Cuando La Pasión Se Acaba
Lucía miró a Marco desde el otro lado de la mesa del comedor. La luz tenue de las velas parpadeaba sobre los platos de enchiladas suizas que ella había preparado con tanto cariño esa tarde. El aroma picante del chile verde y el queso derretido flotaba en el aire, pero ni siquiera eso podía disipar la tensión que se había instalado entre ellos como una niebla espesa. Habían pasado diez años desde que se conocieron en una fiesta en Polanco, bailando salsa hasta el amanecer, con sus cuerpos pegados en un roce que prometía fuego eterno. Ahora, en su departamento en la Roma, todo parecía apagado. Cuando la pasión se acaba, pensó ella, ¿qué queda? Solo rutinas y silencios que pesan más que las palabras no dichas.
Marco tomó un trago de su chela Corona, el sonido del hielo chocando contra el vidrio rompiendo el mutismo. Sus ojos, esos ojos cafés que una vez la devoraban, ahora se perdían en el mantel. "¿Todo chido con el trabajo, mi amor?", preguntó él, con esa voz ronca que aún le erizaba la piel, aunque cada vez menos.
"Sí, wey, lo de siempre", respondió Lucía, forzando una sonrisa. Pero por dentro, su mente gritaba. Recordaba las noches en que él la tomaba contra la pared de la regadera, el agua caliente resbalando por sus cuerpos mientras sus gemidos se mezclaban con el vapor. Ahora dormían de espalda uno al otro, exhaustos de sus chambas, sin ni siquiera un beso de buenas noches. Se sentía como una extraña en su propia cama.
¿Y si esto es todo? ¿Si la chispa se apagó para siempre?
Después de la cena, recogieron la mesa en silencio. Lucía lavaba los trastes, el jabón perfumado a limón impregnando sus manos, cuando sintió las manos de Marco en su cintura. Un roce leve, casi accidental, pero que envió una corriente eléctrica por su espina. Se quedó quieta, el agua corriendo sobre sus dedos. Él se acercó más, su pecho firme contra su espalda, y aspiró el olor de su cabello, esa mezcla de shampoo de coco y su esencia natural.
"Te extrañé hoy", murmuró él contra su oreja, su aliento cálido rozando la piel sensible. Lucía cerró el grifo, girándose despacio. Sus miradas se encontraron, y por un segundo, vio el hambre de antes en sus pupilas dilatadas. "¿De veras, carnal?", dijo ella con un tono juguetón, usando ese apodo que solo ellos compartían en la intimidad.
Marco no respondió con palabras. La besó, un beso lento al principio, explorando sus labios como si fueran territorio nuevo. El sabor de la salsa en su boca se mezcló con el suyo, dulce y salado. Lucía sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como un tamborazo en una fiesta de pueblo. Sus manos subieron por la nuca de él, enredándose en su cabello corto y revuelto.
La llevó en brazos hasta el sillón de la sala, el cuero crujiendo bajo su peso. La noche de la ciudad se colaba por las cortinas entreabiertas: el claxon lejano de un taxi, el rumor de la lluvia fina empezando a caer. Lucía se recostó, abriendo las piernas para que él se acomodara entre ellas. Sus dedos desabotonaron su blusa con urgencia contenida, revelando la piel morena de sus pechos, coronados por pezones ya endurecidos por la anticipación.
"Mírate, tan rica como siempre", gruñó Marco, su voz vibrando contra su clavícula mientras lamía un camino de besos húmedos hacia abajo. El roce de su barba incipiente le picaba deliciosamente, un contraste con la suavidad de su lengua. Lucía arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. Esto es lo que necesitaba, pensó, sentirlo vivo, deseándome como el primer día.
Él se arrodilló frente a ella, bajando su falda con deliberada lentitud. El aire fresco de la habitación rozó su entrepierna húmeda, y ella jadeó. Marco inhaló profundo, el aroma almizclado de su excitación llenando sus sentidos. "Hueles a pecado, mi reina", dijo, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua encontró su clítoris con precisión, lamiendo en círculos lentos que la hicieron retorcerse. Lucía agarró los cojines, sus uñas hundiéndose en la tela, mientras oleadas de placer la recorrían. El sonido chupante de su boca, mezclado con sus propios jadeos, era obsceno y perfecto.
Pero no quería venirse así, no todavía. Lo empujó hacia arriba, besándolo con fiereza, probando su propio sabor en sus labios. "Te quiero adentro, pendejo", susurró ella, riendo bajito ante su expresión de sorpresa divertida. Marco se quitó la playera, revelando el torso musculoso que tanto le gustaba acariciar. Sus abdominales se contraían bajo sus yemas mientras ella lo desabrochaba, liberando su verga dura y palpitante. La tomó en su mano, sintiendo el calor y la rigidez, la vena gruesa latiendo contra su palma.
Se posicionó sobre él, guiándolo a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo ante la plenitud que la llenaba. "¡Qué chingón se siente!", exclamó, empezando a moverse. Sus caderas ondulaban en un ritmo ancestral, como las de una bailarina de cumbia. Marco la sujetaba por las nalgas, amasándolas con fuerza, sus dedos dejando marcas rojas en la piel. El slap-slap de sus cuerpos chocando resonaba en la sala, acompañado por la lluvia que ahora caía con fuerza contra las ventanas.
Cuando la pasión se acaba, piensan todos, pero la neta es que solo duerme, esperando el momento para explotar como volcán
Él la volteó sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas sobre el sillón. Entró de nuevo con un empujón profundo que la hizo gritar. Sus bolas golpeaban contra su clítoris con cada estocada, enviando chispas de éxtasis por todo su cuerpo. Lucía se tocaba a sí misma, frotando furiosamente mientras él la follaba con pasión renovada. Sudor perló sus frentes, goteando sobre su espalda arqueada. El olor a sexo crudo impregnaba el aire: salado, animal, irresistible.
"¡Ven conmigo, mi amor!", rugió Marco, su ritmo volviéndose errático. Lucía sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. Explotó primero ella, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Él la siguió segundos después, llenándola con su leche caliente, gruñendo como bestia satisfecha.
Colapsaron juntos, jadeantes, enredados en el sillón. La lluvia amainaba, dejando un silencio suave roto solo por sus respiraciones entrecortadas. Marco la besó en la sien, su mano acariciando perezosamente su vientre. "Nunca se acaba, ¿verdad?", murmuró él.
Lucía sonrió, girándose para mirarlo a los ojos. "Nunca, wey. Solo a veces se esconde para sorprendernos." Se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. El aroma de sus cuerpos mezclados, el tacto pegajoso de la piel, todo era perfecto. Cuando la pasión se acaba, se dijo, es solo el preludio para que renazca más fuerte.
Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas más tarde, con la promesa de mañanas llenas de fuego. La ciudad dormía afuera, pero en su mundo, la llama ardía eterna.