Abismo de Pasion Capitulo 142 La Sumersion Total
Valeria se recargaba en la barandilla del balcón de su villa en Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo el Pacífico de un naranja ardiente que se reflejaba en su piel morena. El aire salado del mar le rozaba las piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón, y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas era como un latido constante, eco de su propio corazón acelerado. Hacía semanas que no veía a Alejandro, su amante secreto, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Él llegaba esa noche, y el abismo de pasion que los unía estaba a punto de abrirse de nuevo.
Desde que se conocieron en esa fiesta en Polanco, su relación había sido un torbellino de deseo prohibido. Ambos casados, pero infelices, habían encontrado en el otro un refugio de placer puro. "Neta, Valeria, eres mi vicio", le había dicho él la última vez, con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella sonrió recordándolo, sintiendo ya el calor entre sus muslos. Bajó al interior de la villa, el aroma a jazmín fresco de las flores que había puesto en jarrones inundando el aire. Preparó una botella de tequila reposado, el cristal helado sudando gotas que imaginó resbalando por su cuerpo.
¿Y si esta vez nos perdemos del todo? ¿Si el abismo nos traga?
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Alejandro, alto, con el pecho ancho bajo la camisa blanca desabotonada, el cabello negro revuelto por el viento. Sus ojos oscuros la devoraron al instante. "Mamacita", murmuró, cerrando la distancia en tres zancadas. Sus manos grandes la tomaron por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Valeria inhaló su olor, mezcla de colonia cara y sal marina, y un gemido escapó de sus labios cuando sus bocas se encontraron. El beso fue feroz, lenguas enredándose con urgencia, el sabor a menta de su aliento mezclándose con el dulzor de su saliva.
Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa de la cocina de granito frío que contrastaba con el fuego de su piel. "Te extrañé tanto, carnal", jadeó ella, mordisqueando su labio inferior mientras sus dedos desabotonaban su camisa. La tela cayó al suelo con un susurro, revelando el torso musculoso, marcado por el gimnasio que él frecuentaba en la Condesa. Valeria pasó las uñas por su pecho, sintiendo los vellos rizados bajo sus yemas, el latido fuerte de su corazón bajo la palma. Alejandro gruñó, bajando los tirantes de su vestido, exponiendo sus pechos llenos, los pezones ya duros como piedritas.
El deseo inicial era como una corriente subterránea, pero ahora subía a la superficie. Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, el vestido subido hasta la cadera, y besó el interior de sus muslos, la piel sensible temblando. "Qué rica hueles, mi reina", dijo, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación. Valeria se arqueó, el granito raspando su espalda, mientras la lengua de él lamía despacio, trazando círculos en su piel hasta llegar a la tela húmeda de sus panties. Ella empujó las caderas hacia adelante, ansiosa. Pinche wey, no me hagas esperar, pensó, pero solo jadeó: "Sí, ahí, amor".
Alejandro deslizó la prenda a un lado, exponiendo su panocha depilada, reluciente de jugos. Su lengua la invadió, plana y caliente, lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su esencia salada y dulce. Valeria gritó, el sonido reverberando en la villa vacía, sus manos enredándose en el cabello de él, tirando con fuerza. Cada lamida era un rayo de placer, el sonido húmedo de su boca chupando mezclado con sus gemidos guturales. Él metió dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, el squish squish obsceno llenando el aire.
Esto es el capitulo 142 de nuestro abismo de pasion, cada vez más hondo, más adictivo
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Valeria lo jaló hacia arriba, besándolo con hambre, probando su propio sabor en su lengua. "Quítate todo, pendejo", ordenó juguetona, y él obedeció, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta ya brillando de precum. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbó despacio, el sonido de la piel deslizándose, mientras él lamía sus pezones, mordiéndolos suave hasta que dolía rico.
La llevaron al sofá de la sala, piel contra piel, sudados ya. Alejandro se recostó, y ella se montó a horcajadas, frotando su concha mojada contra su verga, lubricándola. "Métemela ya", suplicó ella, y él obedeció, guiándola con las manos en sus caderas. La penetración fue lenta, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Valeria gritó de placer, el relleno completo haciendo que sus paredes internas se contrajeran. Comenzó a moverse, arriba y abajo, el slap slap de sus cuerpos chocando, el olor a sexo impregnando el aire.
Él la embestía desde abajo, fuerte, sus bolas golpeando su culo con cada thrust. "¡Qué chingona te sientes, Valeria! Tan apretadita", gruñó, pellizcando sus nalgas. Ella cabalgaba más rápido, los pechos rebotando, sudor resbalando por su espalda. El clímax se acercaba, una espiral de calor en su vientre. Sus pensamientos eran un torbellino: Esto es nuestro abismo, y no quiero salir nunca. Cambiaron de posición, él detrás de ella en el sofá, una mano en su clítoris frotando furioso, la otra tirando de su cabello. La follaba como animal, profundo, el sonido de piel húmeda contra piel, sus jadeos mezclados con "¡Sí, carnal! ¡Más duro!".
La intensidad psicológica era igual de abrumadora. Recordaba sus vidas separadas –él con su esposa fría, ella con un marido ausente–, pero aquí, en este momento, eran libres. "Te amo en este abismo de pasion", susurró él al oído, mordiendo el lóbulo. Eso la rompió. El orgasmo la golpeó como una ola gigante, su concha convulsionando alrededor de su verga, chorros de squirt empapando el sofá. Gritó su nombre, el mundo explotando en luces blancas, el cuerpo temblando incontrolable.
Alejandro la siguió segundos después, embistiéndola con rugidos, llenándola de su leche caliente, pulso tras pulso. Colapsaron juntos, él aún dentro, besos suaves ahora, lenguas perezosas. El afterglow era dulce, sus cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, el aroma a sexo y mar flotando. Valeria se giró en sus brazos, trazando círculos en su pecho con el dedo.
"Capitulo 142 completado, mi amor", murmuró ella, riendo bajito. Él la besó la frente, el corazón latiendo calmado contra el suyo. "Y hay miles más por venir". Afuera, la noche había caído, estrellas brillando sobre el Pacífico, testigos mudos de su rendición total. En ese abismo, habían encontrado el paraíso.