Pasión de Cristo Flor
En el corazón de San Cristóbal, un pueblito enclavado entre las sierras de Oaxaca, la Semana Santa se vive con el alma en la piel. El aire huele a copal quemado, a flores de cempasúchil marchitas y a tierra mojada por la lluvia de la tarde. Yo, Flor, con mis veintiocho años y un cuerpo que no pasa desapercibido —curvas generosas, piel morena como el chocolate oaxaqueño y ojos negros que prometen pecados—, soy la Magdalena en la Pasión de Cristo. Cada año, el viacrucis del pueblo atrae a cientos, pero este, algo se siente diferente. Órale, pienso, mientras ajusto mi manta bordada, el corazón latiéndome como tambor de son ajuar.
Ahí está él, Jesús, el actor que trajeron de la capital. Alto, fornido, con barba espesa y ojos verdes que cortan como machete. No es el Cristo flaco de las estampitas; este es un hombre de verdad, con músculos que se marcan bajo la túnica raída. Me mira durante el ensayo, y siento un cosquilleo en el vientre, como mariposas con alas de fuego. "Flor, acércate más en la escena del ungüento", me dice el director, pero son sus ojos los que me ordenan. Nuestras miradas chocan, y el mundo se reduce a ese instante. Huele a su sudor limpio, mezclado con el aroma terroso de la arcilla que usamos para el maquillaje.
Después del ensayo, el sol se esconde tras las nubes púrpuras. La gente se dispersa hacia las posadas, pero yo me quedo recogiendo las velas derretidas.
¿Por qué late tan fuerte mi pecho? ¿Es devoción o es este wey que me pone la piel de gallina?Siento sus pasos pesados en la grava. "¿Todo bien, Magdalena?" Su voz es grave, como trueno lejano. Me giro, y está cerca, demasiado cerca. Su aliento cálido roza mi oreja. "Sí, Jesús... o como te llames en la vida real", respondo juguetona, mordiéndome el labio. Se ríe, un sonido ronco que me eriza los vellos. "Me llamo Mateo, pero contigo, soy lo que quieras."
Nos sentamos en una banca de piedra junto a la iglesia, el viento fresco trayendo olores de jazmines nocturnos. Hablamos de todo y nada: de cómo él dejó la ciudad por un sueño de actuar, de mis sueños de pintar murales con colores que quemen el alma. Su mano roza la mía, accidental al principio, luego intencional. Piel contra piel, áspera la suya por el trabajo, suave la mía por las cremas de aloe. Ay, Diosito, pienso, pero no es oración lo que sale de mi boca. "Tus ojos son como la pasión de Cristo flor, Flor. Abiertos, rojos de deseo, listos para sangrar éxtasis." Sus palabras me golpean como latigazo dulce. ¿De dónde sacó eso? Es como si leyera mi alma, donde la devoción se mezcla con la lujuria más pura.
La tensión crece como la marea en bahía. Su dedo traza mi brazo, subiendo hasta el cuello, donde mi pulso galopa desbocado. Lo miro, y en sus ojos veo el permiso. "Ven conmigo", susurro, tomándolo de la mano. Caminamos en silencio hacia mi casa, una casita de adobe con patio lleno de bugambilias. La puerta se cierra con un clic que suena a promesa. Dentro, la luz de las veladoras parpadea, proyectando sombras danzantes en las paredes encaladas. El aire es denso, cargado de incienso y anticipación.
Esto es pecado, pero qué pecado tan chido, tan mío, me digo mientras él me besa. Sus labios son firmes, saben a sal y a tequila de la botella que compartimos en el ensayo. Lenguas que se enredan, explorando, probando. Gimo bajito, un sonido que sale del fondo del pecho. Sus manos, grandes y callosas, recorren mi espalda, desatando la manta que cae como nieve roja al suelo. Mi blusa sigue, revelando mis senos plenos, pezones endurecidos por el roce del aire fresco. "Qué mamacita tan rica", murmura contra mi piel, y su aliento caliente me hace arquearme.
Lo empujo hacia la cama, una de madera tallada con santos que ahora parecen mirarnos con envidia. Le quito la túnica, devorando con la vista su torso esculpido: pectorales duros, abdomen marcado, vello oscuro que baja como flecha hacia lo que promete placer. Huele a hombre, a tierra fértil lista para sembrar. Mis uñas arañan su pecho, dejando surcos rosados que él recibe con un gruñido animal. "Desnúdate, Flor. Quiero verte toda". Obedezco, deslizando la falda por mis caderas anchas, quedando en tanga de encaje rojo. Sus ojos se oscurecen, pupilas dilatadas como pozos de noche.
Caemos sobre las sábanas ásperas, cuerpos entrelazados en un baile primitivo. Sus besos bajan por mi cuello, mordisqueando, lamiendo hasta mis senos. Chupa un pezón, lo muerde suave, y un rayo de placer me atraviesa hasta el centro húmedo entre mis piernas. "¡Ay, Mateo, qué rico!" gimo, enredando mis dedos en su cabello revuelto. Mi mano baja, encuentra su verga tiesa, palpitante. La acaricio, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel sedosa, el calor que irradia. Él jadea, caderas empujando contra mi palma. Pendejo delicioso, pienso, riendo por dentro.
La intensidad sube como fuego de pólvora. Me abre las piernas con rodillas firmes, su boca desciende. Lengua experta que lame mi clítoris hinchado, chupando, succionando. Sabor mío, salado y dulce, mezclado con su saliva. Grito, arqueándome, uñas clavadas en sus hombros.
Esto es mi cruz, mi pasión, y él mi Cristo que me redime en éxtasis. Dedos gruesos entran en mí, curvándose, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El cuarto se llena de sonidos: mis gemidos roncos, su lamida húmeda, el crujir de la cama. Huelo mi propia excitación, almizclada, embriagadora.
No aguanto más. "Muévete adentro, cabrón. Fóllame ya", exijo, voz quebrada de necesidad. Se posiciona, la punta de su verga rozando mi entrada resbaladiza. Empuja lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, completo. Sus embestidas empiezan suaves, profundas, luego feroces, piel chocando contra piel con palmadas rítmicas. Sudor perla nuestros cuerpos, goteando, mezclándose. Lo monto, cabalgando como amazona en yegua salvaje, senos rebotando, cabello azotando mi espalda. Él aprieta mis nalgas, guiándome, gruñendo "¡Qué chingón te sientes, Flor!".
El clímax nos azota como tormenta. Siento el orgasmo subir desde las entrañas, un volcán que erupción en oleadas. Contraigo alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se vacía dentro, chorros calientes que me inundan. Gritos ahogados, temblores compartidos. Colapsamos, jadeantes, pegados por el sudor pegajoso. Su corazón retumba contra mi oreja, un tambor que se calma poco a poco.
Después, en la quietud, fumamos un cigarro en el patio, envueltos en una cobija. La luna baña las bugambilias, y el aire fresco acaricia nuestra piel aún sensible. "Esto fue más que un ensayo, ¿verdad?", digo, recargada en su hombro. Él besa mi frente. "Fue la pasión de Cristo flor, nena. Nuestra propia resurrección." Río suave, sabiendo que mañana el viacrucis será diferente. Ya no actores, sino amantes con un secreto que huele a jazmín y a sexo puro. En este pueblo de santos y pecadores, encontré mi paraíso terrenal, y no lo cambio por nada.