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Cañaveral de Pasiones Capitulo 43 Fuego Oculto en la Caña

7691 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 43 Fuego Oculto en la Caña

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones en Veracruz, donde las hojas verdes y afiladas se mecían como un mar vivo con la brisa caliente. Ana sentía el sudor resbalando por su espalda, empapando la blusa ajustada que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Cada paso entre los tallos altos crujía bajo sus botas, y el aroma dulce de la caña madura se mezclaba con el olor terroso de la tierra húmeda. Llevaba años trabajando aquí, en esta finca familiar, pero hoy todo parecía diferente. Su corazón latía con fuerza, no solo por el calor, sino por él. Miguel, el capataz nuevo, con esos ojos negros que prometían travesuras y un cuerpo forjado por el trabajo rudo.

Desde la mañana, Ana no podía quitárselo de la cabeza. ¿Por qué carajos me pongo así con ese wey? pensó, mordiéndose el labio mientras cortaba un manojo de caña con el machete. Recordaba la noche anterior, cuando sus miradas se cruzaron en la cantina del pueblo. Él le había guiñado un ojo, y ella sintió un cosquilleo entre las piernas que la dejó mojadita toda la noche. Ahora, en este cañaveral de pasiones capitulo 43 de su vida, como si fuera una novela que ella misma escribía, el deseo ardía más fuerte que nunca.

De repente, oyó pasos entre las varas. Se giró, machete en mano, y ahí estaba Miguel, con la camisa abierta hasta el pecho, revelando músculos bronceados y brillantes de sudor. ¡Órale, qué chulo se ve el cabrón! Su sonrisa pícara iluminó el verde del cañaveral.

"¿Qué onda, Ana? ¿Ya te cansaste de tanto cortar o nomás andas buscando excusas pa' verte?" dijo él con esa voz grave que le erizaba la piel.

Ella soltó una risa nerviosa, bajando el machete. "No seas pendejo, Miguel. Aquí todos sudamos la gota gorda. ¿Y tú qué? ¿Vienes a supervisar o a distraerme?"

Él se acercó, tan cerca que Ana pudo oler su aroma: mezcla de jabón barato, sudor masculino y algo salvaje, como el viento del trópico. Sus manos rozaron las de ella al tomar el machete. "Déjame ayudarte, nena. Este cañaveral de pasiones necesita manos expertas... como las tuyas."

Ana sintió un calor subirle por el vientre. El roce de sus dedos era eléctrico, y el sonido de sus respiraciones entrecortadas se perdía en el susurro de las hojas. No era la primera vez que flirteaban, pero hoy el aire estaba cargado, como antes de una tormenta.

Dejaron los machetes a un lado y caminaron más adentro del cañaveral, donde los tallos formaban un laberinto privado. El sol filtraba rayos dorados a través de las hojas, pintando sus cuerpos con manchas de luz y sombra. Miguel la tomó de la mano, su palma callosa contra la suavidad de la de ella. "Ana, no aguanto más. Desde que te vi esta mañana, con esa falda pegadita, nomás pienso en tenerte así, solita conmigo."

Ella lo miró a los ojos, el pulso acelerado.

¡Ay, Dios, qué rico se siente esto! ¿Y si nos cachan? Pero qué chingados, ya valió, lo quiero ya.
"Miguel, mi amor, esto es una locura. Pero neta, yo también te deseo. Ven, abrázame."

Se fundieron en un beso hambriento. Sus labios se devoraban con urgencia, saboreando el salado del sudor y el dulzor de la caña que masticaban a veces para refrescarse. La lengua de él exploraba su boca, y Ana gemía bajito, sintiendo cómo sus pechos se aplastaban contra el torso duro de Miguel. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo la falda. El roce de la tela contra su piel era áspero, excitante.

Miguel la empujó suavemente contra un tallo grueso, las hojas rasguñando levemente su piel, un dolorcillo placentero que avivaba el fuego. "Estás mojada, ¿verdad, reina? Siento tu calor a través de la ropa." Sus dedos se colaron bajo la falda, rozando sus bragas empapadas. Ana jadeó, el sonido ahogado por el viento que agitaba el cañaveral.

"Sí, cabrón, estoy chorreando por ti. Tócala, por favor." Ella arqueó la espalda, el olor de su propia excitación mezclándose con el dulzor pegajoso de la caña. Miguel deslizó las bragas a un lado, sus dedos gruesos encontrando su clítoris hinchado. Lo masajeó con círculos lentos, haciendo que Ana temblara, sus muslos apretándose alrededor de su mano. Cada roce era una descarga, el sonido húmedo de sus jugos era música para sus oídos.

Pero querían más. Ana le desabrochó el cinturón con manos temblorosas, liberando su verga dura, palpitante, gruesa como un tallo de caña. La tomó en su mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. "¡Qué pinga tan rica, Miguel! Dámela en la boca." Se arrodilló en la tierra blanda, el olor fértil subiendo a su nariz. Lamio la punta, saboreando el pre-semen salado, luego lo engulló profundo, chupando con avidez. Él gruñó, enredando los dedos en su cabello oscuro, el sabor de él llenándole la boca mientras el cañaveral susurraba a su alrededor.

"Para, corazón, o me vengo ya. Quiero follarte como se debe." La levantó, girándola contra los tallos. Le subió la falda y arrancó las bragas con un tirón juguetón. Ana sintió el aire caliente en su coño expuesto, vulnerable y ansioso. Miguel se posicionó atrás, frotando su verga contra sus nalgas redondas, el glande resbalando por sus labios húmedos.

"Métemela ya, pendejo, no me hagas rogar." Ella empujó hacia atrás, y él la penetró de un solo golpe, llenándola por completo. ¡Ay, qué rico! Tan gruesa, tan profunda. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente. Comenzaron a moverse, él embistiendo con ritmo creciente, el slap-slap de sus cuerpos chocando contra el crujir de las hojas. Ana clavó las uñas en un tallo, el jugo pegajoso de la caña manchando sus dedos.

El sudor les chorreaba, mezclándose, el olor almizclado de sus sexos impregnando el aire. Miguel le mordisqueaba el cuello, susurrando guarradas al oído: "Tu panocha es la más rica del mundo, Ana. Apriétame más, mami." Ella respondía gimiendo, "¡Fóllame más duro, wey! Siente cómo te ordeño." La tensión subía, sus corazones retumbando como tambores, el clímax acercándose como una ola inevitable.

Cambiaron de posición; Ana se recostó en un claro de tierra suave, piernas abiertas, invitándolo. Él se hundió de nuevo, esta vez mirándose a los ojos, sus pechos rebotando con cada estocada. Tocó su clítoris mientras la follaba, círculos rápidos que la volvían loca. "¡Me vengo, Miguel! ¡No pares!" gritó ella, el orgasmo explotando en oleadas, su coño contrayéndose alrededor de él, jugos salpicando sus muslos.

Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente que se derramaba fuera, pegajoso y abundante. Colapsaron juntos, respiraciones agitadas, cuerpos entrelazados en el suelo cálido. El cañaveral los envolvía como un secreto compartido, el viento secando su sudor lentamente.

Después, tendidos bajo las hojas, Miguel le acariciaba el cabello. "Esto fue el mejor cañaveral de pasiones capitulo 43, Ana. ¿Seguimos con el 44?"

Ella sonrió, besándolo suave.

Neta, este wey me tiene loca. Y no quiero que pare nunca.
"Claro que sí, amor. Aquí en nuestro paraíso de caña, las pasiones no se acaban."

Se levantaron despacio, arreglándose la ropa con risas cómplices, el atardecer tiñendo el cielo de rojos apasionados. Caminaron de vuelta, mano a mano, sabiendo que el cañaveral guardaría su secreto, listo para más capítulos de puro fuego.

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