Diario de una Pasion Cancion
Querido diario, hoy neta que no aguanto más esta diario de una pasion cancion que me tiene el cuerpo en llamas. Es como si cada nota de esa rola que tanto nos gusta se metiera en mi piel, me erizara el vello y me hiciera palpitar hasta el alma. Se llama igual que tú, mi confidente eterno, pero con ese twist sensual que solo nosotros entendemos. Vivo en este depa chido en la Roma, con vista al Parque México, y desde que conocí a Alex, cada día es una letra ardiente esperando ser cantada.
Todo empezó hace tres meses, en una tocada en el Foro Sol. Él tocaba la guitarra en una banda indie, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans rotos que dejaban ver justo lo suficiente para imaginar. Yo estaba con mis cuates, bailando al ritmo de unas cheves frías, cuando sonó Diario de una Pasion Cancion, esa rola que habla de amores prohibidos pero inevitables. Nuestras miradas se cruzaron en el estribillo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el bajo me vibrara directo en el clítoris. Después del show, me invitó unas micheladas en un antro cercano. Hablamos de música, de la CDMX que no duerme, y de cómo esa canción nos hacía sentir vivos, cachondos, listos para devorarnos.
Ay diario, ¿por qué él me pone así de mojada con solo una sonrisa? Su voz ronca recitando las letras... neta quiero que me cante al oído mientras me penetra.
Hoy lo espero. Mandé un whatsapp: "Ven wey, la rola está lista en el tocadiscos". Mi corazón late fuerte, como el bombo de la batería. Me puse ese vestido negro corto, sin calzones, solo para provocarlo. El aroma de mi perfume de vainilla se mezcla con el incienso que prendí, creando un ambiente que grita sexo. Oigo el elevador, pasos en el pasillo, y la llave en la chapa. Ahí está, alto, moreno, con barba de tres días y ojos que me desnudan.
—Órale, morra, estás riquísima —me dice, cerrando la puerta con el pie mientras me acorrala contra la pared. Su aliento huele a menta y tabaco, delicioso. Me besa el cuello, lento, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Siento su verga dura presionando mi muslo, gruesa y ansiosa. Mis manos van a su cabello, tirando suave, guiándolo a mi boca. Nuestros labios chocan, lenguas danzando como en un tango prohibido. Pruebo su saliva salada, mezclada con la mía, y un gemido se me escapa, ahogado en su garganta.
La música arranca sola, como si supiera. Diario de una pasion cancion, la guitarra acústica suave al principio, subiendo el volumen del deseo. Lo empujo al sofá, me subo a horcajadas. Siento su erección contra mi coño húmedo, solo la tela de sus jeans separándonos. Le quito la playera, lamiendo su pecho sudoroso, salado como el mar de Acapulco. Sus pezones duros bajo mi lengua, y él gruñe, manos en mi culo apretando fuerte.
—Quítate eso, pendeja sexy —me ordena juguetón, y yo río, levantando los brazos para que el vestido vuele. Desnuda, mis tetas rebotan libres, pezones erectos pidiendo atención. Baja la cabeza, chupándolos uno por uno, succionando hasta que arqueo la espalda, gimiendo alto. El sonido de mi placer se funde con la rola, el estribillo acelerando mi pulso. Huele a su sudor masculino, almizclado, excitándome más. Mis caderas se mueven solas, frotándome en su bulto, empapando sus pantalones.
¡No mames, diario! Su lengua en mis chichis me está volviendo loca. Quiero su verga ya, profunda, rompiéndome en dos.
Desabrocho su cinturón, ansiosa. Su polla salta libre, venosa, cabezota brillante de precum. La agarro, dura como fierro caliente, masturbándola lento mientras él gime mi nombre: —Ana, qué chido... Me arrodillo, el piso fresco contra mis rodillas. La lamo desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, subiendo hasta la punta donde chupo el líquido perlado. Él jadea, manos en mi cabeza, guiándome sin forzar. La meto hasta la garganta, sintiendo cómo palpita, el olor de su sexo invadiendo mis fosas nasales. La rola sube de intensidad, batería retumbando como mi corazón.
Me levanta, me lleva a la cama. El colchón hunde bajo nuestro peso. Me abre las piernas, admirando mi coño depilado, labios hinchados y mojados. —Estás chorreando, mi amor —susurra, y su aliento caliente me eriza. Lame mi clítoris, círculos lentos, chupando suave. Grito, piernas temblando, uñas clavadas en sus hombros. Sabe a mi excitación dulce, y él devora como si fuera su postre favorito. Dos dedos adentro, curvados tocando mi punto G, bombeando rítmico. El placer sube, oleadas calientes, mis jugos corriendo por sus dedos.
—¡Cómeme más, wey! —le ruego, y acelera, lengua vibrando contra mi botón. El orgasmo me azota, violento, cuerpo convulsionando, chillidos ahogados en la almohada. Saboreo mi propio clímax en su beso después, compartiendo el néctar.
Ahora él. Lo monto, guiando su verga a mi entrada. Deslizo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, llena. Qué rico, tan grueso, tocando fondo. Empiezo a cabalgar, tetas saltando, sudor perlando mi piel. Él agarra mis caderas, embistiendo arriba, pelotas golpeando mi culo. El slap-slap de carne contra carne ahoga la música. Huele a sexo puro, sudor, fluidos mezclados. Sus ojos en los míos, intensos, diciendo te amo con cada embestida.
Diario, esto es puro fuego. Su pija me parte en dos, y lo amo. Cada roce me lleva al cielo.
Cambio de posición, él atrás, perrito. Manos en mi cintura, follándome duro, profundo. Siento su vientre contra mi espalda, pezones rozando las sábanas ásperas. Gime bajito, —Vas a hacer que me venga, Ana... Yo aprieto mis paredes, ordeñándolo. La rola llega al clímax, guitarra sollozando como yo. Mi segundo orgasmo explota, coño contrayéndose, leche chorreada por mis muslos. Él ruge, saca y eyacula en mi espalda, chorros calientes pintando mi piel, olor fuerte a semen fresco.
Caemos exhaustos, jadeando. Su brazo alrededor de mí, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. La canción termina, silencio roto solo por nuestras respiraciones. Me besa la frente, tierno. —Eres mi musa, mi pasión cantada.
Luego, en la ducha, agua caliente lavando el sudor, jabón resbaloso en sus manos masajeando mis curvas. Nos besamos lento, saboreando la paz post-sexo. Secos, envueltos en toallas, cenamos tacos de la esquina, riendo de tonterías, manos entrelazadas.
Mi diario de una pasion cancion termina hoy así: satisfecha, amada, lista para más versos. Alex es mi melodía eterna, y esta noche fue la sinfonía perfecta. ¿Qué sigue? Solo el tiempo y el deseo lo dirán.
Buenas noches, diario. Mañana escribo más.