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Abismo de Pasion Capitulo 161 El Fuego Prohibido

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Abismo de Pasion Capitulo 161 El Fuego Prohibido

El sol de Guadalajara se ponía como un beso ardiente en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se colaban por las cortinas de encaje de mi habitación en la hacienda familiar. Yo, Daniela, acababa de llegar de la ciudad, con el corazón latiéndome a mil por hora. Habían pasado semanas desde la última vez que vi a Alejandro, mi amor secreto, el hombre que me hacía temblar con solo una mirada. Neta, cada vez que pensaba en él, sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba en paz.

La hacienda era un paraíso de lujo: jardines interminables con buganvilias en flor, el aroma dulce de las jacarandas mezclándose con el humo lejano de las parrilladas vecinas. Me quité los tacones altos, sintiendo el fresco del piso de talavera bajo mis pies cansados. Me miré en el espejo antiguo: mi piel morena brillaba con un leve sudor del viaje, mis labios carnosos pintados de rojo pasión, y ese vestido negro ajustado que marcaba mis curvas como si estuviera hecho para pecar.

¿Y si esta noche todo cambia? ¿Y si caemos de nuevo en el abismo de pasión capítulo 161 de nuestra historia loca?
pensé, recordando cómo nos llamábamos a nosotros mismos en nuestros mensajes clandestinos, como si fuéramos protagonistas de una telenovela bien caliente.

De repente, un ruido en la puerta. Mi pulso se aceleró. Abrí y ahí estaba él, Alejandro, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese torso musculoso que tanto me gustaba lamer. Sus ojos negros me devoraban, y su sonrisa pícara me derritió. “Hola, corazón, murmuró con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. Olía a colonia fresca y a hombre, a ese sudor masculino que me volvía loca.

Órale, Alejandro, ¿qué haces aquí tan temprano? Mi familia podría llegar en cualquier momento —le dije, pero ya me estaba acercando, mis pechos rozando su pecho duro.

Él me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas deslizándose por mi espalda. “No me importa, Dani. Te extrañé tanto que no aguanto más. Este es nuestro abismo de pasión, capítulo 161, ¿recuerdas? El de la reconciliación ardiente”. Su aliento cálido en mi cuello me hizo jadear. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y lista, y un calor húmedo se extendió entre mis muslos.

Nos besamos como posesos. Sus labios sabían a tequila y a deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca mientras él me apretaba contra la pared. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el canto de los grillos afuera. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras sus manos subían mi vestido, acariciando mis nalgas desnudas. No traía calzón, pinche traviesa que soy.

Acto primero: la tensión inicial. Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza pulsar bajo mis caderas. “Dime que me quieres, wey, le exigí, moviéndome lento para torturarlo. Él gruñó, sus manos amasando mis tetas por encima del vestido.

—Te quiero más que a mi vida, Daniela. Eres mi vicio, mi pendejada favorita —confesó, con los ojos brillantes de lujuria. Le arranqué la camisa, besando su pecho salado, lamiendo sus pezones duros. Él jadeaba, sus dedos hurgando en mi humedad, resbaladizos ya de mis jugos. Me encanta cómo me moja cuando me toca, se me escapó en un susurro.

El deseo crecía como una ola en el Pacífico. Bajé su pantalón, liberando esa verga morena, venosa, que se paraba tiesa como un soldado. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso rápido bajo la piel suave. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Alejandro gimió fuerte, “¡No mames, Dani, me vas a matar!”. El sonido de mi boca chupándolo, húmeda y obscena, me excitaba más. Olía a sexo puro, a nosotros.

Pero no quería acabar tan rápido. Lo detuve, me quité el vestido de un tirón, quedando en tetas y nada más. Mis pezones oscuros estaban duros como piedras, rogando su boca. Él se incorporó, succionándolos con hambre, mordisqueando suave. Sentí descargas eléctricas directo a mi clítoris hinchado.

Esto es el preludio perfecto al clímax
, pensé, mientras lo empujaba de espaldas y me montaba despacio.

Middle: la escalada. Su verga entró en mí centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué grande estás! grité en mi mente, mientras bajaba hasta el fondo, mis paredes apretándolo como un guante caliente. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena frotando mis labios internos. El slap-slap de mi culo contra sus muslos resonaba, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el aire cargado de olor a panocha mojada y piel caliente.

Alejandro me agarraba las caderas, guiándome más rápido. “¡Así, mi reina, rómpeme!” rugía, sus abdominales contrayéndose. Yo aceleré, mis tetas rebotando, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta. Me incliné para besarlo, nuestras lenguas enredadas, saliva chorreando. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos. Neta, este wey sabe cómo hacerme volar.

El conflicto interno: ¿Y si alguien nos escucha? ¿Y si esto nos destruye? Pero el placer lo ahogaba todo. Cambiamos de posición; él me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con cada embestida. El sonido era bestial, piel contra piel, mis jugos salpicando. Olía a sexo intenso, a feromonas mexicanas puras. Grité su nombre, “¡Alejandro, más duro, pendejo!”, y él obedeció, jalándome el pelo suave, sin dolor, solo dominio consensuado.

La intensidad subía. Sentía mi orgasmo acercándose, un nudo apretado listo para explotar. Él gruñía, “Me vengo contigo, Dani, juntos en este abismo de pasión capítulo 161”. Sus bolas golpeaban mi clítoris, el ritmo frenético. Toqué mis tetas, pellizcando pezones, mientras él me penetraba sin piedad.

Ending: la liberación. Exploté primero, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. ¡Chingado, qué rico! Grité, el mundo blanco, pulsos en cada célula. Él se vino segundos después, llenándome de leche caliente, gruñendo como león. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.

El afterglow fue puro cielo. Nos quedamos abrazados, su verga aún dentro, suavizándose. Besos suaves, caricias perezosas. El aire olía a semen y sudor dulce, el viento nocturno trayendo jazmines del jardín.

Esto es nuestro, nadie nos lo quita
, pensé, trazando círculos en su espalda.

—Te amo, Alejandro. Pase lo que pase, este capítulo es inolvidable —susurré.

Él sonrió, besando mi frente. “Y el próximo será aún más caliente, mi amor. Abismo de pasión, para siempre”.

Nos dormimos así, entrelazados, con el corazón lleno y el cuerpo saciado, listos para lo que viniera en nuestra telenovela privada.

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