mis tetas suaves. Olía a jabón fresco y a hombre listo para devorar.

Nos sentamos en una cobija bajo un mezquite. Empezó a tocar de nuevo cancion de pasion prohibida, su voz grave envolviéndome como humo de tabaco. Cantaba de labios que se buscan en secreto, de cuerpos que arden sin remedio. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa, el calor húmedo entre las piernas me traicionaba.

Si me toca, me rindo. Neta, lo quiero dentro de mí, rompiendo todas las reglas.

Terminó la canción y me miró fijo.

—Ana, desde que te vi, siento que esta cancion de pasion prohibida es para nosotros. ¿Quieres prohibirnos o quemarnos juntos?

Lo besé. Sus labios eran fuego, su lengua danzando con la mía, sabor a tequila y miel. Gemí bajito cuando sus manos me apretaron las nalgas, firmes y posesivas. Me recostó en la cobija, el pasto crujiendo bajo nosotros. El viento susurraba secretos, el sol nos lamía con sus últimos rayos.

La cosa escaló rápido, pero con una dulzura que me volvía loca. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi clítoris. Olía mi aroma de mujer excitada, mezclado con el de la tierra seca.

—Eres una chingona, Ana. Mira cómo te pones por mí —murmuró, mientras lamía mis tetas, chupando los pezones hasta que dolían de placer.

Yo le bajé los jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas latiendo como mi propio corazón. Wey, qué pedazo de hombre, pensé, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando su salmuera masculina. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas. El aire fresco me rozaba el culo expuesto, vulnerable y ansioso. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi coño mojado.

—Estás chorreando, mi reina. Todo para mí.

Su lengua se hundió en mí, lamiendo lento, saboreando mis jugos. Gemí fuerte, el placer subiendo en oleadas. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, frotando mi punto G mientras chupaba mi clítoris. El mundo se volvió borroso, solo existían sus caricias, el sonido de mi propia respiración jadeante, el olor a sexo crudo.

No puedo más. Lo necesito ya, llenándome hasta reventar.

Me penetró de un solo empujón, su verga estirándome deliciosamente. Empezamos a movernos al ritmo de esa cancion de pasion prohibida que aún resonaba en mi mente. Sus caderas chocando contra mi culo, piel contra piel, sudor resbalando. Él me agarraba las tetas desde atrás, pellizcando, mientras yo empujaba hacia él, queriendo más profundo.

—¡Sí, Javier, así, cabrón! ¡Dame todo! —grité, perdida en la locura.

Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, mis uñas clavándose en su pecho. Lo veía sudar, los músculos tensos, sus ojos clavados en los míos. El orgasmo me alcanzó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, apretándolo con mi coño mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como fiera.

Nos quedamos tirados en la cobija, jadeando, el sol ya oculto dejando estrellas testigos. Su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas.

—Esto fue chido, Ana. Pero prohibido sabe mejor, ¿no? —dijo, besándome la frente.

Asentí, con una sonrisa perezosa. Pedro nunca sabrá, y si sabe, ya valió. Por primera vez en años, me sentía viva, empoderada, dueña de mi pasión.

Regresé a casa con el cuerpo adolorido de placer, el alma en llamas. Cada noche después, nos veíamos en secreto: en su rancho, en mi coche estacionado en caminos polvorientos. La cancion de pasion prohibida se volvió nuestro himno, tocada en susurros antes de devorarnos mutuamente.

Una vez, en la cama de mi casa mientras Pedro roncaba en el sofá, Javier me visitó por la ventana. Me folló contra la pared, tapándome la boca para no gritar. Su verga entrando y saliendo, mis piernas enredadas en su cintura, el riesgo haciendo todo más intenso. Sudor goteando, olores mezclados, placer prohibido multiplicado.

Pero llegó el día en que supe que no era solo carne. Después de un polvo lento, mirándonos a los ojos mientras él me penetraba suave, susurró:

—Te quiero más que a mi guitarra, morra. Déjalo todo y ven conmigo.

Lloré de emoción, mi cuerpo temblando bajo el suyo. El clímax nos unió como nunca, un estallido de almas.

Al final, elegí la pasión. Empaqué mis cosas, dejé una nota a Pedro —"Perdón, carnal, pero encontré mi fuego"—. Javier y yo nos fuimos en su troca rumbo a la playa de Puerto Vallarta, guitarra en mano, listos para cantar nuestra propia cancion de pasion prohibida sin cadenas.

Ahora, cada amanecer, despierta a su lado, su piel cálida contra la mía, el mar rugiendo como fondo. El deseo no se apaga; crece, mutuo, libre. Neta, esto es vida.

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