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Deseos Ardientes en el Colegio Passionista

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Deseos Ardientes en el Colegio Passionista

Regresé al Colegio Passionista después de tantos años, con el corazón latiéndome a mil por hora. El aire de la noche en Guadalajara traía ese olor a jazmín y tierra húmeda que tanto recordaba de mi adolescencia, pero ahora, con veintiocho años, todo se sentía diferente. Más cargado, más vivo. La reunión de exalumnos era en el patio principal, iluminado por guirnaldas de luces que parpadeaban como estrellas coquetas. La gente reía, brindaba con chelas frías y recordaba anécdotas de aquellos días locos. Yo, vestida con un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas, buscaba con la mirada a alguien en particular.

Ahí está, pensé, cuando lo vi. Javier, mi crush eterno del bachillerato. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Ahora era un arquitecto chingón, con barba recortada y ojos que devoraban. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tiempo no hubiera pasado. Nos acercamos, chocamos las botellas de cerveza y empezamos a platicar como si no hubieran transcurrido diez años.

—Neta, Lupita, estás más buena que nunca —me dijo, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

—Tú tampoco te quedas atrás, wey. Sigues siendo el mismo galán que me traía loca —respondí, mordiéndome el labio sin querer.

La tensión crecía con cada palabra. Recordamos las fiestas clandestinas en el auditorio, las miradas robadas en los pasillos. El Colegio Passionista, con sus muros de cantera y sus cruces religiosas, parecía susurrarnos secretos prohibidos. La música ranchera sonaba bajito, y el calor de la noche nos pegaba los cuerpos cuando bailamos. Su mano en mi cintura, firme, posesiva. Sentí su aliento en mi cuello, oliendo a tequila y hombre.

Después de unas chelas más, nos escabullimos del grupo. —Vamos a ver el viejo salón de clases —propuso él, guiñándome el ojo. Caminamos por los corredores oscuros, el eco de nuestros pasos resonando como promesas. El aire estaba fresco, con ese aroma a madera vieja y cera de pisos. Abrí la puerta del salón 3B, nuestro antiguo nido de sueños. Las pupitres seguían ahí, cubiertas de polvo, bajo la luz de la luna que se colaba por las ventanas altas.

Nos sentamos en el escritorio del profesor, riendo bajito para no despertar a los vigilantes. —Aquí te imaginaba, pendejo, besándome en secreto —le confesé, mi voz temblorosa de anticipación.

Él se acercó, su rodilla rozando la mía. —Y yo a ti, Lupe. Neta, no sabes las noches que pasé pensando en tu boca. —Sus dedos trazaron mi brazo, enviando chispas por mi piel. El corazón me martilleaba, el pulso acelerado en las sienes. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos, y supe que no había vuelta atrás.

Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios calientes, su lengua explorando la mía con urgencia. Sabía a cerveza y deseo puro. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando suave mientras él gemía bajito. Qué rico se siente esto, pensé, el calor subiendo por mi vientre. Me levantó el vestido, sus palmas ásperas contra mis muslos, y yo arqueé la espalda, jadeando.

Órale, Javier, no pares —susurré, mientras él besaba mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El sonido de su respiración agitada llenaba el salón, mezclado con el crujir de la madera bajo nosotros. Olía a su colonia amaderada y a mi propia excitación, ese aroma almizclado que nos volvía locos.

Lo empujé contra el escritorio, desabrochando su camisa con dedos torpes. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, se reveló ante mí. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado de su piel. Él gruñó, un sonido gutural que me mojó entera. —Eres una diosa, Lupita —murmuró, mientras sus manos bajaban mi vestido por los hombros, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus pulgares rozaron mis pezones duros, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris.

Me recostó sobre el escritorio, el frío de la madera contrastando con el fuego de su cuerpo. Bajó mi tanga despacio, besando cada centímetro de mis piernas. Sentí su aliento caliente en mi entrepierna, y gemí alto, tapándome la boca. —Shh, carnal, que nos cachan —rió él, pero su lengua ya lamía mis labios hinchados, saboreándome como si fuera el mejor tequila.

¡Dios mío, qué chingón! Su boca succionando mi clítoris, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El salón giraba, el olor a sexo impregnando el aire.

Me corrí fuerte, las piernas temblando, un grito ahogado escapando de mi garganta. Él se levantó, quitándose los pantalones con prisa. Su verga dura, gruesa, palpitando ante mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y las venas prominentes. —Ven, métemela ya —le rogué, abriendo las piernas.

Entró despacio al principio, llenándome por completo. El estiramiento delicioso, el roce perfecto. Empezó a moverse, profundo y rítmico, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo. Sudábamos, pegajosos, el escritorio crujiendo bajo nosotros. Lo abracé, uñas clavadas en su espalda, mientras él me besaba salvaje.

—Estás tan apretada, tan mojada por mí —jadeaba él, acelerando. Yo respondía con la pelvis, follándolo de vuelta, nuestros cuerpos en sintonía perfecta. El clímax se acercaba, una ola gigante. Sentí sus bolas tensas contra mí, su verga hinchándose más.

—Me vengo, Lupe... —gruñó, y explotó dentro de mí, chorros calientes inundándome. Yo lo seguí, convulsionando, el placer rasgándome en pedazos. Gritos ahogados, mordidas en hombros, el mundo blanco y explosivo.

Nos quedamos ahí, jadeando, cuerpos entrelazados. El sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Él me besó la frente, suave ahora. —Esto fue épico, reina. Como si el Colegio Passionista nos hubiera bendecido con su pasión.

Nos vestimos riendo bajito, arreglándonos el pelo desordenado. Salimos del salón tomados de la mano, el patio aún vivo con risas lejanas. Caminamos hacia el estacionamiento, prometiéndonos más noches así. El aire nocturno nos refrescaba, pero el fuego dentro ardía eterno.

Al día siguiente, desperté con una sonrisa, el cuerpo adolorido de placer. Javier me mandó un mensaje: "¿Otra ronda en el Passionista? 😉". Neta, la vida acababa de ponerse interesante. El viejo colegio no era solo recuerdos; era el inicio de nuestra pasión desatada.

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