Pasión para Hacer las Cosas
Tú caminas por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que calienta tu piel como un beso anticipado. El aroma de las flores de bugambilia se mezcla con el humo lejano de algún asador, y sientes esa cosquilla en el estómago, esa que dice que hoy va a pasar algo chido. Ahí la ves, en la puerta de una galería de arte, con un vestido rojo que se pega a sus curvas como si fuera pintado sobre ella. Se llama Luisa, y desde el primer vistazo sabes que tiene pasión para hacer las cosas. Lo notas en cómo mueve las manos al hablar con un cliente, en cómo su risa retumba como un trueno juguetón, llena de vida.
Te acercas, fingiendo interés en un cuadro abstracto lleno de rojos y naranjas que parecen fuego líquido. Órale, wey, este pintor sabe de pasión
, piensas, mientras ella gira y te clava esos ojos cafés oscuros, profundos como pozos de chocolate derretido. Hola, ¿qué te parece?
te dice con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, que te eriza la nuca. Respondes algo pendejo sobre los colores, pero ella sonríe, mostrando dientes perfectos, y de pronto estáis charlando como si os conocierais de toda la vida. Habla de arte, de cómo cada trazo debe tener alma, porque si no, ¿pa' qué? Yo tengo pasión para hacer las cosas, carnal, lo hago todo con el alma puesta
. Sus palabras te golpean bajo, porque imaginas esa pasión en otros lados, en la cama, en tu piel.
La galería se vacía, el sol se mete y las luces suaves se encienden, bañando su piel morena en un glow dorado. Te invita un mezcal en el bar de al lado, un lugarcito con mesas de madera y velas que parpadean como corazones acelerados. El licor quema tu garganta, dulce y ahumado, y ella se acerca más, su rodilla rozando la tuya bajo la mesa. Sientes el calor de su cuerpo, ese olor suyo a vainilla y jazmín que te marea. ¿Y tú qué, qué te apasiona?
te pregunta, ladeando la cabeza, su cabello negro cayendo como cascada sobre un hombro desnudo. Balbuceas algo de viajes, de música, pero tus ojos bajan a sus labios carnosos, pintados de rojo fuego. Ella lo nota, y su mano roza tu brazo, un toque eléctrico que te hace apretar los muslos.
Qué chingón sería tumbarla aquí mismo, sobre esta mesa, con el mezcal goteando de su boca a la mía, piensas, mientras el pulso te late en las sienes.
La noche avanza, y salís a caminar por el jardín botánico, donde las luces de faroles cuelgan como estrellas caídas. El aire es fresco ahora, pero entre vosotros arde. Ella se para frente a un banco de piedra, te jala por la camisa y te besa. Sus labios son suaves, calientes, saben a mezcal y a deseo puro. Su lengua danza con la tuya, juguetona, explorando, y gimes bajito contra su boca. Sus manos suben por tu pecho, clavando uñas pintadas en tu piel a través de la tela. Ven conmigo
, susurra, mordiendo tu labio inferior, y tú la sigues como un perrito, el corazón tronando como tambor de mariachi.
Llegáis a su casa, una casita colonial con patio lleno de buganvillas y una cama king size en el centro, con sábanas blancas que invitan al pecado. Cierra la puerta y se quita el vestido de un tirón, quedando en lencería negra que abraza sus tetas firmes y su culo redondo. Tú te quedas pasmado, la boca seca, viendo cómo su piel brilla bajo la luz de la luna que entra por la ventana. Quítate todo, wey
, ordena con esa voz que no admite peros, y obedeces, tu verga ya dura como piedra saltando libre. Ella se arrodilla despacio, sus ojos fijos en los tuyos, y te la chupa lento, saboreando cada centímetro. Sientes su boca húmeda, caliente, la lengua girando alrededor de la cabeza, chupando con esa pasión para hacer las cosas que prometía. Gimes fuerte, tus manos enredándose en su pelo, el olor de su excitación subiendo desde entre sus piernas, almizclado y dulce como miel.
La levantas, la tumbas en la cama, y te zambulles entre sus muslos. Su coño está mojado, hinchado, rosado y listo. Lo lames despacio, saboreando su jugo salado y ácido, mientras ella arquea la espalda y gime ¡Ay, cabrón, sí! Así, no pares
. Sus caderas se mueven contra tu cara, untándote de ella, y metes dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hace gritar. El sonido de sus jadeos llena la habitación, mixto con el crujir de las sábanas y el latido de tu sangre en los oídos. Sudas, el sabor de ella en tu lengua te vuelve loco, y ella tiembla, corriéndose en tu boca con un grito ronco que te vibra en el pecho.
Pero no para ahí. La volteas boca abajo, su culo en pompa invitándote, y te hundes en ella de un empujón lento, sintiendo cómo su calor te aprieta, milagroso, resbaloso. Fóllame duro, con pasión
, pide, y tú obedeces, embistiéndola fuerte, el slap-slap de vuestros cuerpos chocando como aplausos obscenos. Sus tetas rebotan, tú las agarras, pellizcas pezones duros como piedras. Ella gira la cabeza, os besáis torcidos, lenguas enredadas, mientras el sudor os pega, piel contra piel resbalosa. Sientes su interior contraerse, ordeñándote, y aceleras, el orgasmo subiendo como lava por tu espina.
Esta mujer es fuego puro, neta que sabe de pasión para hacer las cosas, me va a matar de gusto.
Cambiais posiciones, ella encima ahora, cabalgándote como amazona salvaje. Sus caderas giran, suben y bajan, sus uñas arañando tu pecho dejando marcas rojas que queman delicioso. La miras, tetas saltando, pelo revuelto, cara de éxtasis puro, y el olor de sexo impregna todo, espeso, animal. ¡Me vengo otra vez!
grita, y su coño se aprieta como puño, ordeñándote, llevándote al borde. Tú explotas dentro, chorros calientes llenándola, gimiendo su nombre como oración. Ella cae sobre ti, jadeando, cuerpos pegajosos, corazones galopando al unísono.
Después, en la quietud, os quedáis abrazados, la brisa nocturna entrando por la ventana trayendo olor a tierra mojada. Ella traza círculos en tu pecho con un dedo, sonriendo pícara. Ves, te dije que tengo pasión para hacer las cosas. ¿Regresamos?
Tú ríes, besándole la frente, sintiendo esa paz profunda, el cuerpo laxo y satisfecho. La luna os vigila, testigo de esta noche que no olvidarás. Mañana quién sabe, pero esta pasión, carnal, se queda grabada en la piel, en el alma.