Cuantas Estaciones Tiene La Pasion de Cristo en Tu Carne
Las calles de Oaxaca bullían con el fervor de Semana Santa. El aroma a copal y flores de cempasúchil flotaba en el aire cálido de la tarde, mientras las procesiones avanzaban lentas, con el tamborileo de las matracas y los cantos lúgubres que erizaban la piel. Tú, una morra de veintiocho años, devota por tradición familiar, caminabas entre la multitud, el huipil ceñido a tus curvas sudado por el sol, sintiendo un calor que no venía solo del clima. Neta, cada Viernes Santo era igual: rezas, procesiones, y esa culpa que te carcomía por dentro porque tus pensamientos no eran tan santos como el escapulario que colgaba de tu cuello.
Ahí lo viste. Alto, moreno, con ojos negros como el obsidiana y una sonrisa pícara que gritaba trouble. Estaba recargado en una pared colonial, fumando un cigarro con esa pose de galán de telenovela. Cuando tus miradas se cruzaron, sentiste un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo te hubiera dado un jalón directo al clítoris. Él se acercó, oliendo a colonia barata mezclada con sudor masculino, y te dijo con voz ronca:
Órale, morra, ¿vienes a sufrir por los pecados ajenos o por los tuyos?
Te reíste nerviosa, el corazón latiéndote como tambor de muerte. ¿Qué wey hace hablando así en plena procesión? pensaste, pero tus pezones se endurecieron bajo la tela. Se llamaba Alejandro, carnal de unos amigos tuyos, y en minutos ya charlaban como si se conocieran de toda la vida. Habló de las estaciones de la cruz, de cómo Cristo cargó su pasión paso a paso, y tú sentiste un calor subir por tus muslos. Cuantas estaciones tiene la pasion de cristo, murmuraste para ti, imaginando no veintes, sino catorce paradas de placer prohibido.
La tensión creció cuando la procesión pasó, la Virgen Dolorosa con sus lágrimas de cristal. Alejandro te tomó la mano, su palma áspera contra tu piel suave, y te jaló hacia un callejón estrecho detrás de la iglesia. Esto está mal, neta, te dijiste, pero tus piernas te siguieron como si tuvieran voluntad propia. El olor a incienso se mezclaba con el de su aliento a tequila, y cuando te acorraló contra la pared de adobe, sus labios rozaron tu oreja:
Quiero recorrer tus estaciones, mi Virgen de la Pasión.
Acto primero del deseo: el beso. Sus labios carnosos devoraron los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a tabaco y promesas sucias. Gemiste bajito, el sonido ahogado por el bullicio lejano. Sus manos, grandes y callosas de trabajar en el campo, subieron por tus caderas, apretando la carne bajo el huipil. Sentiste su verga dura presionando contra tu vientre, un bulto caliente que te hizo mojar las panties de inmediato. Qué chingón se siente esto, pensaste, mientras tus uñas se clavaban en su espalda musculosa.
La escalada fue gradual, como las estaciones que suben la colina del dolor. Lo seguiste a una hacienda abandonada cerca del centro, un rincón olvidado con jardín de bugambilias rojas como sangre. El sol se ponía, tiñendo todo de oro, y el aire olía a tierra húmeda y jazmín. Ahí, en la penumbra de una salita con muebles polvorientos, se desató el medio acto. Te quitó el huipil despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Tus tetas, prietas y morenas, saltaron libres, pezones oscuros pidiendo atención.
Mira nomás qué chulas, wey, murmuró él, chupándolas con hambre, la lengua girando como un torbellino que te hacía arquear la espalda.
Tu mente era un torbellino de culpa y lujuria. Primera estación: Jesús es condenado, pensaste, mientras él te ordenaba arrodillarte. Pero no era condena, era bendición. Sacó su verga gruesa, venosa, con el prepucio echado para atrás revelando el glande brillante de precum. El olor almizclado te golpeó, terroso y macho. La tomaste en tu mano, suave como terciopelo sobre hierro, y la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, enredando dedos en tu pelo negro:
Chúpamela rica, mi santa pecadora.La mamaste profundo, garganta relajada por el deseo, sintiendo cómo palpitaba contra tu paladar, el sonido húmedo de succiones llenando la habitación.
Segunda estación: el encuentro con la madre. Tú eras la madre de tu propio placer, guiándolo a tu concha empapada. Te recostó en un catre viejo, el colchón hundiéndose bajo tu peso. Sus dedos exploraron tus labios mayores, hinchados y resbalosos, separándolos para frotar el clítoris endurecido. ¡Ay, cabrón! jadeaste, el placer eléctrico subiendo por tu espina. Olía a tu propia excitación, dulce y agria, mientras él lamía tu panocha con devoción, lengua plana lamiendo el flujo que chorreaba. Tus caderas se movían solas, follando su boca, el vello púbico raspando su nariz.
La intensidad creció con cada "estación". Tercera: cae Jesús por primera vez. Tú caíste de rodillas otra vez, pero para montarlo. Su verga entró en ti de un empujón lento, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. Neta, qué grande, me parte en dos, pensaste, mientras rebotabas, tetas saltando, sudor perlando tu piel. Él te agarraba el culo, nalgueando suave, el sonido clap clap mezclándose con tus gemidos y el crujir de la madera. Cuarta estación: se encuentra con María. Sus ojos se clavaron en los tuyos, profundos, mientras te follaba más duro, el ritmo acelerando como tambores de concheros.
El conflicto interno ardía: ¿Cuántas estaciones tiene la pasión de Cristo? Catorce de sufrimiento, pero las mías son de éxtasis puro. Quinta: Simón ayuda a cargar la cruz. Tú lo ayudaste, girando para que te cogiera de perrito, su pecho contra tu espalda, manos amasando tus tetas mientras embestía. El slap de carne contra carne, el olor a sexo denso, el sabor de su sudor cuando lamiste su cuello. Sexta: cae por segunda vez. Perdiste el equilibrio en un orgasmo que te sacudió, paredes contraídas ordeñando su pija, chorros de jugo bajando por tus muslos.
Séptima estación: cae por tercera vez. Él se hundió más profundo, gruñendo como animal, tus paredes palpitando. Octava: mujeres de Jerusalén. Lloraste de placer, lágrimas calientes rodando mientras él te volteaba boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrando con furia. Novena: desnudado. Te quitó todo, piel contra piel resbalosa de sudor. Décima: clavado en la cruz. Sus dedos en tu clítoris mientras te taladraba, el clímax construyéndose como tormenta.
Undécima: agonía en la cruz. Gemidos se volvieron gritos ahogados, el jardín testigo silencioso. Duodécima: muere. Tu segundo orgasmo te mató de placer, cuerpo convulsionando, uñas marcando su espalda. Él siguió, treceava: cuerpo bajado. Salió de ti, semen caliente salpicando tu vientre. Catorceava: sepultado. Te abrazó en el afterglow, respiraciones jadeantes calmándose, su verga suavizándose contra tu muslo.
La noche cayó sobre Oaxaca, procesiones lejanas como ecos. Yacías en sus brazos, piel pegajosa, corazón latiendo en paz. Cuantas estaciones tiene la pasion de cristo, reflexionaste, catorce de redención, pero las nuestras fueron de liberación carnal. Alejandro te besó la frente:
Mi pasionera, ¿repetimos el vía crucis mañana?Sonreíste, sabiendo que el deseo no acababa con la Semana Santa. Era eterno, como la fe, pero mucho más chingón.