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Pasión Prohibida en Acordes de Rata Blanca

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Pasión Prohibida en Acordes de Rata Blanca

Entré al pequeño estudio de guitarra en la colonia Roma, con el corazón latiéndome como tambor de rock. El aroma a madera pulida y cuerdas nuevas me invadió las fosas nasales, mezclado con un leve toque de café recién molido que salía de la máquina en la esquina. Adrián, mi nuevo instructor, estaba afinando su Les Paul roja, sus dedos largos y callosos deslizándose por el mástil con una precisión que me erizó la piel. Era alto, con cabello negro revuelto y una barba de tres días que le daba ese aire de rockero argentino perdido en México. Órale, qué chido se ve este wey, pensé, mientras colgaba mi chamarra en el perchero.

"¿Lista para rockear, carnala?" me dijo con una sonrisa pícara, sus ojos cafés clavándose en los míos como si ya supiera el secreto que ni yo me atrevía a confesar. Yo asentí, sintiendo un calor subir por mi cuello. Me senté a su lado en el banquito, tan cerca que podía oler su colonia, esa esencia amaderada con un fondo picante que me hacía imaginar cosas prohibidas. Saqué mi guitarra acústica, una Fender barata que compré en el tianguis de la Lagunilla, y él empezó a enseñarme los básicos.

Pero todo cambió cuando sacó su celular y puso de fondo Pasión Prohibida de Rata Blanca. "Esta rola es oro puro, ¿la conoces? Los acordes son intensos, como un fuego que no se apaga". Su voz ronca resonó en el estudio, y mientras tocaba el riff inicial, el sonido vibró en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa. Yo lo miré, hipnotizada por cómo sus dedos volaban: Em, G, D, A, con ese power que te eriza el alma.

¿Por qué carajos me late tanto este pendejo? Es mi profe, neta que no debo ni pensarlo
, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba, con un cosquilleo entre las piernas que no podía ignorar.

Las clases siguieron así una semana tras otra. Cada martes y jueves, en ese estudio con posters de Whitesnake y Metallica pegados en las paredes, la tensión crecía como una tormenta eléctrica. Adrián me corregía la postura, sus manos grandes envolviendo las mías sobre las cuerdas. "Así, suave pero firme, como si estuvieras acariciando algo que deseas de verdad". Su aliento cálido en mi oreja, el roce de su pecho contra mi espalda... No mames, se me está mojando la tanga. Yo reía nerviosa, disimulando con chistes sobre lo mala que era para los bends, pero por dentro ardía. Una noche, después de clavar el solo de Pasión Prohibida, celebramos con chelas frías del Oxxo. "Eres rápida para los acordes, morra. Tienes fuego adentro", me dijo, chocando botellas. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesita, y no nos apartamos.

El conflicto explotó en la quinta clase. Yo llegué sudada del tráfico en Insurgentes, con falda corta y tenis Converse, porque el calor de abril en el DF es un pinche infierno. Adrián me esperaba con la guitarra eléctrica enchufada al ampli Marshall, que rugía bajito. "Hoy practicamos pasión prohibida rata blanca acordes a dúo. Tú en rítmica, yo en lead". Nos sentamos frente a frente, piernas entrecruzadas, y empezamos. El sonido llenó el cuarto, vibrando en el piso de madera y subiendo por mis muslos. Nuestros ojos se engancharon, y en el puente de la canción, su mano libre rozó mi rodilla. No la quité. En cambio, apreté su muslo con la mía.

Esto está mal, pero se siente tan chingón. ¿Y si alguien se entera? Somos adultos, consiento, él consiente... órale, ya valió

"¿Quieres parar?" murmuró, sin soltar la guitarra. "Neta que no", respondí, mi voz temblorosa. Dejó la suya a un lado, y en segundos sus labios estaban en los míos. Sabían a menta y cerveza, ásperos por la barba que raspaba mi piel suave. Lo jalé por la nuca, enredando mis dedos en su pelo, mientras su lengua exploraba mi boca con la misma hambre que ponía en los solos. El beso fue feroz, como el riff de Rata Blanca, chupando, mordiendo, gimiendo bajito. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, y sentí sus dedos callosos trazando la línea de mi ropa interior. Qué rico, wey, no pares.

Me levantó en brazos como si nada, sentándome en la mesita del ampli. El metal estaba tibio contra mis nalgas desnudas cuando me quitó las panties de un tirón. "Estás empapada, preciosa", gruñó, oliendo mis jugos en sus dedos antes de lamerlos con deleite. Ese gesto me volvió loca; abrí las piernas, exponiéndome sin vergüenza. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi sexo, y hundió la lengua. ¡Ay, cabrón! Lamía despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi clítoris hinchado mientras yo gemía como loca, agarrando sus hombros. El sonido de mi humedad y su succión llenaba el estudio, mezclado con el eco de nuestros jadeos. Olía a sexo crudo, a sudor y excitación, ese aroma almizclado que enloquece.

Pero quería más. Lo empujé al piso, sobre la alfombra raída, y le desabroché los jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta brillando de precum. Chíngame con eso, Adrián. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, la piel sedosa estirándose bajo mi puño. Él gruñó, arqueando la cadera, mientras yo la lamía desde la base hasta la cabeza, saboreando su sal marina. La chupé hondo, garganta abajo, gimiendo con cada embestida que me daba en la boca. "Así, morra, qué buena boca tienes", jadeaba, sus manos en mi pelo guiándome.

La tensión llegó al clímax cuando me monté encima. Su punta rozó mi entrada, lubricada y lista, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme hasta el fondo. ¡Qué chido, tan grueso! Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando libres de la blusa desabotonada, pezones duros rozando su pecho peludo. Él me agarraba las nalgas, clavando los dedos, guiando mis caderas en un ritmo frenético. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos... todo vibraba como un ampli al máximo. Sudábamos, cuerpos pegajosos, olores mezclados en una nube erótica. Alcancé el orgasmo primero, un estallido que me hizo convulsionar, chorros calientes empapándolo mientras gritaba su nombre.

No paró. Me volteó a cuatro patas, sobre la alfombra que olía a polvo y deseo viejo, y me penetró de nuevo, profundo y salvaje. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. "Te voy a llenar, preciosa", rugió, y sentí su verga hincharse, explotando dentro de mí en chorros calientes que me hicieron correrme otra vez. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y semen.

Después, en la penumbra del estudio, con la guitarra de Adrián a un lado como testigo mudo, fumamos un cigarro compartido. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda. "Esto fue pasión prohibida pura, como la rola de Rata Blanca", susurró, besando mi piel salada. Yo sonreí, sintiendo una paz chida, empoderada por haber tomado lo que quería.

No hay arrepentimientos, wey. Los acordes de esa canción ahora suenan en mi sangre
. Salí a la noche dfita, con piernas temblorosas y el corazón rockero latiendo fuerte, sabiendo que las clases seguirían, igual de intensas.

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