Necaxa Pasion Rojiblanca Desnuda
El estadio Azteca vibraba con el rugido de la afición. El sol del mediodía en Ciudad de México caía a plomo sobre las gradas, haciendo que las camisetas rojiblancas de los rayos de Necaxa se pegaran a la piel sudada de todos. Daniela se acomodó en su asiento, el corazón latiéndole al ritmo de los tambores que retumbaban desde la porra. Llevaba su jersey ajustado, el rojo intenso contrastando con el blanco de las rayas, y debajo solo un bra deportivo que apenas contenía sus pechos firmes. Necaxa pasión rojiblanca, pensó, mientras inhalaba el olor a cerveza tibia, hot dogs chamuscados y ese sudor colectivo que unía a miles en una sola fiebre.
Desde su lugar, vio a un tipo unas filas más abajo. Alto, moreno, con el torso marcado bajo una camiseta igual de ajustada, tatuajes asomando por las mangas. Gritaba los cánticos con una voz grave que le erizaba la piel.
Órale, güey, ese cabrón tiene fuego en los ojos, se dijo Daniela, mordiéndose el labio. Sus miradas se cruzaron cuando Necaxa metió el primer gol. Él levantó el puño, ella chilló, y ahí fue: una sonrisa pícara que prometía más que un triunfo en la cancha.
El partido avanzó con tensión, los rayos defendiendo su ventaja como leones. Daniela no podía dejar de mirarlo. Cada vez que se volteaba, sus ojos chocolate se clavaban en ella, recorriéndola de arriba abajo. Sintió un calor que no era del sol, un cosquilleo entre las piernas que la hizo cruzarlas con fuerza. ¿Qué chingados me pasa? Es solo un pendejo aficionado como yo. Pero su cuerpo no mentía: los pezones se le endurecieron contra la tela húmeda, y el aroma de su propia excitación empezó a mezclarse con el del estadio.
Al final del silbatazo, Necaxa ganó. La locura estalló. Daniela bajó las gradas, zigzagueando entre cuerpos sudorosos. Él estaba ahí, esperándola, con una cerveza en la mano. –¡Necaxa, cabrones! ¿Vienes a celebrar, morra? Su voz era ronca, con ese acento chilango que la volvía loca.
–Neta, wey. Soy Daniela. Tú eres...
–Javier. Pura necaxa pasion rojiblanca, ¿verdad? –le guiñó el ojo, acercándose tanto que sintió su aliento mentolado mezclado con sal de sudor.
Salieron juntos del estadio, el tráfico un caos de cláxones y gritos. Caminaron hasta un taquero cercano, pero la química ardía. Sus brazos se rozaban, chispas saltaban. Pidieron tacos al pastor, el olor a carne girando en la trompo invadiendo sus narices. Javier la miró comer, la salsa roja goteando por su barbilla. Limpió una gota con el pulgar, y ella jadeó bajito.
–¿Vamos a mi depa? Vivo cerca, en Polanco. Hay chelas frías y... lo que pinte –propuso él, la voz baja, cargada de promesas.
Daniela asintió, el pulso acelerado. Esto es la pasión rojiblanca en vena.
El departamento de Javier era moderno, con ventanales que daban a la ciudad bullendo abajo. Puso música norteña con un toque electrónico, el bajo retumbando como el corazón de ella. Se sentaron en el sofá de piel negra, cervezas en mano. Hablaron de Necaxa, de partidos épicos, de cómo esa pasión los había marcado desde chavos. Pero las palabras se acortaron. Sus rodillas se tocaron, luego muslos. Javier dejó la botella, su mano grande aterrizando en la de ella.
–Tienes unos ojos que matan, Dani. Y ese jersey... te queda como guante.
Ella se rio, nerviosa, pero el deseo la traicionaba. Se inclinó, sus labios rozando los de él. Fue un beso suave al principio, exploratorio, saboreando la cerveza y la victoria. Luego se volvió feroz. Lenguas danzando, dientes mordiendo, manos ansiosas. Javier la jaló a su regazo, el bulto duro presionando contra su entrepierna. Daniela gimió contra su boca, frotándose instintivamente.
Manos por todos lados. Él metió las suyas bajo el jersey, subiendo hasta sus tetas. Las amasó, pulgares rozando pezones hinchados. ¡Chingado, qué suaves! pensó él. Ella tiró de su camiseta, exponiendo el pecho velludo, los músculos tensos por el gym. Olía a hombre puro: sudor limpio, colonia barata y esa esencia masculina que la mareaba.
Se levantaron, tropezando hacia la recámara. La cama king size los esperaba, sábanas blancas como las rayas rojiblancas. Javier la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero el jersey, volando al piso. Luego el bra, sus tetas rebotando libres, oscuros pezones pidiendo atención. Él los lamió, succionó, haciendo que ella arqueara la espalda, gimiendo alto. –¡Sí, Javi, así!
Daniela lo empujó a la cama, desabrochando su jeans. El verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Pura pasión rojiblanca encarnada, se dijo, lamiéndose los labios. Se arrodilló, tomándola en la mano, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos. Él gruñó, caderas subiendo. Ella lo engulló, lengua girando alrededor del glande, saboreando la sal muerta. Chupó profundo, garganta relajada, saliva goteando. Javier enredó dedos en su pelo, follando su boca con cuidado, jadeos roncos llenando la habitación.
–Para, morra, o me vengo ya –rogó él, jalándola arriba.
Se quitó el resto de ropa, quedando desnuda. Su coño depilado brillaba húmedo, labios hinchados. Javier la volteó boca abajo, besando su espalda, bajando a las nalgas redondas. Separó cachetes, lengua hundiéndose en su raja. Lamió su ano primero, juguetón, luego bajó al clítoris. Daniela gritó, almohada ahogando el sonido. Su lengua era mágica, chupando, metiendo dedos curvos que tocaban ese punto que la volvía loca. Olía a ella: almizcle dulce, excitación pura. Temblaba, orgasmos pequeños construyéndose.
–Métemela, pendejo. Quiero sentirte –suplicó ella, volteándose.
Javier se puso condón, posicionándose. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola. Ambos gimieron al unísono. Estaba llena, perfecta. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, sintiendo cada roce. Piel contra piel, sudor resbalando, el slap slap de cuerpos chocando. Él la penetraba profundo, ella clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas como la camiseta.
La tensión creció. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como jineteza, tetas botando, pelo revuelto. Javier desde abajo, pellizcando pezones, nalgas. Esto es Necaxa en la cancha, puro fuego, pensó ella. Luego a perrito, él agarrando caderas, embistiendo duro. El cuarto olía a sexo: fluidos, sudor, placer crudo. Gritos en español mexicano: ¡Más fuerte, cabrón! ¡No pares!
El clímax llegó como gol de último minuto. Daniela se corrió primero, coño contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojando sábanas. Gritó su nombre, cuerpo convulsionando. Javier la siguió, gruñendo, vaciándose en espasmos dentro del látex. Colapsaron, jadeantes, entrelazados.
Después, en la penumbra, cervezas tibias en mano. Javier trazaba círculos en su vientre. –Necaxa pasión rojiblanca, carnal. Esto fue épico.
Daniela sonrió, besándolo suave.
Quién diría que un partido nos uniría así. Mañana otro, ¿no?Se durmieron pegados, el pulso calmado, pero la chispa aún latente. La pasión rojiblanca no acababa en la cancha; ardía en la piel, en la sangre, eterna.