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Pasiones Desordenadas Significado Bíblico en Carne

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Pasiones Desordenadas Significado Bíblico en Carne

Alejandra se recargaba en el sillón de su casa en la colonia Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco. El aire olía a jazmín del jardín y a café recién molido que había preparado esa mañana. Hojeaba su Biblia de tapas gastadas, buscando consuelo en las palabras que siempre la habían guiado. Pero hoy, algo la inquietaba. Pasiones desordenadas, leyó en Romanos, y su mente se enganchó en el significado bíblico de eso. ¿Qué eran esas pasiones que el apóstol Pablo condenaba? ¿El deseo que le subía por el cuerpo como un fuego lento cuando pensaba en Javier?

Él llegaba esa noche de un viaje de negocios a Monterrey. Habían estado casados cinco años, pero la rutina de la vida en la ciudad había apagado un poco la chispa. O eso creía ella. Anoche, en una llamada, su voz ronca la había hecho apretar las piernas bajo las sábanas.

¿Y si mis deseos son desordenados, Señor? ¿O solo humanos?
se preguntaba en silencio, mientras el calor entre sus muslos la traicionaba.

La puerta se abrió con un clic suave, y Javier entró cargando su maleta. Alto, con esa barba de tres días que le picaba delicioso en la piel, y ojos cafés que la desnudaban con una mirada. ¡Órale, qué guapo se ve el wey! pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Mamacita, ya llegué —dijo él con esa sonrisa pícara, dejando la maleta y acercándose para besarla en la frente, luego en los labios. Su boca sabía a chicle de menta y a carretera, un sabor terroso que la mareó.

Se separaron, pero sus manos se quedaron enredadas. —Te extrañé, pendejo —murmuró ella, juguetona, usando la palabra como siempre lo hacían en la intimidad, sin malicia.

—Yo más, ricura. ¿Qué lees? —preguntó él, echando un ojo a la Biblia.

—Pasiones desordenadas... su significado bíblico. Me tiene pensando. Dice que son como idolatría, deseos que nos alejan de Dios.

Javier se rio bajito, sentándose a su lado. Su muslo rozó el de ella, y el calor de su cuerpo se filtró a través de los jeans. —Neta, Ale. ¿Y qué? Nuestras pasiones no son desordenadas. Son chidas. Como cuando te como a besos hasta que gimes.

El corazón de Alejandra latió fuerte. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa de algodón, rozando la tela con cada respiración. Quería resistir, pero el olor de su colonia, mezclado con sudor fresco del viaje, la envolvía como una red.

La cena fue ligera: tacos de cochinita que ella había calentado, con salsa verde que picaba en la lengua y hacía que sus labios se hincharan un poco. Charlaron de todo, de la familia en Guadalajara, del tráfico en Insurgentes. Pero bajo la mesa, el pie de él subía por su pantorrilla, lento, provocador. Ella lo miró, mordiéndose el labio. ¿Es esto pecado? ¿O solo amor?

Después, en la sala, pusieron música de Natalia Lafourcade, suave, con guitarra que vibraba en el pecho. Javier la jaló a bailar, sus caderas pegándose. Sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura y caliente. ¡Qué chingón se siente! El roce la humedecía, un chorrito tibio entre las piernas que empapaba sus panties de encaje.

—Cuéntame más de esas pasiones desordenadas —susurró él en su oreja, mordisqueándola. Su aliento caliente le erizó la piel del cuello.

—Dice la Biblia que hay que someterlas... pero contigo, wey, no quiero someter nada. Quiero soltarlo todo.

Él la besó entonces, profundo, lengua explorando su boca como si fuera miel. Manos grandes bajaron por su espalda, apretando nalgas firmes. Ella gimió contra sus labios, el sonido ahogado por el beso. Lo empujó al sofá, trepándose encima. Sus tetas se aplastaban contra el pecho de él, pezones duros como piedras.

Le quitó la camisa, besando pectorales salados, oliendo su piel masculina, ese aroma almizclado que la volvía loca. Javier gruñó, manos en su blusa, arrancándola con prisa. ¡Ay, cabrón! Sus besos bajaron a sus senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Placer eléctrico le subió por la espina, haciendo que arqueara la espalda.

Te voy a comer viva —prometió él, voz ronca. La volteó, quitándole los jeans. Panties mojados, pegados a la panocha hinchada. Él los olió, inhalando profundo. —Hueles a deseo puro, mi reina.

Alejandra jadeaba, piernas abiertas. Su lengua la lamió por encima de la tela, luego la apartó. Sabor salado y dulce de su excitación llenó su boca. Ella gritó bajito, manos en su pelo, empujándolo más adentro. ¡No pares, pinche dios del amor! Lengua danzando en el clítoris, dedos entrando, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. El sofá crujía, música de fondo mezclándose con sus gemidos húmedos.

Pero ella quería más. Lo jaló arriba, desabrochando su cinturón. La verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomó en la mano, piel suave sobre acero. La masturbó lento, sintiendo el pulso acelerado. Él maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, qué rico!

Se puso de rodillas, boca envolviéndolo. Sabor salado, venoso llenándole la garganta. Chupaba, lengua girando en la cabeza, manos en bolas pesadas. Javier gemía, caderas moviéndose. Esas pasiones... no son desordenadas si nos unen, pensó ella, mientras lo tragaba más profundo.

No aguantaron más. Él la levantó, llevándola a la recámara. Colchón king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. La puso boca abajo, nalgas arriba. Entró de una, lento al principio, estirándola. ¡Qué llena me sientes, amor! Paredes vaginales apretándolo, jugos chorreando por sus muslos.

Embestidas crecientes, piel chocando con palmadas húmedas. Olor a sexo impregnaba el aire, sudor goteando. Ella se volteó, piernas en sus hombros, clítoris frotándose con cada embestida. Besos salvajes, dientes mordiendo labios.

Esto es orden en el caos, Dios mío. Amor puro.

El clímax la golpeó primero, olas de placer convulsionándola. Gritó su nombre, uñas clavadas en su espalda. Él siguió, profundo, hasta explotar dentro, semen caliente llenándola. Colapsaron, jadeantes, corazones latiendo al unísono. Piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.

Después, en afterglow, acurrucados. Javier la besaba la frente. —Ves, mi vida, pasiones desordenadas son las que dañan. Las nuestras son chidas, bíblicas en su entrega.

Alejandra sonrió, mano en su pecho. El significado bíblico ahora le parecía claro: orden era amar sin miedo. El jazmín del jardín entraba por la ventana, mezclándose con su aroma compartido. Durmieron así, entrelazados, sabiendo que al día siguiente, el deseo renacería.

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