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Pasión Prohibida Capítulo 66 Fuego Bajo la Luna

7020 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 66 Fuego Bajo la Luna

La noche en Guadalajara estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba a punto de pasar. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, caminaba por el jardín de la hacienda familiar. Era la fiesta de los cincuenta años de mi tío Chucho, y el mariachi tocaba rancheras que hablaban de amores imposibles. Neta, cada nota me erizaba la piel, porque ahí estaba él, Diego, el wey que me había robado el alma hace diez años y que mi familia juraba que era el enemigo número uno por esa bronca de tierras entre nuestros apellidos.

Lo vi recargado en un árbol de jacarandas, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese tatuaje de águila que siempre me volvía loca. Sus ojos negros me atraparon como siempre, y sentí un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos. ¿Por qué carajos sigues viéndolo así, Ana? Es prohibido, pendeja, me dije a mí misma mientras me acercaba fingiendo casualidad. Pero mi cuerpo ya lo sabía todo: quería sus manos grandes recorriéndome, su boca devorándome.

—¿Qué onda, mamacita? —me soltó con esa sonrisa chueca que me deshacía—. Sigues más rica que un tamal en fiesta.

Reí bajito, sintiendo el olor a mezcal en su aliento mezclado con su colonia varonil, esa que olía a madera y deseo puro. —No seas mamón, Diego. Mi familia te ve y te corre a patadas.

Pero no nos importó. La tensión entre nosotros era como un elote hirviendo, lista para explotar. Caminamos hacia el fondo del jardín, donde las luces de las guirnaldas apenas llegaban, y el sonido del violín se perdía en la brisa. Nuestras manos se rozaron primero, un toque eléctrico que me hizo jadear. Esto es Pasión Prohibida Capítulo 66, pensé, como si estuviera escribiendo mi diario secreto, el que guardaba bajo llave para no quejarme con nadie de este fuego que nos consumía capítulo tras capítulo.

Acto primero de nuestra noche: sus labios rozaron los míos en un beso suave, tentative, como probando si el mundo se acababa. Sabían a tequila y a promesas rotas. Mis pechos se apretaron contra su torso duro, y sentí sus músculos tensarse bajo la camisa. El aroma de las flores nocturnas, jazmines y bugambilias, se mezclaba con el mío, ese sudor dulce de anticipación que salía por mis poros.

Nos escabullimos a la caballeriza abandonada al borde de la propiedad, un lugar polvoriento pero íntimo, con heno seco crujiendo bajo nuestros pies. La luna se colaba por las rendijas de madera, pintando rayas plateadas en su piel morena. Diego me acorraló contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos, levantando el vestido hasta que el aire fresco besó mi ropa interior de encaje. —Te he extrañado tanto, Ana —murmuró, su voz ronca como un trueno lejano.

Mi corazón latía desbocado, un tamborazo en el pecho que ahogaba el lejano bullicio de la fiesta. Le quité la camisa de un jalón, mis uñas arañando ligeramente su espalda, sintiendo la sal de su sudor en la lengua cuando lamí su cuello. Es mío esta noche, aunque sea solo esta noche. Sus dedos expertas encontraron mi centro, frotando con círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Gemí bajito, el sonido húmedo de mi excitación llenando el aire, mezclado con el relincho lejano de algún caballo.

La escalada fue gradual, como el hervor de un mole que se arma con paciencia. Diego se arrodilló, su aliento caliente contra mi piel expuesta. Bajó mis bragas despacio, besando cada centímetro de muslo interno, hasta que su lengua tocó mi clítoris hinchado. ¡Madre santa! Explosiones de placer me recorrieron, como chispas de un cohete en la feria de San Juan. Saboreé su cabello entre mis dedos, oliendo a tierra y hombre, mientras él lamía con devoción, chupando mis jugos como si fueran el néctar más dulce. Mis caderas se movían solas, empujando contra su boca, y el heno se clavaba en mi espalda, un dolorcito que avivaba el fuego.

Estás empapada, mi reina —gruñó, levantándose para desabrochar su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la misma urgencia que yo sentía en mi vientre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de lujuria, oyendo sus jadeos entrecortados. Esto es lo que necesitaba, este poder sobre él.

Lo empujé al suelo sobre una manta de heno que improvisamos, montándolo como una amazona en su corcel. Su punta rozó mi entrada, y descendí centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo. El estiramiento era delicioso, un ardor que se convertía en éxtasis puro. Empecé a moverme, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. El slap-slap de piel contra piel resonaba en la caballeriza, sincronizado con nuestros gemidos ahogados para no alertar a nadie.

En mi mente, las luchas internas rugían:

¿Y si nos cachan? ¿Y si mi familia lo mata? Pero neta, ¿vale la pena parar este paraíso?
Diego se incorporó, volteándome para ponerme a cuatro patas, su pecho contra mi espalda, una mano en mi cadera y la otra en mi clítoris. Cada estocada profunda me hacía ver estrellas, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sudor goteando de su frente a mi nuca. Aceleró, gruñendo palabras sucias que me encendían más: —Cógeme duro, Diego, hazme tuya —le supliqué, empoderada en mi entrega total.

El clímax nos golpeó como una tormenta de verano. Sentí las contracciones en mi interior, ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro de mí con un rugido gutural, chorros calientes que me prolongaron el orgasmo. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí protector y delicioso. El afterglow fue puro terciopelo: besos suaves en mi hombro, sus dedos trazando patrones en mi piel empapada, el aroma almizclado de nuestros cuerpos mezclándose con el heno seco.

No puedo dejar de quererte, Ana —confesó, su voz vulnerable por primera vez.

Me giré para mirarlo a los ojos, acariciando su mejilla barbuda. —Yo tampoco, carnal. Pero esto es nuestra pasión prohibida, capítulo sesenta y seis de un libro que no acaba.

Nos vestimos entre risas cómplices, robándonos besos robados mientras volvíamos a la fiesta por caminos separados. El corazón me latía aún acelerado, la piel marcada con sus huellas invisibles. Caminé de regreso con la cabeza alta, sintiéndome mujer completa, dueña de mi deseo. Mañana pensaría en las consecuencias, en las miradas de mi familia, en el pleito eterno. Pero esta noche, bajo la luna de Guadalajara, había sido chida, ardiente, inolvidable. Y ya anhelaba el Capítulo 67.

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