Noche de Pasion y Sexo Inolvidable
La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto de terciopelo negro, salpicado de luces neón que parpadeaban desde los rooftops de Polanco. Ana se miró en el espejo del baño de su departamento, ajustándose el escote de ese vestido rojo ceñido que le hacía sentir como una diosa. Órale, esta noche voy a romperla, pensó, mientras el aroma de su perfume de jazmín y vainilla invadía el aire. Hacía meses que no salía, desde que su ex, ese pendejo infiel, la había dejado por una tipa del gym. Pero hoy, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, decidió que era hora de una noche de pasion y sexo que borrara todo rastro de tristeza.
El bar en la azotea del hotel estaba a reventar de gente guapa, risas y copas tintineando. El viento fresco traía el olor a tacos de la calle abajo, mezclado con el humo de cigarros caros. Ana pidió un margarita helado, el limón fresco explotando en su lengua mientras sorbía, y ahí lo vio: Javier, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver un pecho tatuado con un águila mexicana. Estaba recargado en la barandilla, platicando con unos cuates, pero sus ojos oscuros se clavaron en ella como si ya la conocieran de toda la vida.
¿Qué pedo? Ese vato me está comiendo con la mirada, se dijo Ana, sintiendo un cosquilleo subirle por las piernas. Él se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia masculina y tequila reposado.
—Qué onda, preciosa. ¿Vienes sola o traes escolta? —dijo él, con esa voz grave que le erizaba la piel.
—Sola y lista pa’l desmadre, guapo —respondió ella, guiñándole un ojo. Charlaron de todo: de la pinche tráfico de la Roma, de cómo el pozole de su abuelita era el mejor del mundo, de sueños locos como viajar a la playa de Tulum. Cada roce accidental de sus brazos mandaba chispas por su espinazo. El deseo crecía lento, como el calor de la noche, mientras bailaban pegaditos al ritmo de cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes.
La primera hora fue puro coqueteo, risas y miradas que prometían más. Ana sentía su aliento cálido en el cuello cuando se inclinaba para susurrarle al oído: Neta, qué chida eres, me traes loco. El corazón le martilleaba, y entre sus muslos ya notaba esa humedad traicionera que la hacía apretar las piernas. Javier la tomó de la mano, su palma áspera y fuerte contra la suavidad de la suya, y la llevó a un rincón más apartado, donde las luces eran tenues y el bullicio se oía lejano.
—Ven, quiero besarte sin que nos vean estos metiches —murmuró él, jalándola hacia él.
Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, probando el sabor salado de sus lenguas mezcladas con tequila y deseo. Ana gimió bajito cuando su mano grande le acarició la cintura, bajando hasta apretarle el culo con firmeza. Carajo, qué bien se siente esto, pensó ella, mientras sus pezones se endurecían contra la tela del vestido, rozando su pecho duro. El olor de su sudor fresco la mareaba, y el roce de su barba incipiente en su piel sensible la hacía temblar.
Decidieron irse de ahí. En el taxi, las manos no paraban quietas: él le subía el vestido por los muslos, ella le desabotonaba la camisa para lamerle el cuello salado. —No aguanto más, Javier. Llévame a tu depa —jadeó ella, con la voz ronca. Él vivía cerca, en un penthouse minimalista con vistas a la ciudad iluminada. Apenas cerraron la puerta, se devoraron. Ana lo empujó contra la pared, mordiéndole el labio inferior mientras le quitaba la camisa de un jalón. Sus tetas saltaron libres cuando él le bajó el vestido, y el aire fresco de la habitación las hizo erizarse más.
En el sillón de cuero negro, que crujía bajo su peso, Javier la sentó a horcajadas. Sus manos expertas masajeaban sus pechos, pellizcando los pezones rosados hasta que ella arqueaba la espalda, gimiendo ¡ay, wey, sí así!. Bajó la boca, chupando uno mientras jugaba con el otro, el sonido húmedo de su lengua llenando el cuarto. Ana olía su propia excitación, ese aroma almizclado que la volvía loca, y metió la mano en sus pantalones, encontrando su verga dura como piedra, palpitando en su puño. Está enorme, neta me va a partir en dos, fantaseó, masturbándolo lento mientras él gemía contra su piel.
Se levantaron tambaleantes, dejando un rastro de ropa por el pasillo hasta la cama king size. Las sábanas de algodón egipcio eran frescas contra su piel ardiente. Javier la tumbó boca arriba, besándole el ombligo, bajando por el monte de Venus hasta llegar a su concha empapada. —Estás chorreando, mamacita —dijo con voz juguetona, separándole los labios con los dedos. Su lengua la invadió, lamiendo despacio el clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces y salados. Ana se agarraba del pelo de él, empujándolo más adentro, las caderas moviéndose solas al ritmo de sus lamidas expertas. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con sus jadeos y el latido de su pulso en los oídos.
¡No pares, cabrón, me vengo ya!gritó ella, y el orgasmo la sacudió como un terremoto, las piernas temblando, el cuerpo convulsionando mientras chorros de placer la atravesaban. Javier sonrió triunfante, trepando sobre ella, su verga rozando su entrada resbalosa.
—Dime si quieres que te coja —preguntó él, mirándola a los ojos con esa intensidad que la derretía.
—¡Sí, métemela toda, papi! —suplicó Ana, envolviéndole las caderas con las piernas.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gruñeron al unísono, el calor de su carne uniéndose en un abrazo perfecto. Empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes internas. El slap-slap de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, junto con el olor a sexo puro, sudor y piel caliente. Ana le clavaba las uñas en la espalda, dejando marcas rojas, mientras él le mordía el hombro, acelerando el ritmo.
La tensión subía como una ola imparable. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona, sus tetas rebotando con cada salto, el clítoris frotándose contra su pubis. Esto es el paraíso, qué chingón se siente, pensaba, viendo cómo él la admiraba, las manos en sus caderas guiándola. Javier se incorporó, chupándole los pezones mientras ella lo montaba más fuerte, el sudor goteando entre ellos.
La segunda venida la pilló de sorpresa, explotando en oleadas que la hicieron gritar su nombre. Él no se quedó atrás: con un rugido gutural, se vació dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta el tope, sus músculos contrayéndose en éxtasis compartido. Colapsaron juntos, jadeantes, pegajosos, el corazón latiéndoles desbocado uno contra el otro.
Después, en la quietud, Javier la abrazó por detrás en la cama, su mano descansando en su vientre suave. El amanecer empezaba a filtrarse por las cortinas, tiñendo todo de rosa. Ana sonrió, oliendo su cabello revuelto, sintiendo su verga semi-dura contra sus nalgas.
—Esta ha sido la noche de pasion y sexo más cabrona de mi vida —susurró ella, girándose para besarlo tierno.
—Y no es la última, mi reina —respondió él, acariciándole la mejilla.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas y promesas de más noches locas, con el pulso de la ciudad como banda sonora lejana. Ana sabía que algo había cambiado: ya no era la misma de antes. Ahora era una mujer empoderada, dueña de su placer, lista para lo que viniera.